Malas compañías.

•7 Marzo, 2008 • Dejar un comentario

Hará casi dos años.

De todos los señores oscuros de la antigüedad, aún estaba aquél cuyo nombre temían lejos de su leyenda, de su destrucción. Pero no de su muerte.
Las negras túnicas que llevaba y sus guantes, su máscara, todo ello era como una mortaja. Después de haber abandonado Cirith Ungol, no le había quedado demasiado. Al menos la satisfacción de que aquélla niñata humana quedara con un brazo roto había sanado su maltrecha alma, pero aún podía empezar de nuevo. Lo hizo, y se dedicó a amasar poder de sus fieles, a arrasar poblachos y costas por las oscuras tierras del norte, quedándose botines que financiarían su ejército, su sueño. El del su señor. Pero su señor había tomado otro camino, y él hizo lo propio tras la segunda guerra del anillo.
La primera. Aquél bastardo loco de Isildur. La segunda, el montaraz bajo el que se escondía su descendiente.
Sin embargo, los tiempos pasaron, el espectro perduró, con muchísimo menos poder y fuerzas. Era un vano reflejo de lo que un día se suponía que fue.
En la sala oscura, con el suelo de negra obsidiana tallada, sonaron los pasos suaves de unas botas de cuero. Sí, suaves, pero duros pasos.
El espectro vuelto a encarnar miró el piso, sobre el que lo que había mandado tallar permanecía casi invisible, apenas una gran urbe para miles de hormigas.
Una oscura y hermosa elfa con la piel negra y el cabello rojo encendido inclinó la cabeza servilmente, apareciéndose como un espejismo de belleza negativa por la gran arcada que daba paso a la habitación. Quizá fueran los cristales en las esquinas, las pócimas sobre las mesas, los recuerdos y fetiches de otros tiempos, o la maldad que se respiraba, lo que hacía que el ambiente brillara verde y violeta sobre las paredes negrizas.
La elfa apenas llevaba un sostén finísimo y negro que dibujaba espirales sobre sus pequeños pero redondos senos, y una gasa liviana del color del carbón por delante de sus piernas, en una línea fina que sólo ocultaba la brecha bajo su brillante triángulo púbico. Por lo demás, no llevaba otra ropa, ni calzado, y sus ojos de encendido violeta ascendieron hacia su señor una vez éste se sentara en su maligno trono, como cansado por el paso de las eras. La cadenilla con pequeñas calaveras oscuras tintineó en las caderas de la elfa de las profundidades, y la gasa se meció suavemente.
—Mi amo. Ya está aquí—.
—Hazle pasar… Avdra—dijo él, con el tono susurrante, pero extrañamente, sonaba como una voz alta en el aire.
La melenuda sirvienta drow se retiró sin volverle la espalda, sumisa, y ya fuera de la entrada, habló al visitante.
—Mi amo el Rey Brujo de Angmar os concede el honor de su audiencia—dijo Avdra, al mismo que el visitante en la oscuridad la miró entrecerrando sus ojos. Eran unos ojos malignos en esencia, pues habían saboreado una matanza hacía poco. Él dirigió una de sus manos blancas a las nalgas descubiertas de ella, y aspiró el olor de su cabello y su piel negra. Le consumía un extraño morbo por el color de piel de la sirvienta, y además, para el modesto busto que gastaba, y lo delgada que era, tenía un trasero redondo aunque no se pasaba de generoso.
—¿Y tú qué me concedes?—dijo aquél a quien había anunciado segundos antes ante el Rey Brujo, con la voz suave pero afilada como la hoja de un cuchillo. La elfa de las profundidades casi pudo notar que el susurro le cortaba la piel, y se le erizó el tacto, estremeciéndose. No hizo por resistirse demasiado.
—Por favor… mi amo os espera—jadeó ella, temblando. El que la había acosado se alejó de ella penetrando en la cámara, aunque había querido penetrar en la elfa. Sus ojos giraron hacia el ser que se hallaba en el trono, y sonrió. El varón humano lo hubiera hecho, de tener un rostro que mostrar.
—Que estés aquí de nuevo significa que has vuelto victorioso, Kerish—.
—¡Rey Brujo! ¡No habría vuelto vivo sin cumplir nuestro trato!—dijo el joven bárbaro, que tenía apalancado bajo el brazo derecho el mástil de una terrible hacha que reposaba en su hombro y llegaba tras su espalda casi hasta el otro, haciendo equilibro. La mano, que colgaba por el mástil y en la que brillaba una nudillera de metal, sujetaba un saco.
—Veámoslo—asintió el Rey Brujo, cuando la mano izquierda de Kerish, que empuñaba tras sus muslos una espada brillante, retiró la bolsa y señaló lo que había pedido el malvado señor. La sanguinolenta sorpresa de tres cabezas tomadas por los cabellos, dos rostros de hombre y uno de mujer, oscilando con las bocas abiertas, mostrando largos colmillos.

—Oh, bien hecho—.
Una de las cabezas presentaba un feo corte que le cruzaba la cara de un lado a otro desde la derecha de la frente.
—Bien hecho, sí. Ahora que las cabezas de los tres antiguos son mías, te daré tu recompensa. Mas antes, deposítalas en el centro de la habitación. En el círculo. Eso es. Mi sirvienta te recompensará—apremió el Rey Brujo, para que el bárbaro abandonase la escena. Éste sonrió, con el flequillo peinado en largo hacia el lado izquierdo de su cara y ocultándole un ojo. La camiseta de mangas arrancadas que apenas era un trapo llegaba hasta el cinturón que tenía una calavera por hebilla, y descendía como un taparrabo. Con el hacha que por un lado era martillo, y tenía tres puntas en lo alto imitando una corona, el joven abandonó el lugar y siguió a Avdra.
Ese fue el momento que invocando las oscuras artes, el Rey Brujo hizo brillar los símbolos que permanecían ocultos en el suelo, sus canales se llenaban con la sangre de los tres antiguos vampiros de antes del diluvio con los que el malvado tenía una cuenta pendiente, y sus testas ardieron como ardió el suelo.
Una luz brilló allí, un fuego multicolor de base anaranjada en el que parecían bailar demonios, y en las sombras, el dios supremo del caos contempló en silencio los quehaceres del Rey Brujo.
—Saludos, Yandros. Ya casi acabo—dijo, dándose cuenta de que el dios estaba ahí, en medio del ritual. Algo aulló cuando las cabezas estallaron, y tres ánimas flotaron rizándose entre ellas en el aire, formando una columna. Un resplandor suave iluminó al Rey Brujo de Angmar y a Yandros, y se sintieron fortalecidos.
—Vuestro estanque está más lleno ahora—susurró el Rey Brujo.
—No lo bastante. A pesar de que eran tres y me debíais parte de su esencia, no consigo dejar a Ianna atrás del todo. Necesito más. Quiero más almas—gruñó Yandros.
—Tendréis que encargarle a alguien que lo haga por vos. Recordad que no podemos desequilibrar la balanza nosotros mismos—.
—¿Y ése niñato lo hace por vos?—.
—Cuando le vi tan joven casi me río de él, pero despachó a varios orcos que me eran leales sin pestañear. Es frío, y le gusta matar y derramar sangre. Disfruta el sufrimiento. Por dinero, me resulta más que útil. Hoy en día escasean los que son como él, y he estado usando sus servicios durante un tiempo. Voy a mandarlo al norte con mis mercenarios—.
—Es un mortal interesante. ¿Te importaría cedérmelo?—le preguntó Yandros. El Rey Brujo sabía que no era una petición.
—Es todo vuestro—.
—Miles de gracias. Tengo planes en los que podría ayudarme—.
—Ofrecedle dinero y os cubrirá de poder y gloria—.
—¿Y si le ofrezco poder y gloria?—.

De un pequeño arcón, Avdra tomó el oro y lo depositó en un morral que preparó para que se lo llevara Kerish. Éste la miraba, deseaba cada segundo más y más el poseerla. Por un lado, estaba feo violar a la sirvienta de alguien sin el permiso de su amo. Pero su amo estaba ocupado.
¿Por qué no?
Se acercó a ella, poniéndole las manos sobre las caderas y se las apretó, inmovilizándola. Ella luchó unos segundos, gimoteando y dando golpes inútiles hacia atrás con las manos, pero él la tomó por el cuello deslizando su mano derecha entre los senos redondos de la drow, y la estranguló, quitándole el aire y la voz.
—Sigue y te mato, puta esclava—susurró sin la más aparente emoción. Ella gimió nuevamente, y abrió mucho los almendrados ojos violetas, mirándole con terror. Cuando Avdra se estuvo quieta, él fue aflojando su presa de hierro, aunque había sentido tanto placer estrujando su esbelto cuello que su íntimo arco viril estaba a punto de estallar por la hinchazón. No era la primera vez que tenía una elfa de la antípoda oscura entre los brazos. De hecho, había tenido un encontronazo hacía relativamente poco. Los machos drow murieron a sus manos. Las hembras que no murieran en aquél asalto en unas ruinas alejadas de la gracia de los dioses, fueron violadas. Y para un tipo que violaba drows y se molestaba en matarlos, la piel de carbón y el cabello rojo o blanco no le insuflaban miedo. Los drow eran débiles. Él era humano y por tanto más poderoso. Cualquiera que temiera a aquellos seres, como a cualquier otra cosa viviente, o era un cobarde o es que nunca había manejado un arma. No entendía por qué algunos los temían tanto, cuando los humanos eran en realidad el peor ser que existía sobre la faz de la tierra. Pero el ser humano, en sí, era extraordinario. Adaptable, tosco, fuerte, inteligente, aprendía y se reproducía rápido, y era despiadado. Iba a comprobar si ésta oscura pelirroja era digna de su sociedad de matriarcas extremistas y de sus sirvientes calzonazos.
—No, por favor…—lloriqueó la drow.
No.
—Sssh—la calló él, poniendo la cabeza sobre el hombro derecho de la sirvienta, y besó sus oscuros labios a la par que sus manos poseyeron sus pechos blanditos y juntos, restregándose contra sus nalgas. Avdra cerró los ojos y lloró, una lágrima de diamante resbaló por su pómulo derecho, y notó que una de las manos de Kerish iban hacia atrás. Entonces notó su ardor curvo y blanco de punta violácea que amenazaba sus nalgas como una lanza, y por mucho que quiso escapar de los brazos del joven bárbaro, no pudo hacerlo de su beso.
Primero, el arco de él entró muy despacio entre las deseables medias lunas de la drow, sólo un poco, para quedarse ahí, quieto.
Ella jadeó de dolor y placer, y se abandonó a su violador, que en unos segundos, se deleitaba con el placer entre sus nalgas, apuñalándola con su carne una vez y otra.
Avdra lloró, se rendía, justo cuando él abandonaba su portal prohibido y acariciaba sus piernas por los lados con las manos. Hizo que ella subiera una pierna, la derecha, y la apoyase en la mesa. La esclava estuvo a punto de chillar, cuando él pegó el vientre a la zona lumbar de la drow y entró con deliberada lentitud entre sus ingles desde detrás con un húmedo chasquido para nada doloroso, besando su nuca, su espalda, embriagándose con el olor dulce y hormonal del cabello de fuego vivo de la elfa de piel negra.
Aunque tuviera un dolor desgarrador un instante, ni se dio cuenta que sangró entre el placer, y empezó a amar a Kerish más que a temerle. Ahora, era su forzado amante, estiraba los brazos hacia atrás para poseer las caderas de él y empujarse sola, el humano la atraía desde siempre, pero ella sólo era un pedazo de carne.
El Rey Brujo y el resto de quienes conocía no la habían tratado de manera diferente a una sirvienta que ni pinchaba ni cortaba, y desde luego, nunca habría imaginado que el atractivo varón humano que en sus fantasías la amaba de manera desbordante pudiera hacerla gemir de verdad.
El bárbaro se estremeció dentro del frasco suave y calentito de la drow y le mordió una de sus orejas puntiagudas, tirando suavemente de ella, chocando contra su cuerpo con aplausos de piel.
Cuando a ella le invadió el calor, el temblor entre las piernas, y se abandonó contra la mesa, él resbaló fuera de su brecha oscura y placentera brindándole entre las nalgas la savia de su rama, haciéndole resbalar lágrimas de blanco sobre negro por la espina dorsal.
Avdra le sintió estallar ardiendo sobre su espalda y se avergonzó, volviendo la cara, y algo de la esencia fértil de Kerish le manchó una mejilla.
Él la hizo volverse, y la besó con agresividad, cogiéndola por los hombros. Ella le olió, esa fragancia de cuando alguien ha tenido sexo la estaba emborrachando, y fuera por eso, o por algo más, se abrazó al joven bárbaro y le empujó contra su cuerpo. Había sido todo el cariño que había tenido en su vida, desde que la vendieron fuera del mezoberrazan.
—Ha sido… mi primera vez—susurró Avdra.
—Y mejor que la mía—le susurró él con una media sonrisa.
Kerish se guardó su brillante masculinidad y recogió el dinero, mirando a la nativa de la infraoscuridad con cierta indiferencia.
—Puede que volvamos a vernos—le dijo.
Ella no dijo nada cuando él se fue. Sólo se angustió con pensar que pasarían otros ciento veinte años antes de que volviera a sentir cariño por alguien. Pero se juró que un día cambiaría de nombre, sería una princesa o algo parecido, tendría su propia casa, su propio ejército, y daría con el ser que le quitó el virgo por placer. Entonces, el esclavo sería Kerish Estrellasalvaje.

