Hará casi dos años.
De todos los señores oscuros de la antigüedad, aún estaba aquél cuyo nombre temían lejos de su leyenda, de su destrucción. Pero no de su muerte.
Las negras túnicas que llevaba y sus guantes, su máscara, todo ello era como una mortaja. Después de haber abandonado Cirith Ungol, no le había quedado demasiado. Al menos la satisfacción de que aquélla niñata humana quedara con un brazo roto había sanado su maltrecha alma, pero aún podía empezar de nuevo. Lo hizo, y se dedicó a amasar poder de sus fieles, a arrasar poblachos y costas por las oscuras tierras del norte, quedándose botines que financiarían su ejército, su sueño. El del su señor. Pero su señor había tomado otro camino, y él hizo lo propio tras la segunda guerra del anillo.
La primera. Aquél bastardo loco de Isildur. La segunda, el montaraz bajo el que se escondía su descendiente.
Sin embargo, los tiempos pasaron, el espectro perduró, con muchísimo menos poder y fuerzas. Era un vano reflejo de lo que un día se suponía que fue.
En la sala oscura, con el suelo de negra obsidiana tallada, sonaron los pasos suaves de unas botas de cuero. Sí, suaves, pero duros pasos.
El espectro vuelto a encarnar miró el piso, sobre el que lo que había mandado tallar permanecía casi invisible, apenas una gran urbe para miles de hormigas.
Una oscura y hermosa elfa con la piel negra y el cabello rojo encendido inclinó la cabeza servilmente, apareciéndose como un espejismo de belleza negativa por la gran arcada que daba paso a la habitación. Quizá fueran los cristales en las esquinas, las pócimas sobre las mesas, los recuerdos y fetiches de otros tiempos, o la maldad que se respiraba, lo que hacía que el ambiente brillara verde y violeta sobre las paredes negrizas.
La elfa apenas llevaba un sostén finísimo y negro que dibujaba espirales sobre sus pequeños pero redondos senos, y una gasa liviana del color del carbón por delante de sus piernas, en una línea fina que sólo ocultaba la brecha bajo su brillante triángulo púbico. Por lo demás, no llevaba otra ropa, ni calzado, y sus ojos de encendido violeta ascendieron hacia su señor una vez éste se sentara en su maligno trono, como cansado por el paso de las eras. La cadenilla con pequeñas calaveras oscuras tintineó en las caderas de la elfa de las profundidades, y la gasa se meció suavemente.
—Mi amo. Ya está aquí—.
—Hazle pasar… Avdra—dijo él, con el tono susurrante, pero extrañamente, sonaba como una voz alta en el aire.
La melenuda sirvienta drow se retiró sin volverle la espalda, sumisa, y ya fuera de la entrada, habló al visitante.
—Mi amo el Rey Brujo de Angmar os concede el honor de su audiencia—dijo Avdra, al mismo que el visitante en la oscuridad la miró entrecerrando sus ojos. Eran unos ojos malignos en esencia, pues habían saboreado una matanza hacía poco. Él dirigió una de sus manos blancas a las nalgas descubiertas de ella, y aspiró el olor de su cabello y su piel negra. Le consumía un extraño morbo por el color de piel de la sirvienta, y además, para el modesto busto que gastaba, y lo delgada que era, tenía un trasero redondo aunque no se pasaba de generoso.
—¿Y tú qué me concedes?—dijo aquél a quien había anunciado segundos antes ante el Rey Brujo, con la voz suave pero afilada como la hoja de un cuchillo. La elfa de las profundidades casi pudo notar que el susurro le cortaba la piel, y se le erizó el tacto, estremeciéndose. No hizo por resistirse demasiado.
—Por favor… mi amo os espera—jadeó ella, temblando. El que la había acosado se alejó de ella penetrando en la cámara, aunque había querido penetrar en la elfa. Sus ojos giraron hacia el ser que se hallaba en el trono, y sonrió. El varón humano lo hubiera hecho, de tener un rostro que mostrar.
—Que estés aquí de nuevo significa que has vuelto victorioso, Kerish—.
—¡Rey Brujo! ¡No habría vuelto vivo sin cumplir nuestro trato!—dijo el joven bárbaro, que tenía apalancado bajo el brazo derecho el mástil de una terrible hacha que reposaba en su hombro y llegaba tras su espalda casi hasta el otro, haciendo equilibro. La mano, que colgaba por el mástil y en la que brillaba una nudillera de metal, sujetaba un saco.
—Veámoslo—asintió el Rey Brujo, cuando la mano izquierda de Kerish, que empuñaba tras sus muslos una espada brillante, retiró la bolsa y señaló lo que había pedido el malvado señor. La sanguinolenta sorpresa de tres cabezas tomadas por los cabellos, dos rostros de hombre y uno de mujer, oscilando con las bocas abiertas, mostrando largos colmillos.

—Oh, bien hecho—.
Una de las cabezas presentaba un feo corte que le cruzaba la cara de un lado a otro desde la derecha de la frente.
—Bien hecho, sí. Ahora que las cabezas de los tres antiguos son mías, te daré tu recompensa. Mas antes, deposítalas en el centro de la habitación. En el círculo. Eso es. Mi sirvienta te recompensará—apremió el Rey Brujo, para que el bárbaro abandonase la escena. Éste sonrió, con el flequillo peinado en largo hacia el lado izquierdo de su cara y ocultándole un ojo. La camiseta de mangas arrancadas que apenas era un trapo llegaba hasta el cinturón que tenía una calavera por hebilla, y descendía como un taparrabo. Con el hacha que por un lado era martillo, y tenía tres puntas en lo alto imitando una corona, el joven abandonó el lugar y siguió a Avdra.
Ese fue el momento que invocando las oscuras artes, el Rey Brujo hizo brillar los símbolos que permanecían ocultos en el suelo, sus canales se llenaban con la sangre de los tres antiguos vampiros de antes del diluvio con los que el malvado tenía una cuenta pendiente, y sus testas ardieron como ardió el suelo.
Una luz brilló allí, un fuego multicolor de base anaranjada en el que parecían bailar demonios, y en las sombras, el dios supremo del caos contempló en silencio los quehaceres del Rey Brujo.
—Saludos, Yandros. Ya casi acabo—dijo, dándose cuenta de que el dios estaba ahí, en medio del ritual. Algo aulló cuando las cabezas estallaron, y tres ánimas flotaron rizándose entre ellas en el aire, formando una columna. Un resplandor suave iluminó al Rey Brujo de Angmar y a Yandros, y se sintieron fortalecidos.
—Vuestro estanque está más lleno ahora—susurró el Rey Brujo.
—No lo bastante. A pesar de que eran tres y me debíais parte de su esencia, no consigo dejar a Ianna atrás del todo. Necesito más. Quiero más almas—gruñó Yandros.
—Tendréis que encargarle a alguien que lo haga por vos. Recordad que no podemos desequilibrar la balanza nosotros mismos—.
—¿Y ése niñato lo hace por vos?—.
—Cuando le vi tan joven casi me río de él, pero despachó a varios orcos que me eran leales sin pestañear. Es frío, y le gusta matar y derramar sangre. Disfruta el sufrimiento. Por dinero, me resulta más que útil. Hoy en día escasean los que son como él, y he estado usando sus servicios durante un tiempo. Voy a mandarlo al norte con mis mercenarios—.
—Es un mortal interesante. ¿Te importaría cedérmelo?—le preguntó Yandros. El Rey Brujo sabía que no era una petición.
—Es todo vuestro—.
—Miles de gracias. Tengo planes en los que podría ayudarme—.
—Ofrecedle dinero y os cubrirá de poder y gloria—.
—¿Y si le ofrezco poder y gloria?—.
De un pequeño arcón, Avdra tomó el oro y lo depositó en un morral que preparó para que se lo llevara Kerish. Éste la miraba, deseaba cada segundo más y más el poseerla. Por un lado, estaba feo violar a la sirvienta de alguien sin el permiso de su amo. Pero su amo estaba ocupado.
¿Por qué no?
Se acercó a ella, poniéndole las manos sobre las caderas y se las apretó, inmovilizándola. Ella luchó unos segundos, gimoteando y dando golpes inútiles hacia atrás con las manos, pero él la tomó por el cuello deslizando su mano derecha entre los senos redondos de la drow, y la estranguló, quitándole el aire y la voz.