A la reunión se sumó un tercero. Al menos, en su forma espectral.
Un ser cuya armadura tenebrosa formaba quizá parte de su cuerpo, y aparecía en la translúcida y danzarina imagen en lo alto de una pirámide, sentado en un trono maligno.
—A ver si lo entendí bien—dijo el ser, —Yandros quiere utilizarle para sacrificar almas y alzar su poder sobre el de otros dioses. Y quitar otras fuerzas que estaban en juego del tablero—.
—Así es—asintió Yandros.
—Y me pregunto, para qué me habéis convocado si lo tenéis tan claro ambos—.
—Eres el Príncipe del Abismo. Cuando él muera, podría entrar tras la Puerta Negra, ¿verdad? Pues la leyenda dice que cuando un guerrero de la raza de Kerish perece en batalla, le acompaña un ejército, compuesto por los enemigos que ha matado, para librar la Guerra Eterna. Tú no permitirías que me llevase esas almas—.
—Desde luego que no, Yandros. ¿Quieres hacer un trato, entonces?—.
—Sí. Si Kerish muriera un día, iría con ese ejército que enriquecería tu campo de batalla. Sería muy poderoso, y quizá eso iría en tu contra si llegara a vencer y consiguiera el Premio. Pero, ¿y si muriera antes de tener el poder para destronarte?—.
El Príncipe del Abismo se movió en su sitio, inquieto.
—Destronarme. ¿Destronarme, a mí?—.
—He mirado en su alma. Está destinado a la destrucción. Aún es un crío, pero tiene un poder terrible, que si llegara a desarrollar, sería fatal para tu mundo. Imagina que matara a cientos, miles de guerreros que podrían ayudarle a llegar hasta ti—.
—Si muriera pronto, sería más débil, podría quedarme su alma si le derroto. Su ejército no sería tan grande en la batalla de almas que se libra eternamente en mi plano. No tendría posibilidades—meditó el Príncipe.
—Su muerte ya no me incumbe tanto, pero creo que entiendes mi proposición—.
Yandros sonrió, y la otra parte contratante de la primera parte dudó sobre la segunda parte contratante.
—Yyy… ¿le tendré pronto? Porque espero que tus fines no tarden años en cumplirse—inquirió el Príncipe del Abismo, echándose una mano a la barbilla, con su rostro demoníaco confundiéndose con su yelmo. O quizá eran lo mismo.
—Muy pronto. En algún momento de sus 18 años, cuando sea hombre, morirá—dijo el dios del caos, asintiendo.
—Hecho. Las almas de todos los seres que el bárbaro mate en tu nombre serán para Yandros, pero su alma me pertenecerá un día, en algún momento, cuando cumpla 18 años y le llegue la muerte. Si consigues que te brinde esos muertos será como un adorador tuyo, y yo no quisiera perder la llave de la profecía. Así que, accedo y permito que me quites ese pequeño porcentaje. Hasta entonces—.
Un fogonazo selló la palabra de ambos, y la reunión en la sala negra con tenebrosa iluminación verde y amoratada en algunos rincones se dio por finalizada. El Abismo era quien tenía poder sobre las almas de los bárbaros de los que Kerish provenía, y por tanto, este negocio había de llevarse con mucha mano izquierda. Aun así, Yandros saldría ganando con el trato. Su poder subiría como la espuma en muy poco tiempo.

Casi dos años después, volvieron a encontrarse. En la misma circunstancia.

—Yandros. Ya ha servido a tu fin. Quiero su alma—dijo el Príncipe del Abismo.
—¡Aún no puede ser, me ha dado las almas de los vampiros antiguos, que tantas ánimas devoraron en negros ritos! ¡Mi poder ha de subir más con él, estoy dejando a otros dioses atrás!—replicó el dios. El otro, que también lo era, ardió en cólera.
—¡Hicimos un trato! ¡Está a punto de cumplir 18 años, y yo quiero tener mi premio! ¡Destruir la profecía!—.
—Si le salvo la vida y despierto su naturaleza oscura, te harás más poderoso aún en tu plano, y podrías conquistar otros. Mi nuevo trato es este: déjale hasta casi el final de sus 18 años, se acaba de despertar en él parte de su verdadera naturaleza. Eso puede beneficiarnos a ti y a mí, Príncipe del Abismo—.
—Haces enemigos entre dioses, y amigos mortales—le reprochó su socio.
—Los negocios antes que la amistad. La profecía no se cumplirá, ni en tu plano, ni en Terra. ¡Él nunca gobernará a los humanos y no será un problema para nosotros!—.
—Está bien, Yandros. Pero, corrompe el alma del salvador, y transfórmalo en un destructor. Arréglalo para que muera, y la corrupción de su alma le haga aún más fuerte para que pueda devorarle. Ese es el nuevo trato, si lo aceptas—.
El Príncipe del Abismo se apoyó con ambas manos en una terrible espada con la hoja aserrada, sentado sobre su trono en lo alto de una gran pirámide escalonada, con el fragor de una eterna guerra de fondo. El dios del caos asintió, sentado sobre el suyo.
—Así se hará. No temas por el crecimiento de su poder, y… ya hay dispuestas piezas en el tablero. Camelot capitulará pronto. Kerish también. Todo será mío y tú tendrás tu premio—.
Obviamente, Yandros pensó en romper el trato, pero si la cosa se desmadraba, tenía apoyo. De todos modos, él era un dios, el dios supremo del caos, y si Kerish completase la ascensión, podía matarle ayudado además por el resto de la Hermandad. Sólo esto le daba temor. Pero no pasaría.
Su alma iría al Abismo de todas formas, y el Príncipe del Abismo obtendría su ofrenda de un modo u otro. El problema era que la situación de Kerish se había descontrolado. Pero había enviado ingentes tropas a los lugares donde Ianna tenía el poder, y había hecho un pacto con el diablo. Con Akelas.
Yandros nunca implicaba sentimientos de ningún tipo en los negocios, por eso, seguía manteniendo su posición.
Nunca pensó que un humano se volvería tan peligroso para todos, pero los ejércitos estaban movilizados, las piezas en la partida estaban alienadas. Quedaba jugar los movimientos más decisivos, y por tanto, los finales. No importaba ya si Kerish era amigo o enemigo, era una pieza más en el tablero, tenía su lugar, y había que esperar al momento de la confrontación.
El dios hizo materializarse esa especie de tablero de ajedrez con figuras muy detalladas. Tomó una con aspecto familiar que enarbolaba una espada, llevando un taparrabo. Lo hizo avanzar unas cuantas casillas, hasta dejarlo en medio de los dos ejércitos, el de color rojo, al que pertenecía, y el blanco. Había uno más, de color obsídeo, en una esquina del tablero, que se materializó al instante, amenazando la figurita de un castillo que simbolizaba Camelot.
La pieza que simbolizaba a la diosa Ianna avanzó una casilla, cerca de Kerish. El dios entrecerró los ojos y contuvo una negación con la cabeza.
Entretanto, la pantalla con los humanos que pugnaban por un esférico se distorsionaba desde la esquina a la derecha del dios, y vio avanzar una pierna desnuda entre las sedosas faldas negras de Sheilyn, los tacones de sus altas botas negras sacando a Yandros de su ensimismamiento, que tiró por los aires tablero y piezas.
—Mi señor—dijo ella, con sus ojos azules hacia los iris multicolor de él. Yandros tomó el artilugio alargado y pulsó un botón, con la gran pantalla mostrando imágenes que no le interesaban.
—Dime, hermosura. ¡Ah, nunca echan nada interesante!—comentó el dios, distraído.
—Creí que sería de vuestro interés saber algo sobre el bárbaro—.
Yandros siguió pasando imágenes interrumpidas por otras y un efecto de ventisca de nieve con un ruido estático, hasta que dio con lo que parecía ser un montón de humanos y otros seres luchando contra orcos ante los muros de una ciudad.
—Ésta tiene buena pinta—.
—Kerish está en medio de una batalla—le dijo Sheilyn. Ella miró la pantalla viendo las imágenes vivas, gente luchando y muriendo, y entre ellos, el bárbaro del que hablaban, gritando como una bestia. Yandros abrió mucho los ojos y disfrutó como un niño, dando saltitos en su trono, y acercó con una mano a Sheilyn, sentándola en su regazo.
—¡Pues no nos la perdamos!—jadeó el dios supremo del caos, disfrutando de lo que veía.

Génesis Sangrienta (III).