—Sigue y te mato, puta esclava—susurró sin la más aparente emoción. Ella gimió nuevamente, y abrió mucho los almendrados ojos violetas, mirándole con terror. Cuando Avdra se estuvo quieta, él fue aflojando su presa de hierro, aunque había sentido tanto placer estrujando su esbelto cuello que su íntimo arco viril estaba a punto de estallar por la hinchazón. No era la primera vez que tenía una elfa de la antípoda oscura entre los brazos. De hecho, había tenido un encontronazo hacía relativamente poco. Los machos drow murieron a sus manos. Las hembras que no murieran en aquél asalto en unas ruinas alejadas de la gracia de los dioses, fueron violadas. Y para un tipo que violaba drows y se molestaba en matarlos, la piel de carbón y el cabello rojo o blanco no le insuflaban miedo. Los drow eran débiles. Él era humano y por tanto más poderoso. Cualquiera que temiera a aquellos seres, como a cualquier otra cosa viviente, o era un cobarde o es que nunca había manejado un arma. No entendía por qué algunos los temían tanto, cuando los humanos eran en realidad el peor ser que existía sobre la faz de la tierra. Pero el ser humano, en sí, era extraordinario. Adaptable, tosco, fuerte, inteligente, aprendía y se reproducía rápido, y era despiadado. Iba a comprobar si ésta oscura pelirroja era digna de su sociedad de matriarcas extremistas y de sus sirvientes calzonazos.
—No, por favor…—lloriqueó la drow.
No.
—Sssh—la calló él, poniendo la cabeza sobre el hombro derecho de la sirvienta, y besó sus oscuros labios a la par que sus manos poseyeron sus pechos blanditos y juntos, restregándose contra sus nalgas. Avdra cerró los ojos y lloró, una lágrima de diamante resbaló por su pómulo derecho, y notó que una de las manos de Kerish iban hacia atrás. Entonces notó su ardor curvo y blanco de punta violácea que amenazaba sus nalgas como una lanza, y por mucho que quiso escapar de los brazos del joven bárbaro, no pudo hacerlo de su beso.
Primero, el arco de él entró muy despacio entre las deseables medias lunas de la drow, sólo un poco, para quedarse ahí, quieto.
Ella jadeó de dolor y placer, y se abandonó a su violador, que en unos segundos, se deleitaba con el placer entre sus nalgas, apuñalándola con su carne una vez y otra.
Avdra lloró, se rendía, justo cuando él abandonaba su portal prohibido y acariciaba sus piernas por los lados con las manos. Hizo que ella subiera una pierna, la derecha, y la apoyase en la mesa. La esclava estuvo a punto de chillar, cuando él pegó el vientre a la zona lumbar de la drow y entró con deliberada lentitud entre sus ingles desde detrás con un húmedo chasquido para nada doloroso, besando su nuca, su espalda, embriagándose con el olor dulce y hormonal del cabello de fuego vivo de la elfa de piel negra.
Aunque tuviera un dolor desgarrador un instante, ni se dio cuenta que sangró entre el placer, y empezó a amar a Kerish más que a temerle. Ahora, era su forzado amante, estiraba los brazos hacia atrás para poseer las caderas de él y empujarse sola, el humano la atraía desde siempre, pero ella sólo era un pedazo de carne.
El Rey Brujo y el resto de quienes conocía no la habían tratado de manera diferente a una sirvienta que ni pinchaba ni cortaba, y desde luego, nunca habría imaginado que el atractivo varón humano que en sus fantasías la amaba de manera desbordante pudiera hacerla gemir de verdad.
El bárbaro se estremeció dentro del frasco suave y calentito de la drow y le mordió una de sus orejas puntiagudas, tirando suavemente de ella, chocando contra su cuerpo con aplausos de piel.
Cuando a ella le invadió el calor, el temblor entre las piernas, y se abandonó contra la mesa, él resbaló fuera de su brecha oscura y placentera brindándole entre las nalgas la savia de su rama, haciéndole resbalar lágrimas de blanco sobre negro por la espina dorsal.
Avdra le sintió estallar ardiendo sobre su espalda y se avergonzó, volviendo la cara, y algo de la esencia fértil de Kerish le manchó una mejilla.
Él la hizo volverse, y la besó con agresividad, cogiéndola por los hombros. Ella le olió, esa fragancia de cuando alguien ha tenido sexo la estaba emborrachando, y fuera por eso, o por algo más, se abrazó al joven bárbaro y le empujó contra su cuerpo. Había sido todo el cariño que había tenido en su vida, desde que la vendieron fuera del mezoberrazan.
—Ha sido… mi primera vez—susurró Avdra.
—Y mejor que la mía—le susurró él con una media sonrisa.
Kerish se guardó su brillante masculinidad y recogió el dinero, mirando a la nativa de la infraoscuridad con cierta indiferencia.
—Puede que volvamos a vernos—le dijo.