•6 Marzo, 2008 • Dejar un comentario

A su alrededor todo se volvió más enloquecido, sus hermanos tomaron armas del suelo y rugieron como tigres de los glaciares, llevándose cada uno a un guerrero oscuro a la muerte, pero un terrible caballero de armadura roja clavó a la chica, Midden, y su hermano Aïki tendió su arco. Disparó una flecha a un guerrero herido que aún sujetaba la lanza por la que moría la joven bárbara, y rompió su malla de anillas atravesándole la junta entre el hombro izquierdo y el pecho. Luego dos más junto a la misma le abrieron la carne, y la arteria se le desangró con furia. Cargó otra más contra un guerrero que levantaba su lanza, y le atravesó la boca llevándose los dientes frontales superiores hasta salirle por la nuca. Pero cuando echó mano a la espada, un caballero lo clavó a la pared de una choza contigua. Aïki escupió sangre al yelmo del caballero, cegándolo temporalmente, y el malvado gruñó tratando de quitarse la pieza protectora para limpiarse, y el chico y la chica perdieron la vida con orgullo.
Sus ropas llenas de sangre parecían enturbiar la vista de Kerish, quien les vio clavados, y agonizaron unos instantes, escupiendo con desprecio a sus acorazados ejecutores nuevamente, ante lo que agacharon la cabeza, y no volvieron a levantarla.
Los demás del pueblo yacían a su alrededor, y los restantes estaban luchando, sin ceder victoria ni rogar al enemigo. Los ojos de Kerish divisaron a su padre, cayendo en batalla por un espadazo en la espalda dado por un caballero del caos de armadura rojiza que iba en un caballo negro, en ese mismo instante que todos morían. En ese mismo instante en que lo perdió todo.
Otro caballero fue herido en la cara por el hacha de Takkan, y un tercero fue a rematar al bárbaro en la cadera izquierda con su arma, pero el gran hombre de barba negra y cana tomó al caballero del yelmo abierto y le estrelló su frente sobre el tabique nasal, partiéndole la cara con un mortal impacto que lo dejó inmóvil en el suelo. El último golpe de todos fue en la clavícula derecha. Takkan rugió, y cerró la mano alrededor del cuello del guerrero oscuro, llevándoselo con él, sin cesar la presa, a las llamas del fuego que ardía en la enorme explanada del centro del poblado. Los gritos aún tardaron casi un minuto en cesar, hasta que el fuego derritiera los nervios y llegara por los ojos hasta el cerebro. El poderoso padre del Cymyr yacía empapado en sangre, sujetando un cuello tostado y sin piel al mismo que una cara irreconocible se fundía nauseabundamente y resbalaba en una masa requemada hasta sus grandes manos inertes. Todo había sucedido en cuestión de segundos, los suficientes para perder la vida entera, y Kerish notó un impacto que le alejó del cuerpo de su madre, haciéndole volar un par de metros hacia atrás con un estallido verdoso.
Los hechiceros lanzaban por encima de Kerish embrujos debilitantes además, pero las pinturas que él llevaba en el cuerpo reaccionaron de un modo extraño, incluso parecían moverse sobre la piel, y el bárbaro, notándolo o no, recorrió la distancia entre él y los tres hechiceros vestidos de verde brillante y negro, con sombreros de forma cónica pero invertida.
Cerró los ojos un momento antes del choque final y los abrió de nuevo con su adusta expresión mientras sacaba el enorme mangual de su emplazamiento en la espalda, aplastando una cabeza que estalló en sangre, huesos rotos y sesos, ante lo que el resto de hechiceros corrieron a refugiarse tras varios caballeros caóticos, los mismos que quedaban en esa parte de la aldea y que habían matado a su padre y hermanos.
Cuando vinieron por él, poseído por la furia, les asestó de revés un golpe que partió el brazo izquierdo al primero, y al segundo que atacaba torpemente con el compañero herido delante, Kerish se agachó y le golpeó de forma circular en ambas piernas. El derribo fue brutal, el metal se abolló y se escuchó el sordo astillado de los huesos rotos, y el golpe mortal fue a la cabeza de los dos caballeros.
El que montaba a caballo reculó desde la distancia y Kerish le siguió, pero el jinete dio la vuelta y cargaba contra el bárbaro. En esto, Kerish hizo algo inesperado, se detuvo con un grito salvaje, saltando a la altura del golpe del caballero, la espada de éste chocó con algo metálico al dorso de su cuerpo. Acto seguido, el caballero cayó hacia delante desde su caballo, con el occipucio partido por dentro de su yelmo, ya que el mangual del Cymyr le había golpeado el cráneo con una terrible furia. Por suerte, el joven llevaba el escudo aserrado a la espalda, y aquél cobarde que sólo podía matar a la carrera furtiva y a la espalda encontró su fin con su propia manera de matar.
En su infernal cabreo, el guerrero-lobo de Griskald corrió hacia los magos y hechiceros que había visto huyendo de nuevo, cogiendo sorprendentemente el mayal a dos manos con tan sólo una, y en la mano que había dejado libre, el escudo. Les dio alcance, pues los hechiceros no eran tan grandes atletas como para escapar a la muerte, y el joven guerrero golpeó sin piedad como un animal rabioso, con el escudo y el mangual indistintamente. Mientras les rompía los huesos, vino a caballo otro guerrero, y dejó el arma a dos manos en el suelo, manchado de sangre y sesos, tomando el mayal pequeño que llevaba en la cadera izquierda. Tras balancearlo, se lo arrojó al jinete en plena cara, con las terribles púas trinchando carne y clavándose en el hueso de la cara y a través de la nariz, derramando su rojo hierro vital.
El guerrero oscuro cayó y el Cymyr le saltó en el pecho con las rodillas, rompiéndole las costillas, que se le clavaron contra los pulmones y le hicieron vomitar sangre. Kerish dejó el mangual grande en el suelo de momento, poseído por la furia, todo él era un arma… y lanzó la rodela con un giro mortal al cuello de uno de los magos que venía hacia él, enfurecido, con una daga llameante en colores fantasiosos en la mano. El hechicero Styrgano escupió sangre de color oscuro delatando su piel escamosa su naturaleza, dejando el blanco rosado y enfermizo que le hacía parecer humano bajo su túnica verdosa, y cayó de espaldas en la fría tierra teñida de sangre.
Caminando, fuera de sí y con el pecho tamborileando violentamente, el joven tomó dos mazas de similar factura que encontró junto a un guerrero oscuro que vestía cuero y malla de metal negra, con el cuello atravesado por una flecha.
Dos guerreros intentaron golpearle, pero él se adelantó ejecutando movimientos que parecían el ondular de una serpiente en el aire con las mazas con púas, esquivando un par de tajos a su pecho uno tras otro desde abajo y ascendiendo, partiéndoles los codos, así como las púas de los cilindros de acero que remataban las mazas derramaban sangre. Furioso y el doble de fuerte aunque él no lo supiera, machacó los huesos de los brazos de ambos guerreros por dentro de los brazales, donde las correas se ajustaban a las hebillas. Los guerreros chillaron de dolor dejando caer sus armas y Kerish saltó entre ambos, con una patada a uno en el pecho, se apoyó al mismo tiempo y usando la inercia en el aire hizo impactar el pie en las costillas del otro enemigo, girándose por completo. El que recibió el golpe en sus costillas cayó al suelo de espaldas retorciéndose, y el otro que aún estaba en pie pero aturdido fue apaleado en ambas piernas con crueldad, en los laterales de las rodillas cubiertas por metal y cuero. Kerish había usado los tacones de sus botas y por eso no se hizo daño e hizo inclinarse al guerrero enemigo, al que a punto de caer, le atacó con un terrible y sucio golpe ascendente en la zona de los testículos. El guerrero oscuro gritó con todo el dolor atenazándole, y el bárbaro pivotó a su alrededor desclavando de sus cojones la maza con púas.
Le dio el golpe de gracia en la nuca, atravesando hueso con uno de los clavos, y le dejó ahí tirado, en la nieve, buscando a otro enemigo que asesinar con los chulescos andares de un león, acelerando el paso, y los despeinados cabellos ocultándole a veces el rostro. Arrojó primero una maza al divisar una forma familiar, pero falló pasando por un metro la silueta del hombre, y luego tiró la otra hacia el que fuera uno de los hechiceros Styrganos, clavándosela en plena frente cuando el enjuto conjurador se volvía tratando de agacharse y esquivar. El hombre del sombrero extraño emitió un sonido serpentino al caer al suelo y conjuró un halo que le cerraba la herida un poco, aunque sus ojos de pupilas reptilianas bizqueaban, con visibles derrames, y la púa clavada en el hueso de su cabeza se desprendió. Corrió, huyendo y limpiándose la sangre de su cabeza, pero tropezó con un muerto y cayó, dándose la vuelta en el suelo para ver que ya tenía encima suya al bárbaro. Miró con terror a Kerish, que lo cogió de las ropas por la pechera y le cortó la garganta con el puñal de hoja sinuosa que tenía, sin emitir expresión alguna en su rostro blanquecino. El mango, sobre el que una guarda emplazaba la hoja frente a los nudillos, quedó saciado de sangre brillante y caliente que chorreaba hasta el suelo con pedazos de carne.
Otro de los jinetes desperdigados corrió hacia él, pudo verle por fortuna a la izquierda de su ojo del tigre, y levantó al hechicero Styrgano arrojándolo por encima de su cabeza hacia el jinete, que al recibirlo contra el pecho, fue al suelo desmontado y perdiendo su espada.
El nómada se puso sentado sobre la coraza del caballero de armadura negra, que resultó ser una mujer debido a ciertas protuberancias mamarias en su coraza. La tomó de la cabeza con ambas manos mientras ella estaba aturdida, situando la mano derecha bajo su mentón, levantándoselo, y la otra mano tras la parte izquierda de su occipucio, dándole un giro violento después hacia abajo que le torció el cuello con un crujido cruel y repulsivo.
Empuñando la espada de la mujer caballero, la blandió un par de veces comprobando que la espada larga, de esas de una mano, cortaba el aire con un silbido característico. La furia latía en su corazón tanto como la sangre que corría por las venas del poderoso corcel del jinete, y echándose al galope sobre su lomo, se dirigió más allá del centro del pueblo muerto y se preparó para lo que tenía delante. La espada era su brazo, parte de él, y demostraría cómo luchaba un Cymyr a caballo cuando la rabia dominaba su acero, por qué los llamaban “Centauros de la Estepa”. Cortó el hombro de uno de los hechiceros a la carrera, blandiendo la hoja a la izquierda cortó una mano a un guerrero que usaba un hacha de batalla de gran peso, que cayó al suelo, aún empuñada por una mano inerte. Kerish dirigió al corcel desesperadamente hacia un tumulto de bárbaros luchando contra más enemigos de la horda, saltando de la montura, que se estampó contra las espaldas de unos caballeros de armaduras negras que abrieron la formación, y los guerreros salvajes los separaron en dos frentes.
Entonces, el joven guerrero notó que las fuerzas le abandonaban, la cabeza le daba vueltas, saturada, y se apoyó sobre la guarda en cruz de la sangrienta espada. Vio un espejismo, una llama dorada que brillaba como el fuego más ardiente, y venía hacia él, pero no le quemaba.
Frotándose los ojos, vio que la llama se acercaba a él cada vez más, pero no era fuego, sino el potro que él había estado domando.
¡Flecha del Sol! ¡Vienes a morir conmigo en la batalla! ¡Eres todo un corcel de guerra!”.
Sus ojos se iluminaron con lágrimas, y el bárbaro hizo un último esfuerzo, saltando sobre el lomo de su montura, con tan sólo una tela por encima, y el fantástico caballo de guerra, de poderosos cascos y crin roja, llevó a su jinete a la batalla. Kerish abrazó a su caballo por el poderoso cuello dorado, sujetándose a él con las rodillas y los muslos, prietos. Cerró los ojos con fuerza, sabía que moriría hoy, pero lo haría como todo un guerrero, con sus seres queridos, y se irguió sobre su montura gritando como una bestia, con las lágrimas cayendo por sus mejillas. La furia volvió a por él, hinchó el pecho, y balanceó su espada de un lado a otro, cuando los bárbaros, que estaban repeliendo por poco tiempo al invasor, fueron sorprendidos por los hechiceros que venían sobre ellos lanzando enormes rayos verdosos y brillantes. Consiguieron protegerse unos cuantos de los rayos, usando a los guerreros caóticos de parapeto, cogiéndoles de los hombros a la fuerza y anteponiéndolos al poder mágico que les hacía retorcerse de dolor hasta la muerte. Aún había un rezagado que iba a atacarle por la espada a uno de los bárbaros, pero Kerish emitió unas tronantes palabras que resonaron en el campo de batalla, por encima de los caóticos que se electrocutaban a manos de sus propios y exhaustos hechiceros, y de los salvajes que se reían en la cara de la muerte.
—¡A tu espalda!—.
El bárbaro que reía meneando a un guerrero enemigo como a una marioneta se dio por aludido y se giró segando la cintura de un escudero con su enorme hacha. Los conjuradores perdieron sus fuerzas y todo aquello se volvió una marea de sangre, metal y la música de los huesos crujiendo, la sangre arterial tiñendo la tierra, el acero rojo de tanto matar, y gritos a los dioses de la guerra. En esa parte del poblado de la tribu del Lobo, únicamente quedaban setenta escasos guerreros lobos empuñando sus armas, y al otro lado, estaba la muerte. La legión oscura de armaduras negras, y más allá, la guardia personal de armaduras rojas de un señor de la guerra a caballo, cuya armadura era bermeja también, pero en lugar de decoraciones distintivas en negro, tenía además sus insignias en dorado. Su terrible casco con cuernos hacia abajo era semejante al que usaban los Cymyr, y portaba en una mano una espada de un acero que a primera vista parecía negro, pero que brillaba en un tono morado, si no era violáceo.
Kerish capitaneó de este modo sobre el caballo el último ataque que iba a haber a lo largo de este día trágico y sangriento, contra los hechiceros y los caballeros del mal que les aguardaban. Hubo una pausa, pese a la furia de todos, pese al dolor de todos. El caballero de la armadura roja sobre el corcel negro miró al caudillo de la horda bárbara, y Kerish hizo chocar su espada con dos golpecitos contra uno de los broches de hierro que ceñían a su cuerpo el peto de cuero bajo el chaleco de pieles. El paladín del caos, señor del mal, hizo el mismo gesto, dejando ver que en su espada había una serie de runas marcadas en un panel dorado sobre el primer cuarto de su hoja.
Además, había una suerte de piedra preciosa engastada y pulida que brillaba casi a seis dedos de la punta del sable de doble filo, imitando un ojo. Los bárbaros se golpearon las armas contra las armas, contra los escudos, contra el suelo, las piedras e incluso contra sus cotas de malla, hombreras de acero y cascos.
El caballero que imitaba el gesto alzó su espada y Kerish dio su orden, su deseo, que era el de todos, espoleando a su montura.
—¡A muerte!—gritó, dirigiendo la hoja de su espada al grupo de los guerreros enemigos y los hechiceros. Todos los bárbaros salieron como despedidos por una enorme corriente, empalando a su paso a los enemigos con sus lanzas, sajando metal, cuero y carne con espadas, y partiendo sus cuerpos con hachas, aplastando cabezas con cascos y pechos acorazados con sus martillos.
En el choque de la ola, Kerish pasó a través de un jinete, chocando su espada cuyo pomo tenía el labrado de la cabeza de un toro, de derecha a izquierda, y luego giró el arma describiendo una extraña filigrana en el aire, golpeándole tras el costado derecho, hendiendo su armadura.
Unos lanceros rodearon al jinete y al caballo, acosándoles con lanzas, ante lo que el animal sintió miedo y se encabritó, relinchando y poniéndose sobre dos patas, apartándose. Kerish le palmeó el cuello y le susurró algo al oído en unos pocos segundos de ventaja al evitar una lanza.
—Xaya… Xaya… no tengas miedo. Podemos con ellos… ¡lucha con todas tus fuerzas y seremos inmortales!—.
Una lanza fue hacia el pecho del caballo y éste dio un ágil salto hacia atrás, reculando, y se puso de nuevo sobre dos patas, alzando sus anchos cascos para desviar la lanza, y arremetió contra el guerrero oscuro con la cabeza, se giró en el momento que otra punta de lanza iba hacia su cuerpo y Kerish le hizo girarse tirándole de la crin con la mano derecha y un toque de talón doble con el pie derecho, ante lo que el fabuloso corcel se apoyó en las patas delanteras, y dio dos coces seguidas en la cabeza al enemigo. Kerish a su vez rechazaba otra lanza que de cerca, le había hecho un corte en el brazo derecho, y giró la espada de vuelta hacia él, cortándole el cráneo por la izquierda al guerrero con yelmo de cuero negro, abriéndole la cabeza.
Flecha del Sol se giró solo otra vez, esquivando una lanza a tiempo, y cayó con los dos cascos delanteros sobre el escudero oscuro, plantándoselos en el pecho. Bajo su cuerpo, el hombre con yelmo de cuero negro en forma de pan de azúcar dio un grito que se ahogó en sangre, y el caballo pasó por encima de él con un salto, relinchando con valor al embestir a otro corcel con el pecho, derribándolos a él y a su jinete, un caballero negro de armadura ligera con el emblema carmesí del dios del mal en la coraza.
Surgió algo que Kerish nunca se hubiera esperado… una masa negra voló hacia él a gran velocidad, y apenas pudo identificar el carro de batalla que volaba tirado por una bestia dragónica que los empujó a él y a su corcel, desmontando al joven, que realmente se agarró a los arneses de hierro del carro por los que la bestia estaba sujeta. El pulso martilleaba en sus sienes mientras el que quiera que fuera el conductor del carro hacía girar a la bestia alada para tirar al joven guerrero. Éste no pudo identificar al auriga, y al descender altura y ver que el tejado de una casa estaba bajo sus pies, el bárbaro se soltó, antes de que el brillo verde en la mano del conductor del carro del dragón llegara a azotarle como el rayo que se perdió por encima de él en el aire.
Con una ligera acrobacia, un giro de lado en el aire mientras caía, dio casi de pie desde tres metros de altura sobre el tejado de madera y pajiza y rodó por él con el cuerpo hasta llegar al suelo de un salto, tras descolgarse.
Su pensamiento entonces, cuando se vio rodeado por los guardianes personales del caballero rojo, no fue encontrar la gloria en combate con sus hermanos de batalla y ser recordado como un héroe algún día.
Todos aquellos bárbaros se empitonaron contra sus enemigos porque les odiaban, porque habían venido a impartirles su culto maligno, y porque querían conquistar una tierra que había costado la sangre de sus ancestros, que era el lugar donde crecerían sus hijos, ahora muertos. De una parte del poblado, salió otro batallón de guerreros con la armadura rojiza, pero destacaba entre ellos uno que llevaba la armadura negra, y una espada llameante que parecía haber forjado el mismo Señor Demonio. Irradiaba una energía maligna, un halo oscuro… y el paladín oscuro giró la cabeza, cubierta por su terrible yelmo de cuernos hacia Kerish.
Todos los Cymyr gritaban mientras hacían trizas a sus oponentes, pero se aniquilaban mutuamente por momentos, sin saber de qué lado estaría la victoria. El caballero negro hizo brillar sus ojos en rojo, mirando al joven bárbaro, que rodeaban los paladines del caos. Luego, sonrió bajo la sombra de su yelmo, y tras él salieron varios hombres de estatura no muy alta, con la cara pintada de verde y unos harapos verdosos que les colgaban en pantalones raídos sobre botas negras. Llevando en sus manos espadas-hacha, una exótica mezcla macabra pues los mangos estaban formados de huesos humanos, los dientes de los lacayos brillaban puntiagudos, y sus ojos estaban inyectados en sangre, eran la visión de un inframundo aterrador.
—Que todos ellos mueran. No os divirtáis demasiado—.
Todos ellos corrieron a la orden del caballero de la espada negra contra los bárbaros, apoyando al resto de acorazados y guerreros con armaduras de cuero en la lucha. Bhalaak se internó en el círculo ajeno a la matanza mientras su legión de infernales daba cuenta del enemigo, y se apoyó en las guardas de su espada, cuya punta había clavado en el suelo. Miró con curiosidad a Kerish, que estaba con los músculos en tensión, como un león acorralado, y el caballero rojo sobre un enorme caballo negro desmontó.
Kerish dejó clavada su arma en el suelo. Era demasiado ligera para esas armaduras.
—Salvajes con la piel pintada. ¿Esto es todo lo que da Kymria?—rió un caballero, con la voz distorsionada por su condición sobrenatural. Bhalaak sonrió a medias. Los paladines del caos no le agradaban, eran una pandilla de prepotentes que habían olvidado los principios de la orden y se habían corrompido por la Marca de Arcán.
—¡Que te jodan! ¡Me pintaré la piel con tu sangre!—rugió el joven guerrero bárbaro, acorralado, mientras desenvainaba de la espalda la ancha hoja que le regalara su padre, pensando en darle el mejor uso de su vida. Alzó un poco más su espada, empuñada con la diestra, y sonrió mostrando los dientes con los ojos brillando de locura cuando profirió el gutural rugido que se parecía al de un león de las nieves.
Bastó eso de Kerish para que uno de los guerreros intentara segar su cabeza desde el flanco izquierdo, a traición. El joven esquivó agachándose y penetró la garganta del caótico con la punta de la espada de aquél jinete mujer al que partiera el cuello, y un fino pero generoso hilo de sangre salió de debajo del yelmo del caballero.
El chico lo miró con satisfacción, y el caballero del caos que antes le increpara blandió su espada con mango de puño y tres dedos hacia el cráneo de Kerish, pero para su sorpresa, el joven bárbaro se aproximó anteponiendo su espada en horizontal por encima de la cabeza usando ambas manos, abandonando la otra en el cuerpo de su anterior víctima, y deslizó el arma del contrario hasta casi la punta de su espada con el antebrazo izquierdo bajo el plano.
En menos de un segundo su pierna derecha pateó a su enemigo sobre la cintura de manera aplastante, derribándole, y su espada descendió desde lo alto partiéndole la cabeza al caballero de armadura roja con un mandoble, gritando.
—¡AAAARRH!—.
A su paso, el resto de los guerreros a la vista cerraron un círculo cada vez más estrecho en torno a él, rechazando a varios con golpes de plano, y los consiguió apartar, intentando llegar al flamante guerrero de armadura roja que parecía el caudillo. Kerish se agachó rodeado de enemigos acorazados y el cielo sobre él se tornó rojo al oscurecer, el fuego alrededor se alimentaba de cadáveres y derretía la nieve que había congelado sangre cálida minutos antes, su espada giró una vez y otra, rompiendo dedos, cegando a un caballero al deslizar un tajo letal sobre sus ojos, y aunque cayeran diez en total, seguían habiendo más y más. El joven salvaje estaba al límite de sus fuerzas.
Detuvo una espada que volvía a intentar partir su cabeza y realizó la misma maniobra de antes, deteniendo la hoja, con el antebrazo izquierdo bajo el plano del arma, y deslizó la espada del otro al mismo que le pateaba esta vez en el pecho, apartándole, y enarbolando su arma con ambas manos, le reventó la cabeza. En ese mismo momento se giró sobre sí mismo percibiendo a otro que venía por la derecha y se situaba a su espalda, Kerish había desarrollado lo que en otros lugares llamaban El ojo del Tigre, una habilidad para ver como ese animal vería todo a su alrededor, con la visión del cazador, y su espada se deslizó hacia la izquierda empuñada por las dos manos, la siniestra en el pomo para imprimir más fuerza, y detuvo el largo filo que iba hacia su cuello por la izquierda con un choque de metales, un tañido que resonó seguido de otro golpe al rechazar el arma, y fue que girando por encima de su cabeza la espada, el bárbaro quebró la de su enemigo acorazado a través de su casco.
—¡Cobarde!—escupió con desprecio, al tiempo que se daba la vuelta con el arma empuñada con ambas manos y uno de los filos ante él a la defensiva. El caballero más poderoso de todos hizo una señal y mandó a más caballeros rojos por él. Pronto, fueron cayendo los demás bárbaros que rompieron el cerco a su lado, y él mismo los vio morir, hasta que quedaron luchando como bestias heridas y furibundas dos más y él…
—¡Antes de que muera, vendréis muchos conmigo al Abismo! ¡Sangre y acero!—gritó el joven con los ojos llenos de furia, inyectados en sangre.
Los varios caballeros de rojo y sobre todo el caballero negro que estaba allí, se apartaron, dejando un pasillo al señor de la horda, el paladín consagrado de armadura bermeja, brillante como un espejo de acero, con las hombreras y otras partes de la armadura bordeadas en negro con filigranas y símbolos dorados. La enseña de su señor estaba en el cinturón de guerra, un enorme disco con una calavera cuyos ojos eran de serpiente, y el rojo cráneo presentaba a los lados las reales aletas de una cobra.
—Elige bien, y te convertirás un campeón entre éstos gusanos. Tendrás un dios al que adorar—dijo el imponente señor del mal.
Cuando el gran caballero estuvo cerca de los bárbaros que plantaban cara, con el fuego alrededor consumiéndolo todo, los tres guerreros salvajes se arrojaron contra el señor del mal.
El primero, de cabellos castaños y mirada oscura y rabiosa, giró sus dos hachas de doble filo cruzando los brazos, y luego los descruzó aproximándose al caballero rojo, pero éste apenas se retiró y las hojas de acero dieron en lo alto del pecho de su armadura, rebotando en el metal, y luego echó la mano a la cara del bárbaro, cogiéndosela mientras el otro nómada de cabellos oscuros intentaba herirle desde la derecha, saltando hacia él con un enorme martillo con el que pretendía hundirle la cabeza entre los hombros. La mano del señor del mal que sostenía al otro guerrero brilló en negro y luego explotó en gris, arrojando al bárbaro contra el que había saltado en la misma fracción de segundo, estrellando a uno contra otro en el aire. Los dos bárbaros estaban de espaldas en el suelo, el de las hachas sobre el del martillo a varios metros a la derecha, mientras Kerish corría por su contrario con un grito de guerra.
El paladín consagrado del caos saltó a dos metros por encima de Kerish, esquivándole, y descendió con la espada empuñada por ambas manos, el metal amoratado brilló en dorado y naranja, y una línea semejante a una muralla de fuego salió disparada a los dos Cymyr, lanzándoles lejos con el impacto del fuego mágico, y les abrasó la piel. Kerish se giró soltando la espada con una mano y usó la inercia para dirigir el golpe con la otra, la derecha, y atacar de revés de esta forma el cuello de su enemigo. Éste fue hábil en una parada alta usando las dos manos, y con la punta del arma hacia el cielo fue como detuvo con un chispeo casi de fuego el ataque del joven estepario.
Se miraron un único segundo, el paladín malvado, bajo la sombra del visor en “T” del yelmo que dejaba ver sólo sus ojos, pareció sonreír, y Kerish rugió sin aflojar su empuje pero algo le descolocó… en el panel dorado que nacía desde la guarda del arma había varias runas, pero en la guarda mismo, había una que se encendió en un rojo incandescente y luego se apagó, como si fuera alguna brasa. Entonces, el bárbaro empujó al caballero y éste aflojó su postura y su defensa echándose a un lado, haciendo que el mismo Kerish se desequilibrara y casi cayera al suelo, quedando sobre una rodilla.
—Me he hartado de jugar. Di a tus dioses en la Puerta Negra que Cartax Rilhummer no se ensucia con la sangre de un vulgar Kimmer. ¡Que venga Graisnak, el Verdugo!—dijo el paladín maligno de armadura roja, con tono serio, sin mofa. De entre los caballeros, apareció uno de armadura vieja y rechinante, pero que hedía a algo peor que la muerte, el color del metal que vestía era grisáceo y sin brillo, oxidado por todos lados, y portaba un escudo triangular cuya punta apoyaba en el suelo junto a una roca. El Verdugo tomaba su espada larga con ambas manos, una hoja corriente, con la guarda negra en forma de cuernos rectos que se doblaban como un codo, y el acero de la guarnición salía de un pequeño cráneo de platino con puntiagudos dientes. Su respiración parecía dificultosa, peor que asmática, y su casco cerrado con un visor de una línea presentaba unos cuernos que en los extremos se curvaban hacia los lados. Se le llamaba como rematador muchas veces, El Verdugo nunca tenía prisa por abandonar el campo de batalla mientras tuviera labor, pero además debía ser el ejecutor. Su apodo daba fe de su naturaleza, que hablando de esta, el hombre se movía como un ser levantado de una tumba, o que por el contrario, le restaba descansar en una.
Aquí terminaba todo.
Aun así, Kerish se giró hacia Cartax retirándose ante un tajo que hubiera cortado su cabeza por el cuello, y atacó desde abajo a los flancos de las rodillas del caballero más poderoso de la horda, de derecha a izquierda, y el paladín maligno se retiró con dolor en las piernas, su armadura allí era menor pero aunque abollada, le había protegido. El arma del Verdugo encontró suelo y no carne, cuando Kerish preparaba su golpe final sobre Cartax. Saltó hacia él alzando la espada ancha desde las alturas con ambas manos, y la descargó sobre la cabeza de su enemigo con un último esfuerzo, pero el caballero adelantó la mano izquierda a la defensiva alcanzando el pecho de Kerish emitiendo una luz negra y gris que brilló golpeándole como un puño, arrojándole al suelo… y la espada del Cymyr caía junto a la que arrebató a uno de sus enemigos, clavándose en la tierra.
Intentó levantarse de nuevo, rodando penosamente por el suelo, y Cartax hizo arder en rojo sus ojos, dándole dos tajos en la baja espalda con su arma, que dejaron al muchacho salvaje inmóvil en el suelo, con sangre saliendo de ambos cortes tras otro extraño chispeo. El cuerpo del muchacho tembló unos segundos, con los ojos abiertos, y luego los cerró cuando las convulsiones parecieron remitir.
Cartax miró su espada, girando la cabeza hacia la hoja negriza y morada, donde el ojo rojo que era una runa también, parecía latir con vida. No quiso hacer caso de la sensación que le había transmitido la runa, de que el bárbaro atacaría a sus piernas, pues Cartax era un guerrero orgulloso que se jactaba de su superioridad. Luego, sus ojos se dirigieron al joven guerrero caído.
—¿Has elegido bien?—.
Kerish notó que las voces de los que le rodeaban iban deformándose hasta que dejó de escucharlas… Su vista se enturbió del todo al intentar abrir de nuevo los párpados, y todo se apagó para él.
Los caballeros ya habían abandonado el campo de batalla, ningún hombre mujer o niño había sobrevivido, todos habían preferido luchar y morir antes que convertirse a la doctrina del terror que atentaba contra sus vidas, sus hogares, y que pedía la muerte de los infieles.
El hocico de un caballo dorado de crin roja, un belfo dorado, acarició la fría mejilla del joven que fuera su jinete. El animal se quedó allí con él, llorando lágrimas que no tenía, y se acurrucó al lado de Kerish. El gran dolor en la espalda de éste cesó. Hacía frío. Sus fugaces pensamientos eran lo único que tenía ese instante. Su invierno había anochecido para siempre.