Ella no dijo nada cuando él se fue. Sólo se angustió con pensar que pasarían otros ciento veinte años antes de que volviera a sentir cariño por alguien. Pero se juró que un día cambiaría de nombre, sería una princesa o algo parecido, tendría su propia casa, su propio ejército, y daría con el ser que le quitó el virgo por placer. Entonces, el esclavo sería Kerish Estrellasalvaje.
A la reunión se sumó un tercero. Al menos, en su forma espectral.
Un ser cuya armadura tenebrosa formaba quizá parte de su cuerpo, y aparecía en la translúcida y danzarina imagen en lo alto de una pirámide, sentado en un trono maligno.
—A ver si lo entendí bien—dijo el ser, —Yandros quiere utilizarle para sacrificar almas y alzar su poder sobre el de otros dioses. Y quitar otras fuerzas que estaban en juego del tablero—.
—Así es—asintió Yandros.
—Y me pregunto, para qué me habéis convocado si lo tenéis tan claro ambos—.
—Eres el Príncipe del Abismo. Cuando él muera, podría entrar tras la Puerta Negra, ¿verdad? Pues la leyenda dice que cuando un guerrero de la raza de Kerish perece en batalla, le acompaña un ejército, compuesto por los enemigos que ha matado, para librar la Guerra Eterna. Tú no permitirías que me llevase esas almas—.
—Desde luego que no, Yandros. ¿Quieres hacer un trato, entonces?—.
—Sí. Si Kerish muriera un día, iría con ese ejército que enriquecería tu campo de batalla. Sería muy poderoso, y quizá eso iría en tu contra si llegara a vencer y consiguiera el Premio. Pero, ¿y si muriera antes de tener el poder para destronarte?—.
El Príncipe del Abismo se movió en su sitio, inquieto.
—Destronarme. ¿Destronarme, a mí?—.
—He mirado en su alma. Está destinado a la destrucción. Aún es un crío, pero tiene un poder terrible, que si llegara a desarrollar, sería fatal para tu mundo. Imagina que matara a cientos, miles de guerreros que podrían ayudarle a llegar hasta ti—.
—Si muriera pronto, sería más débil, podría quedarme su alma si le derroto. Su ejército no sería tan grande en la batalla de almas que se libra eternamente en mi plano. No tendría posibilidades—meditó el Príncipe.
—Su muerte ya no me incumbe tanto, pero creo que entiendes mi proposición—.
Yandros sonrió, y la otra parte contratante de la primera parte dudó sobre la segunda parte contratante.
—Yyy… ¿le tendré pronto? Porque espero que tus fines no tarden años en cumplirse—inquirió el Príncipe del Abismo, echándose una mano a la barbilla, con su rostro demoníaco confundiéndose con su yelmo. O quizá eran lo mismo.
—Muy pronto. En algún momento de sus 18 años, cuando sea hombre, morirá—dijo el dios del caos, asintiendo.
—Hecho. Las almas de todos los seres que el bárbaro mate en tu nombre serán para Yandros, pero su alma me pertenecerá un día, en algún momento, cuando cumpla 18 años y le llegue la muerte. Si consigues que te brinde esos muertos será como un adorador tuyo, y yo no quisiera perder la llave de la profecía. Así que, accedo y permito que me quites ese pequeño porcentaje. Hasta entonces—.
Un fogonazo selló la palabra de ambos, y la reunión en la sala negra con tenebrosa iluminación verde y amoratada en algunos rincones se dio por finalizada. El Abismo era quien tenía poder sobre las almas de los bárbaros de los que Kerish provenía, y por tanto, este negocio había de llevarse con mucha mano izquierda. Aun así, Yandros saldría ganando con el trato. Su poder subiría como la espuma en muy poco tiempo.
Casi dos años después, volvieron a encontrarse. En la misma circunstancia.
—Yandros. Ya ha servido a tu fin. Quiero su alma—dijo el Príncipe del Abismo.
—¡Aún no puede ser, me ha dado las almas de los vampiros antiguos, que tantas ánimas devoraron en negros ritos! ¡Mi poder ha de subir más con él, estoy dejando a otros dioses atrás!—replicó el dios. El otro, que también lo era, ardió en cólera.
—¡Hicimos un trato! ¡Está a punto de cumplir 18 años, y yo quiero tener mi premio! ¡Destruir la profecía!—.