Génesis Sangrienta (II).

•6 Marzo, 2008 • Dejar un comentario

Kerish corría por la espesa nieve, donde sus pies se hundían. Abría enormes surcos con sus zancadas fortalecidas por la emoción, las runas le habían dado el doble de fuerza ahora… la nieve para él ya era sólo una materia tan espesa como un charco de agua.
Corría y corría mientras se seguía acercando a sus tierras de color negro, pasando bajo los árboles del Bosque Muerto, bajando y subiendo por cuevas y pasadizos de hielo en la viva roca, y exhalando el caliente vapor de sus pulmones por la boca al igual que su voluminoso padre, bajo la arboleda de enormes pinos y abetos de la espesura, donde crecían moras silvestres.
Sus botas debían estar sufriendo lo suyo, jamás una persona había dado tanto uso de su calzado como ahora lo hacía el bárbaro. Llegaron a un río helado, y el joven recordaba cuando era niño. Jugaba a volar por el cielo como los halcones, resbalando con el pecho en el hielo del agua congelada. Pero él sabía que nunca podría alcanzar el cielo, era algo que los mortales jamás tendrían en sus manos hasta el día que fueran unos con el viento. Se deslizó de pecho por el río como hacía de crío y cruzó a la otra orilla, riendo, mientras su padre negaba y le regañaba, pasando por encima de las rocas sólidas que sobresalían de la superficie gélida que ya empezaba a murmurar y licuarse al ir viniendo la primavera. Veían los ciervos que le observaban desde su mimético escondite entre los árboles muertos y secos, temerosos y a la vez entusiasmados. Hacía un año más o menos que había vuelto a su pueblo de origen, y su progenitor y él habían partido en una misión suicida contra las fuerzas de la oscuridad aliadas con la tribu del Cuervo y los orcos que habían franqueado el paso arropados por los traidores. Y ni siquiera los Lobos se habían librado de la traición: Uno de los cinco guerreros había conspirado contra el resto. Pero ése estaba ajusticiado, sus otros dos compañeros, los hermanos gemelos que blandían lanzas y arrojaban hachas habían perecido contra una criatura de mito en un combate por el que serían recordados, y sólo quedaron dos bárbaros. Kerish, y su padre.
De la oscuridad, una silenciosa manada encabezada por un enorme lobo bípedo. El Warch al que llamaban Luto, la loba blanca que observaba al joven, y una joven loba que parecía ir a gruñir levantando un labio, mostrando sus caninos. Pero no hicieron nada. Alguien que había vencido al oso negro merecía respeto.
Los humanos siguieron caminando ajenos a esto. Pronto, junto a una enorme ladera de nieve tan sólo, estaba el puente natural de roca que pasaba el enorme barranco que llevaba al camino del oeste. Kerish se orientó al igual que su padre y hacia su derecha tenía el enorme y frondoso bosque de la estepa.
Corriendo por el sendero, que memorizó de pequeño por si se perdía o quería esconderse cuando le soltaron por la montaña con menos de doce años, pasó la noche con su padre, el aullido de los lobos, y las piezas de carne de conejo que asaban al fuego. Finalmente, a la mañana, encontraron el camino a su aldea. Si antes estaba emocionado por llegar a su patria, ahora esa emoción embriagaba a Kerish por completo. Recordaba cada curva, cada peldaño de antigua escalera de las ruinas, cada trozo de tierra del camino… y seguía inalterable. Divisaba unas enormes empalizadas que no recordaba tan gruesas pero ese detalle no era importante. Aunque su pueblo estaba lleno de gente en teoría pacífica, eran bravos guerreros que amaban su país y defendían sus aldeas hasta arrojando piedras, estaban nacidos para la lucha, y tarde o temprano, uno de ellos acababa matando a alguien de otra tribu en alguna contienda antes de los 16. Debían estar fortificándose ya que el caos se extendía hasta sus laderas y las estepas exteriores (no en vano, eran gentes del caos, pero el mal azotaba de vez en cuando aquellas tierras), o bien habían tomado medidas en Griskald, la tierra de los lobos, contra la amenaza que se cernía sobre ellos.
Caminaban padre e hijo alcanzando a ver una humareda. En esto, Kerish miró a su padre y se frotó la nuca, preguntándole: —¿Crees que se habrán enterado de lo que vinimos a contarles?—.
Su padre apretó la frente y las cejas, rascándose un poco el brazo en el que le hiriera un orco, las hierbas curativas habían cicatrizado su carne un 70% en muy poco tiempo.
—No lo sé. En esta semana y pico que llevamos fuera ha podido pasar de todo. Pero si se han fortificado y nosotros no hemos llegado y la tribu del Oso no ha enviado un mensajero…—le respondió Takkan.
Se acercaron más… eran humaredas múltiples, columnas de humo y se escuchaban voces que se asemejaban a gritos cuanto más se aproximaban.
Sonaban más desgarrados conforme tenían de frente la parte trasera de las empalizadas dobles, y Kerish vio los enormes muros de troncos afilados en el extremo brillar de una forma familiar, humeaban segundos después en llamas, se escucharon golpes y las puertas ante ellos quedaron caídas contra el suelo con un sordo estrépito. Un par de fuertes bárbaros yacían tumbados sobre en ellas, estaban destrozados, con los ojos mirando al vacío. Sus espaldas manchaban de sangre la pared de los destruidos muros de la aldea, y se escuchó el relincho de un caballo, o de varios más que no sonaron sobre los gritos.
Huellas de caballos y personas de bastante peso llegaban desde el otro lado del pueblo. Kerish rezaba por no encontrarse… algo que ya estaba sucediendo. Los dos guerreros salvajes entraron en la aldea portando sus armas, la mañana ya había amanecido plomiza, pero el suelo de nieve se había tornado rojo. Entre todo, los paladines del caos y hechiceros Styrganos, de la lejana isla de Styrgland (el baluarte del mal), estaban destruyendo su aldea, ahora un campo de sangre, terror y guerra. Las cabañas ardían en llamas con sus ocupantes fuera, clavados por lanzas en sus paredes. Los niños, atravesados por espadas ante sus ojos. Kerish veía a su padre luchando a su lado, como un león enfurecido, arrojar su ancha espada a un jinete que venía blandiendo una terrible alabarda.
El choque del metal ancho contra la cota de malla del cuello del jinete sonó terrible, la cabeza del hombre se echó hacia atrás, y cayó desmontado, con el cuello roto, escupiendo burbujas de sangre oscura a través del vental de anillas de hierro de su yelmo con cuernos. Takkan y Kerish corrieron hacia su choza y tiendas, contrarrestando espadas, y derribando guerreros de armadura ligera de cuero y malla que servían a la oscuridad, sin detenerse a rematarlos. En casa, encerrados, estaban los hermanos de Kerish y su madre, que abrió al padre del bárbaro al reconocer su voz, y ella salió entregándole la hermosa y terrible hacha que Takkan tenía por característica, cogiendo en la otra mano su cadena armada. En el pandemónium que se había liado, todo eran gritos, choques de metal, sangre, huesos rotos, nervios en el aire… era el aroma de la guerra.
Un jinete pasó junto a Kerish y le golpeó en la espalda con un mazo, derribándole, y el joven jadeó casi sin aire mientras los cascos del caballo por poco le aplastaban el brazo izquierdo.
De alguna parte salió un rayo verdoso, un hechicero arrojó de un lado a otro a un guerrero de aspecto nórdico, y lo estrelló contra la empalizada, cebándose con su terrible conjuro hasta que el bárbaro quedó casi sin aliento. Al cuerpo a cuerpo, no llegaría, pero la mejor manera de combatir a un hechicero era con su misma cobardía, desde la distancia, y así, el moribundo guerrero del consejo arrojó su hacha al hechicero, apuntando a su cabeza, y cuando el arma surcó el aire con una celeridad mortal, la hoja plateada se incrustó, fallando, en pecho el malvado, abriéndole la caja torácica. Sonriendo, murió Sven el Nórdico, uno de los mejores guerreros de Griskald.
Kerish entró en casa reteniendo a sus hermanos y a su madre, y se puso las armas que trajo del coliseo. Miró la espada de la familia, pero no quiso tocarla. Fue el primer trabajo de su padre con hierro, y no se creía merecedor de blandirla como cuando era un crío inconsciente, y sonrió a medias, recordando al guerrero oscuro cuya vida había destrozado dejándole a la altura de un pobre mendigo tullido en un pueblucho.
Afuera, mientras él salía cerrando la puerta, su padre giraba la cadena con el brazo izquierdo y se la arrojaba a otro jinete, enroscando sus eslabones con púas en torno a la muñeca derecha y el antebrazo, y lo desmontó del caballo con un tirón que se llevó parte del brazo. Luego de soltar el arma, tomó su hacha con ambas manos, y lo alzó por encima de su cabeza, partiendo en dos la cara del caballero con un grito de ira. A su espalda, se le enganchó el escudero del muerto, y le apuñaló tras el costado derecho, pero Takkan no moriría de una puñalada tan cobarde, y echó el brazo diestro hacia atrás, rodeando el cuello del traidor, y lo arrojó hacia delante de un tirón, aunque realmente no pretendía eso. El cuello del escudero oscuro, que apenas llevaba una armadura, crujió al separarse sus vértebras cervicales, y el bárbaro lo desdeñó hacia un lado como si fuera un muñeco de trapo.
Kerish trataba de llegar hacia él echándose a la carrera, viendo que le habían rodeado varios caballeros del caos, con sus armaduras rojas de rebordes negros brillando como un espejismo. Sus terribles ataques apenas tocaron a Takkan, que giraba su poderosa hacha rechazando espadas, en círculo, y se abrió camino entre sus enemigos, rotando sobre su propia situación, estirando los brazos que empuñaron el hacha hendiendo armaduras y rompiendo brazos, codos, y el torso del caballero que tenía a la derecha. Justo cuando estaba a mitad de camino, una explosión le hizo saltar por los aires dando una voltereta hacia delante sin manos, cayendo de espaldas, y apenas pudo girarse a tiempo para ver cómo lo que llamaba hogar era ahora una enorme llama de fuego.
Miró aturdido hacia Takkan, quien estaba batiéndose con el hacha a dos manos contra dos de los guerreros oscuros y tres caballeros malvados de armaduras rojas. El grito de su madre le atrajo más que el grito de guerra de su padre, y se levantó en carrera hacia su choza, echando la puerta abajo de un golpe de hombro. Kerish abrió los ojos hasta los topes y corrió por entre el humo, y la sacó de la cabaña, llevándola en brazos. Sus hermanos estaban bien, pero el terrible impacto de aquella bola de fuego había dejado malherida a Kiniri. La dejó moribunda en el suelo y ella abrió los ojos.
—¡Mamá! ¡Mamá!—jadearon los jóvenes, y el mayor de la familia continuó asistiéndola.
La esperanza le alentó durante unos segundos. Poco tardó en olvidarla.
Su madre no contestó, se limitó a intentar decir algo… y expiró, con los ojos entrecerrados. Vacuos de vida.

Génesis sangrienta.

•4 Marzo, 2008 • 2 comentarios

—¡Khôr!—.
Él se dio la vuelta y advirtió a la muchacha de ojos azules que estuvo mirando mientras los iniciados venían. Sus ojos de oscuro color castaño se entrecerraron, quedando más rasgados que de costumbre. Era tan bella… y con esa espada a la espalda, y la alta cola de pelo en su cabeza.
Le parecía la enviada de un dios para llevarle a su paraíso. Dejó de boquear como un bobo cuando ella estuvo más cerca, y desvió la mirada de los senos de suave curvatura que se mostraban en el escote de pieles que ella vestía.
—Yo soy Khôr, ¿qué quieres de mí?—.
—Soy tu prima Sunna, la hija de Gunan, hermano de tu padre. ¿Quieres venir a la fiesta para recibir a los iniciados? Empieza en un rato y me gustaría conocerte. Hasta hoy nunca nos hemos visto. ¡Tu padre dice que eres un trasto, pero que sueñas con ser un gran guerrero! ¡Quizá aprendas algo de los que ya lo son!—sonrió ella.
De nuevo le deslumbraba el encanto que ella rezumaba por todos los poros de su piel, el brillo de sus ojos, el dorado trigo de su cabellera y su sonrisa blanca y sincera.
Caminaron hasta llegar al límite de los campos, entrando en el recinto del pueblo, con sus chozas de madera, si bien algunos aún vivían en yurtas. Cada palabra de Sunna, pronunciada con ese tono suave y a la vez casi ronco (como es normal en las chicas que van desarrollándose), hacía que Khôr se sintiese como borracho. Se preguntaba una vez y otra, qué demonios le ocurría.
Sin más, se sentaron alrededor de la hoguera que brillaba bajo las pléyades, y tras una enorme mesa de tosca madera al frente de la hoguera, vieron a todos los iniciados y no iniciados. En la enorme mesa, los personajes más representativos de la tribu: Sharn Duhb, el líder, llamado el Águila, con su melena canosa y sus músculos prietos en sus brazos. Kroon el chamán-lobo, llamado el rojo, con sus pinturas rojas en la cabeza y la trenza de cabello castaño en lo alto, pues lo demás lo tenía afeitado.
Chruag ‘ Mornann, el chamán señor de los osos, tan alto y fuerte como uno. Takkan, el herrero, y finalmente Sven el nórdico, de ojos azules, con el liso y largo cabello rubio, su barba tenía largas trenzas que le caían por el pecho, y había sido aceptado por la tribu cuando era un crío.
Los iniciados iban avanzando hacia el fuego, y eran declarados guerreros. Qué sorpresa para Khôr cuando vio a su prima siendo nombrada guerrera a los 16 años. Los representantes de la aldea y la tribu dieron un breve discurso a los que serán iniciados dentro de un año, y dicho esto, se celebró una gran fiesta bárbara, tanto para jóvenes como para no tan jóvenes. Los iniciados eran premiados con collares hechos con dientes, y augurios tan buenos como amargos al haber la lectura en las runas que aprendices de chamán interpretaban. El joven Cymyr, cuya melena le caía larga por detrás y a los lados, y su flequillo quedaba recto a un dedo de las cejas, quedó dormido en los brazos de su prima, harto de fuerte aguamiel.