—Si le salvo la vida y despierto su naturaleza oscura, te harás más poderoso aún en tu plano, y podrías conquistar otros. Mi nuevo trato es este: déjale hasta casi el final de sus 18 años, se acaba de despertar en él parte de su verdadera naturaleza. Eso puede beneficiarnos a ti y a mí, Príncipe del Abismo—.
—Haces enemigos entre dioses, y amigos mortales—le reprochó su socio.
—Los negocios antes que la amistad. La profecía no se cumplirá, ni en tu plano, ni en Terra. ¡Él nunca gobernará a los humanos y no será un problema para nosotros!—.
—Está bien, Yandros. Pero, corrompe el alma del salvador, y transfórmalo en un destructor. Arréglalo para que muera, y la corrupción de su alma le haga aún más fuerte para que pueda devorarle. Ese es el nuevo trato, si lo aceptas—.
El Príncipe del Abismo se apoyó con ambas manos en una terrible espada con la hoja aserrada, sentado sobre su trono en lo alto de una gran pirámide escalonada, con el fragor de una eterna guerra de fondo. El dios del caos asintió, sentado sobre el suyo.
—Así se hará. No temas por el crecimiento de su poder, y… ya hay dispuestas piezas en el tablero. Camelot capitulará pronto. Kerish también. Todo será mío y tú tendrás tu premio—.
Obviamente, Yandros pensó en romper el trato, pero si la cosa se desmadraba, tenía apoyo. De todos modos, él era un dios, el dios supremo del caos, y si Kerish completase la ascensión, podía matarle ayudado además por el resto de la Hermandad. Sólo esto le daba temor. Pero no pasaría.
Su alma iría al Abismo de todas formas, y el Príncipe del Abismo obtendría su ofrenda de un modo u otro. El problema era que la situación de Kerish se había descontrolado. Pero había enviado ingentes tropas a los lugares donde Ianna tenía el poder, y había hecho un pacto con el diablo. Con Akelas.
Yandros nunca implicaba sentimientos de ningún tipo en los negocios, por eso, seguía manteniendo su posición.
Nunca pensó que un humano se volvería tan peligroso para todos, pero los ejércitos estaban movilizados, las piezas en la partida estaban alienadas. Quedaba jugar los movimientos más decisivos, y por tanto, los finales. No importaba ya si Kerish era amigo o enemigo, era una pieza más en el tablero, tenía su lugar, y había que esperar al momento de la confrontación.
El dios hizo materializarse esa especie de tablero de ajedrez con figuras muy detalladas. Tomó una con aspecto familiar que enarbolaba una espada, llevando un taparrabo. Lo hizo avanzar unas cuantas casillas, hasta dejarlo en medio de los dos ejércitos, el de color rojo, al que pertenecía, y el blanco. Había uno más, de color obsídeo, en una esquina del tablero, que se materializó al instante, amenazando la figurita de un castillo que simbolizaba Camelot.
La pieza que simbolizaba a la diosa Ianna avanzó una casilla, cerca de Kerish. El dios entrecerró los ojos y contuvo una negación con la cabeza.
Entretanto, la pantalla con los humanos que pugnaban por un esférico se distorsionaba desde la esquina a la derecha del dios, y vio avanzar una pierna desnuda entre las sedosas faldas negras de Sheilyn, los tacones de sus altas botas negras sacando a Yandros de su ensimismamiento, que tiró por los aires tablero y piezas.
—Mi señor—dijo ella, con sus ojos azules hacia los iris multicolor de él. Yandros tomó el artilugio alargado y pulsó un botón, con la gran pantalla mostrando imágenes que no le interesaban.
—Dime, hermosura. ¡Ah, nunca echan nada interesante!—comentó el dios, distraído.
—Creí que sería de vuestro interés saber algo sobre el bárbaro—.
Yandros siguió pasando imágenes interrumpidas por otras y un efecto de ventisca de nieve con un ruido estático, hasta que dio con lo que parecía ser un montón de humanos y otros seres luchando contra orcos ante los muros de una ciudad.
—Ésta tiene buena pinta—.
—Kerish está en medio de una batalla—le dijo Sheilyn. Ella miró la pantalla viendo las imágenes vivas, gente luchando y muriendo, y entre ellos, el bárbaro del que hablaban, gritando como una bestia. Yandros abrió mucho los ojos y disfrutó como un niño, dando saltitos en su trono, y acercó con una mano a Sheilyn, sentándola en su regazo.
—¡Pues no nos la perdamos!—jadeó el dios supremo del caos, disfrutando de lo que veía.





Comentarios recientes