Pasaban los días y Khôr iba aprendiendo de Sunna y Rhys (su fortachón amigo de ojos azules) varios movimientos de combate, e iba creciendo una gran amistad entre Rhys y él. Aunque en la tribu habían tres hermanas que representaban a la diosa de la guerra, Qidara, y enseñaban lucha a los jóvenes, el bárbaro prefería el estilo poco depurado y salvaje del que alguna vez hacían gala sus dos amigos.
Al igual que un emotivo sentimiento en Khôr cuando se encontraba con su prima de vez en cuando, se iba inflamando una llama en su interior de la que no comprendía el significado. Así fue, como pasaron dos meses más.
La vida del joven bárbaro no era ni intensa ni monótona. Cualquier día, nublado como otro cualquiera, Rhys y Khôr quedaban tras la vista de las mujeres que se bañaban desnudas, y ambos reían como descosidos intentando que no se les escuchase, de nuevo ese extraño pasatiempo. Khôr, que contaba con casi 13 nevadas ya iba sintiendo ciertas cosas en sus carnes, y se decía a sí mismo que no se encontraba igual que cuando miraba a Sunna. Entendió que había llegado el momento que más ansiaba y que temía de la misma forma: se había enamorado.
Experimentaba una erección al ver los hermosos cuerpos desnudos de las muchachas de la tribu mientras se bañaban y veces había soñado que las raptaba al galope, sobre un hermoso y fuerte caballo (el potro que estaba domando ya más crecido). Poco después, amanecía con su rama dorada expulsando su savia, únicamente porque imaginaba el fibroso cuerpo de su prima sobre el suyo, viendo su cara en cada dueña de hermoso busto desnudo y par de piernas bien torneadas.
Rhys no tenía ese problema, pues ya contaba sus 22 años cumplidos y se veía con una muchacha de su edad, con los ojos de color del ámbar y una larga melena castaña clara, una joven absorbente que aplacaba sus ardores y alimentaba el fuego de sus pasiones.
La muchacha lo tenía encerrado en la yurta hasta bien pasada la noche y entrado el alba. Quizá eso explicase que ambos amigos se viesen cada vez menos.
“Ésa mujer me lo está absorbiendo como una sanguijuela”, gruñía el joven bárbaro siempre que lo iba a buscar y Rhys estaba ocupado dando calor a su amante, como si el pobre Rhys tuviera la culpa de ser humano.
El gigante le palmeaba el hombro derecho de nuevo otro día que se reunieron para espiar a las incautas del río, intentaba sacarlo de sus cavilaciones, y entrecerraba los grandes ojos azules al separar su mano de la túnica de pieles marrones que Khôr siempre llevaba.
—Deberías prepararte compadre. Hoy es el día—.
—¿Me he saltado mi cumpleaños?—susurraba Khôr, temiendo que las mujeres que se bañaban en el Río Cálido le escuchasen.
—Serás bobo. ¡El día de tu iniciación!—.
—Pero… oye, dijimos que ya me iniciaría cuando tuviese la edad. Aún no me toca—replicó a Rhys.
—Tú mismo me dijiste que serías el primero en iniciarse a la edad de 12 en tu generación, y que así te considerarían un adulto, y podrías casarte con…—.
Rhys no terminó la frase, porque Khôr le tapó la boca con la mano derecha.
—No la metas en esto. Podría estar cerca—susurró a Rhys, olfateando un olor dulce y muy próximo. Sunna salió de entre los matorrales secos y nevados, mirando a los dos amigos enarcando una ceja.
Sus ojos se dirigieron al fornido Rhys: —¿Casarse con quién?—.
—¡Ah! ¡Hablábamos de que Khôr no podría casarse nunca si no encontraba la mujer adecuada! ¿Verdad, compadre?— respondió Rhys sonriendo, “tapando” a su compañero mientras le rodeaba el cuerpo con un brazo, y con el otro le frotaba la parte superior de la cabeza con los nudillos. Los ojos azules de la bárbara de esbelto y fibroso físico rotaron hacia Khôr, restándole importancia al tema.
—Chicos, ya encontraréis a la mujer que os hará felices y os dará hijos fuertes… un siglo de estos.
¿De verdad te vas a iniciar, Lobito?—.
Khôr se molestó por la risa entre dientes de Rhys. Sunna había nombrado el significado de su nombre, de manera infantil. El cachorro de Lobo, o El Lobezno. Para ella, El Lobito.
—Bueno, eso de iniciarme… es que…—.
—¡Fantástico, si pasas la prueba serás considerado el más valiente de la tribu, serás un adulto y un guerrero, como yo!—.
De la emoción, Sunna no le había dejado ni terminar la frase. Khôr miró a Rhys de reojo, encogiéndose de hombros. Quería decírselo a Sunna. Que quería ser mayor y crecer pronto esos años que los diferenciaban para poder casarse con ella. Los amigos se despidieron y cada uno se fue a su respectiva casa. Antes de separarse, Rhys miró a Khôr con sus ojos azules como el cielo, tomándole el antebrazo, como se saludaban los guerreros de la tribu.
—Espero que pronto te conviertas en un guerrero, pequeño lobo. ¡Ojalá nos encontremos en el campo de batalla!—.
Khôr asintió, aunque algo confuso. Y luego, su amigo se marchó.
Toda una tarde estuvo meditando su decisión, pero una vez se dirigió a la choza del consejo, no había vuelta atrás. Atónitos, no se creían la petición del muchacho, pero muchos de ellos no eran demasiado mayores cuando fueron aceptados en el consejo tribal, y más de uno lo hizo porque tenía sus propios motivos. El lobezno que tenían delante no era diferente de ellos, y además, nació un final de invierno, en tiempo de guerra. Era una señal de los dioses.
—Vemos acero en tus palabras y fuego en tus ojos, pero aún no tienes la edad de un guerrero ni la de un adulto. Vas a dar un paso agigantado, tendrás que cambiar de niño a hombre tan rápido como aletea un pájaro. ¿Estás seguro de que es lo que quieres?—.
—Sí, Sharn Duhb, Águila de la Guerra…—respondió Khôr con determinación.
Sharn Duhb asintió e indicó con un ademán a Khôr que podía irse y le informaron de que el rito de la iniciación se tomaría en el momento, pues a excepción de la inesperada visita, ya habían ultimado los detalles.
Pasaron dos horas y el chico estaba muy nervioso, sentado sobre una roca. Sunna se había ido a Mirryal (el Gran Jefe de las tribus quería convertir aquél territorio en algo parecido a una ciudad fortificada) y no la había encontrado para despedirse, de Rhys no se sabía más que se despidió de su madre y su padre y partió a buscar fortuna por el mundo.
La madre de Rhys le dijo a Khôr que el joven Cymyr de ojos azules le mandaba un abrazo, y que pronto volverían a verse, quién sabe si en un campo de batalla. El joven salvaje sonrió.
Los tambores resonaban al hacerse de noche, y un chamán y otro pintaban de las más diversas formas a los que iban a iniciarse, el fuego bailaba al son de las muchachas y no ellas al son del fuego, se armaron todos con armas de hierro, acero y madera, divididos en dos filas, tras cuatro hogueras enormes, y en el centro del poblado, donde había un círculo de piedra que hacía las veces de anillo de lucha, tendría lugar un combate de uno contra uno. El que quedase malherido o derrotado debía esperar al año siguiente para iniciarse, o pelear con un oso a la mañana siguiente y ganarse así su honor. Los turnos iban apareciendo, y la adrenalina iba subiendo por los cuerpos de los que iban a iniciarse, descargas nerviosas que casi podían olerse.
Pronto llegó el turno de Khôr, que no contempló ningún combate. Asustado o no, estaba decidido: se convertiría en un guerrero, y se casaría con Sunna, yendo por ella a Mirryal en un caballo hermoso y fuerte, y la haría sentir todo su ardiente amor.
Lamentablemente, el duelo quedó a favor del joven contra su adversario y éste le atacó por la espalda, derribándolo. Khôr le hizo perder un ojo de un terrible golpe, y aunque demostró ganar, le dio la espalda a un herido. Ello no significaba que fuera cosa de vida o muerte, pero en el campo de batalla, nadie le protegería ni estaría luchando contra nadie de su pueblo en un simple rito. Así fue que, se hizo al camino para volver con la piel del que llamaban Jhumak, el oso negro. Un ser mágico y terrible que era temido por los bárbaros debido a su leyenda inmortal, ya que todo aquél que partía a buscarlo, o no volvía o llegaba casi en pedazos al pueblo.
El muchacho salió a buscarlo para contar una gran gesta que limpiase su honor, y desde entonces, nunca cometería el fallo de dar la espalda a un caído en un campo de batalla. Los Cymyr eran honorables cuando no luchaban, pero despiadados cuando tomaban una espada para guerrear.
Pasaron días llenos de peripecias y tuvo un fortuito encuentro con la bestia, o bien aquello estaba predestinado. La magia y la bestia contra la carne humana y la bestia en su interior.
Cuando lucharon, pasó algo que pudo haber sido el fin de su gesta. El joven bárbaro se abalanzó sobre la espalda del oso, y le dio varias cuchilladas con el mortal bronce, un arma de guarda nimia en forma recta y finos grabados célticos en la hoja. Corta para atacar cuerpo a cuerpo, el arma se hundía hasta la mitad en el corpachón de la bestia, pero aunque la espada se humedeciera roja, como una joven en su paso a la madurez, el animal no cesaba de batir sus brazos en el aire, de desgarrar los montes con sus gritos. El despiadado oso aprovechó para estrechar al joven salvaje entre sus brazos una vez se lo hubiera sacudido brutalmente, y abrió sus terribles mandíbulas para enterrar los dientes en su hombro izquierdo. El clima había calado los músculos del muchacho hasta tal punto que le fallaron sus manos, y la brillante espada de bronce cayó al suelo. Pero antes que la criatura (que tenía una especie de escamas como de piedra a la espalda y en lo alto del cráneo) pudiera darse el festín, el muchacho interpuso ambos brazos bajo el cuello del oso y empezó a estrangularlo, impidiéndole abatir a distancia las mandíbulas sobre su cuerpo.
El muchacho abría las mandíbulas del oso con sus manos, evitando que cerrase los dientes sobre su pescuezo a toda costa, recibiendo todavía un mortal abrazo que por momentos lo estrujaba más, en la pugna por la vida. Y la muerte.
El joven estepario mordió el cuello del oso con furia, un grito animal salió de entre sus dientes, de su boca, la cual se llenó de la sangre del fornido cuello del oso negro.
Ambos eran salvajes. Ambos eran animales. Ninguno daría tregua al otro. El oso crujió con un rugido los huesos del muchacho, y éste en respuesta, al ver que el oso no cedía y que era inevitable la muerte en su abrazo, sucumbió.
Un terror blanco le golpeó la frente, y tensó los músculos de todo su cuerpo, dando un grito salvaje, un alarido venido de una garganta infernal. Era el grito de guerra de su tribu.
El rostro bronceado de Sunna se le apareció, y sus ojos azules brillaron.
Las manos del joven bárbaro fueron a enterrar en ese momento sus dedos en los ojos del oso, retirándose de la mandíbula del terrible animal, y con el mismo bestial grito que un tigre o un león de los hielos, el muchacho pelirrojo pudo incluso llegar a notar una parte del cerebro animal. Una masa cálida aunque fría a la vez, y la bestia se convulsionó con un violento rugido, lanzando al joven por los aires como a un muñeco de trapo.
La víctima del oso estaba a merced de sus garras y sus potentes dientes, y el animal tanteó el cuerpo blando que aún desprendía vida. Con los ojos goteando sangre, la garganta del oso pareció sentir un espasmo, y algo habló por él, o quizá lo había hecho de verdad.
Carne—.
La bestia se inclinó para devorarle. ¿A cuántos jóvenes había devorado? ¿A cinco o seis en los últimos dos años? Y ahora tenía la carne que quería a su merced. Se inclinó despacio, sin preocuparse de los pelirrojos norteños que se habían escapado. Y el bestial hocico buscó la comida.
Pero la “comida” era malévolamente inteligente, y usó sus brazos para levantar el mentón del oso con los antebrazos, llegando luego a las manos, y haciendo presión contra la tráquea con los dedos. El oso fue cediendo al brutal adversario, que le crujía la tráquea con una mueca de inclemencia y sadismo…
Éste no era un hombre como a tantos que había matado. Era un lobo rabioso en el cuerpo de un hombre, la furia nublaba con un velo rojo su vista, y la bestia estaba perdiendo las fuerzas tanto por la sangre como por la asfixia. Finalmente, las zarpas del oso se cerraron sobre el cuerpo protegido por una túnica y una capa de pieles, pero le faltaba el aire, y el crío no cedía ya a su abrazo. Cuando el animal negro preparó un nuevo ataque de garras y mordisco, el joven bárbaro rodaba por la nieve zafándose, esquivándole, y se armó con una lanza. Corriendo tras la bestia, Khôr saltó sobre el oso, y le traspasó desde la espalda hasta el pecho con la lanza de bronce, profiriendo un grito de guerra.
La pesada bestia cayó con un lamento, un rugido de dolor… y el triunfante, el muchacho, se irguió sobre el oso.
Le sobrevino una corriente cálida y luego notó el frío. La furia se había ido, y su cuerpo se resentía, pero había derrotado a la bestia.
Y así hubiese sido, de no ser porque el oso se fingía muerto, o aún le quedaban fuerzas a su negro cuerpo, alzándose por última vez contra el joven, y ambos se engancharon con rabia animal cuando el Cymyr se giró, feroces ambos, locos de salvajismo, y rodaron por la larga pendiente nevada del monte, intercambiando gruñidos y algún mordisco al aire. Khôr solamente vio tinieblas. Y luego la conmoción.
¡Aquella bestia terrible se había librado de la muerte para llevárselo!
El oso, con el cuello atravesado por una lanza, y la espada incrustada a través de la boca, atravesando el cráneo del animal, yacía sobre el humano. Fue el momento que unos nórdicos de cabellos de rojo anaranjado encendido tomaron al joven inconsciente, habían admirado el duelo, y por él, podían sacar un precio a unos esclavistas.
Del tamaño de un tigre, el lobo rojo que era el espíritu de su tribu, de inteligentes ojos dorados, aulló y el viento llevó su voz hasta la estepa, donde un potro de pelaje dorado y crin roja piafaba y relinchaba como si le hubieran clavado un cuchillo… donde los padres de un niño ponían fin a su preocupación.
Sabían que su hijo no volvería a casa.

El bárbaro se despertó en una cantera de un lugar llamado Minas Chagör, quizá había dormido días. Sus comienzos de esclavo no fueron precisamente buenos. Él no tenía amo, no servía a nadie, y ello le trajo problemas hasta que se rebeló contra los enormes capataces. El Señor de Esclavos le recapturó y lo hizo encerrar en una jaula de transporte.
Le llevaron a un pequeño vado en una carretilla con jaula de hierro, y a través de los barrotes, le amarraron el cuello, la cintura, los brazos y las piernas con correas de cuero marrón, tachonado, y le inmovilizaron con bicheros, usando los garfios. Los ojos le enrojecieron de rabia, sobre todo cuando abrieron la jaula, y dos esclavos humanos de cabellos negros igual que sus barbas, amarraron algo que se cerró con un sonido metálico en torno a sus muñecas y antebrazos, así como le ajustaban más correas provenientes de los nuevos grilletes. Apenas podía mover los dedos de las manos.
—¡No! ¡Soltadme, cerdos! ¡Quitadme esto, quitádmelo!—gritó el joven estepario, revolviéndose dolorosamente en su jaula cuando notó que las pequeñas púas de los garfios se le clavaban y se sumaban a las heridas aún no del todo desaparecidas que le causó el oso. Aunque las había cicatrizado, le dolían todavía. Escuchó de nuevo ese clamor, ese jaleo aterrador, y empotraron la jaula abierta del carromato a un ventanuco en la pared de piedra negra y amoratada.
Retiraron los garfios, con hilillos de sangre en los pálidos brazos y muslos del joven. Se miró lo que tenía en las manos, y lo movió dentro de la jaula. Notó un filo que no quería acercarse al cuerpo por nada del mundo, y luego, delante de sí, vio que abrían una trampilla en la piedra.
Los otros seres gigantes, desde fuera, le cabreaban como a una bestia enjaulada, golpeando los barrotes planos que formaban cuadrados vacíos, y le daban algún otro golpe en los costados y las piernas con las varas de sus bicheros. Entonces, un silencio, luego un murmullo, y el animal rabioso con forma humana que estaba en la jaula, se decidió a salir por la extraña puerta.
Se encontró a unos rostros desconocidos tirados en el suelo arenoso por debajo de él, mientras caminaba atemorizado por una alta pasarela. Los negros muros manchados de sangre, la gente agonizando debajo de él, con heridas de muerte en el pecho, o armas clavadas en la espalda, le trajeron una visión familiar que no conocía del todo.
Alrededor, en las gradas de piedra, protegidas por altas vallas de bronce y roca, cientos de hombres y otros seres que coreaban como el canto de la muerte al recién llegado. El próximo en morir.
Khôr miró en derredor, con el escaso vello de sus brazos poniéndose de punta, al igual que sus descubiertos pezones se erizaron, presa del pavor y la excitación. El esbelto joven tenía el pecho a punto de estallar. Estaba asustado como un conejo rodeado por chacales.
De otro puente similar, pero menos alto y en el extremo opuesto, un hombre saltó entre el enloquecedor clamor. Era Aqueecha. Un guerrero allí abajo, con una especie de lanza-hacha manchada de sangre tanto como su brazal de escamas de metal, que le cubría el brazo derecho y el pectoral del mismo lado tan sólo, giraba el arma sobre su cabeza y la chocaba contra la espada larga de Aqueecha. Con una parada exitosa, el hombre saltó sobre el guerrero de la alabarda, con la piel oscura, y practicó una estocada hacia el centro de su pecho. Fallida por la agilidad presente del hombretón musculoso, Aqueecha quedó indefenso cuando el otro se situó a su izquierda, y le golpeó las costillas y el vientre con la vara del arma… luego, dejó caer la hoja contra el cuerpo del indefenso Aqueecha, que se hallaba postrado sobre sus rodillas, y le decapitó de un tajo.
Gritó el victorioso con voz ronca, y alzó su terrible alabarda, retando en lengua de batalla al joven bárbaro. Éste olvidó el miedo, la indecisión, y todo lo que había sucedido. Se miró los antebrazos, protegidos por una suerte de grilletes o brazales de acero, sobre los que, en la zona alta del antebrazo, estaban incrustadas unas cuchillas parecidas a dos garras de dragón.
Las hizo brillar y rechinar, deslizando una contra la otra, mostrando una feroz sonrisa a su adversario, y saltó a su encuentro, con las piernas flexionadas del todo. Tomó suelo como un león tras un salto, y el otro, un hombre de piel negra, con varias cicatrices por su cuerpo, ya fuera en espalda o piernas, agitaba su alabarda de derecha a izquierda, asestando una terrible batida hacia Khôr.
Éste se retrasó esquivando el golpe, y flanqueó a su enemigo por la izquierda, mientras el hombre negro, de cuyo casco de bronce sobresalía su melena negra, poblada y voluminosa, rugía descargando un golpe de incesante giro, emulando un tornado.
Cuando Khôr le vio no podía sino retroceder… el otro era muy ducho con la alabarda, y se diría que había dedicado su vida o parte, a luchar con ese tipo de arma. Cuando la punta de lanza de la alabarda le dibujó un surco rojo sobre la zona frontal de las costillas, el joven lanzó varios ataques rabiosos y descontrolados hacia su oponente, que con una risa cavernosa y molesta, los esquivaba y fintaba con golpes de vara a la espalda, hombros, y el vientre del bárbaro.
Con cada golpe, el chico estaba más furioso, y se sentía más impotente. Ese adversario era un guerrero increíble, y cuando apartó al joven con una calculada patada al pecho, pero aparatosa y sin elasticidad, se acercó desde su izquierda y le golpeó las costillas y el vientre con el mástil de la alabarda. Dejándole dolorido y sobre una rodilla; fue a descargar sobre el caído el golpe final a distancia segura con la hoja de hacha de su arma.
El joven nómada supo en ese momento que moriría, el corte a la cabeza. Pero cuando la hoja se abatió sobre él, Khôr rodó sobre su cuerpo con una voltereta rápida como el trueno, esquivando el ataque que sólo encontró arena.
¡Ahora no importaba nada que hubiera sido esclavo, o hijo de sus padres, no importaba nada más! ¡Debía mantenerse vivo, y la única manera que tenía de hacerlo era luchando!
Así que al levantarse, usó sus extrañas armas para dar un tajo al hombre de piel negra con la mano derecha tras la rodilla izquierda. El corte recorrió desde el flanco exterior de la rodilla y sajó el tendón de la pierna, dejando al dueño paralizado y tambaleándose por el dolor.
Luego, el negro alzó e hizo descender la media luna de acero contra la cabeza del muchacho, y éste la detuvo con sus cuchillas, rechazando el ataque enérgicamente, casi en cuclillas, agachado como un depredador, y clavó las puntas de sus armas el en hombro izquierdo que le mostraba su antagonista, desclavando con un sifoncillo de sangre.
—El tigre atrapa la luna—susurró un hombre con bigotes lacios al encapuchado maestro de los esclavos, que se sentaba a su lado. El otro, asintió con aprobación, disfrutando el combate.
—Haz una oferta. Te lo dejaré barato, Torii… aunque me ha costado tres guardianes inútiles—dijo Dkagn’kur con una risilla sardónica, acariciando a sus dos panteras, la negra y la blanca, que le flanqueaban en su asiento de piedra negra tallada.
En ese mismo instante, al derramamiento de sangre, los que veían la lucha alzaron el grito, un grito ensordecedor y aterrador que parecía hacer bullir su sangre y su estómago como si burbujease en su interior. El gigante de piel oscura, no obstante, no se dio por vencido por el cruel ataque sufrido, y usando ambas manos, golpeó al joven con la alabarda. Esta chocó contra las cuchillas de Khôr, que se había defendido de manera instintiva, pero elaborada, y con un terrible golpe desde abajo y arriba con sendas hojas en sus antebrazos, partió el palo del arma. El gigante negro le lanzó un puñetazo hacia la cara con la mano izquierda, tirándose sobre Khôr con un impulso fútil usando su arma rota. Y al esquivarlo echándose hacia la izquierda, las cuchillas del bárbaro se cruzaron juntas ante el cuello del hombre negro, deslizándose después los brazos hacia los lados con un enérgico y rabioso movimiento, seguido del ronco rugido de algo parecido a una pantera.
En el aleteo de una mosca, un gorgoteo nauseabundo y un surtidor rojo, y la cabeza del guerrero negro voló en lo que parecieron lentos segundos sobre la arena, hasta caer no demasiado lejos. La sangre le manchó el rostro y todo el cuerpo al blanco, y al contemplar las entrañas del enemigo muerto, que aún intentaba sujetarse la cabeza, tumbó el cadáver desapasionadamente con una pierna. El pequeño coliseo estalló en vítores y aplausos, y el chico bárbaro hizo sonar sus cuchillas de nuevo, al deslizarlas una contra otra, alzando los brazos con un grito de ira primitiva y atroz.
El sabor de la sangre en la boca, la saliva ácida y el amargo hedor de los adentros del muerto. Y el clamor. Ese clamor espasmódico que le hacía estremecerse entre la locura y el placer, como un orgasmo y menos fugaz aún. Era el sabor del triunfo.
—¡Ksssh… Ksssh!—, gritaban unos y otros, imitando el sonido de las hojas cortas que estaban insertadas en esa especie de guanteletes.
Y continuaron: —¡Krissssh! ¡Krissssh!— hasta que el sonido se hizo claramente audible.
—¡Ke-Rish! ¡Ke-Rish! ¡Ke-Rish!—coreaban todos, por último. Torii le miraba desde un palco burdo y tallado en roca, al lado del Señor de Esclavos.
Al victorioso le hicieron llover chorros de licores, monedas.
No tenía nombre humano que ellos pudieran saber. Y de saberlo, les importaba menos que el hombretón decapitado que yacía aún sangrando y que había matado a veintisiete esclavos de los más dotados de físico sin sudar apenas. Y el crío había sobrevivido, luchando de una manera tan despiadada como instintiva.
Los espíritus de los muertos estaban ahí para aclamarle mientras se iban a aullar al Abismo, tanto como aullaba la multitud.

Khôr había muerto ese día. Había nacido Kerish.

Génesis Sangrienta

Movilización.

•4 Marzo, 2008 • 1 comentario

Ninguna amante traicionera podía con Kerish. Tampoco los refinados y retorcidos métodos podían terminar con él. Ni la pena ni el dolor. Ni la vida ni la muerte. Yandros estaba más preocupado de otras cosas que del mortal, su antiguo amigo. Ya no podía fiarse de él, pues sabía que jugaría el papel que le correspondía a un equilibrio que él no quería derrotar, pero que sí derrotaría el poder del dios.
Su plan, su tesoro. Camelot…
Su hermano.
Decidió el espectro de la Campeona por el simple motivo de que no era una mujer, ni tenía sentimientos de ese tipo. Optó por la acción directa, matar…, y usar a una chica pequeña para descolocar al bárbaro, sólo que éste demostró ser más cabrón y desalmado de lo que el dios creía. No tenía compasión de los enemigos, ni de los extraños, ni tampoco de una niña.
¿Ianna estaba tras su pista? ¿Qué podía hacer para apartar a Kerish de todo esto?
El dios se concentró, y una pantalla apareció frente a su trono, algo giró en el aire, y fue a su mano derecha como por obra de telequinesia.
Era un tipo de lengüeta con varios botones y símbolos sobre ellos. Frente a él, la pantalla, con la estrella de siete puntas flotando etérea.
—Si tuviera ya a mi maldito dios de la guerra y la sangre, el símbolo me quedaría más bonito con ocho puntas—.
Apretó un botón del extraño chisme que tenía en la diestra, y la imagen cambió radicalmente. Los muros de Camelot, con unas raíces negras fantasmales corrompiéndolos por dentro. Los Camelotienses luchando. Pulsó otro botón, y las hordas de Akelas desaparecieron de los muros, para mostrar un camino antiguo que llevaba hacia el templo de Ianna. Un ser con una armadura aterradora, cuyos ojos rojos refulgían bajo la sombra de su yelmo, comandaba unas tropas ingentes. Todos guerreros del caos, que se iban dividiendo. Unos caminaban por el desierto, llegando al llamado Oasis de Nejeb. Otros, montaban puestos para descansar de la marcha a no más de un día de la Puerta de Ishtar, y cambiando nuevamente de imagen con uno de los botones del artilugio, el rasposo frío de Velaskialt por la noche, y el tipo de brazos anchos, armadura tenebrosa, y esos brillantes ojos demoníacos.
—¿Cómo va eso, Príncipe de las Tinieblas?—preguntó el dios. El ser se volvió hacia él como si estuviese allí para hablarle.
—Tal como vos lo teníais previsto, mi gran señor Yandros. Nejeb estará tomado pronto y sin problemas, hemos aniquilado a toda la población nómada. La puerta de Ishtar no se nos resistirá, sus habitantes os adorarán o morirán. Y las ruinas nos pertenecerán justo después de esta noche. El templo de Ianna será nuestro—.
—En cuestión de horas, como tenía planeado. Bien, bien. No dejéis que nadie llegue allí una vez lo toméis. Nadie. Nadie debe llegar a ninguno de los tres lugares de poder—.
—Así se hará, oh Supremo Dios del Caos—.
Yandros asintió complacido, y un objeto menudo y cilíndrico voló hacia él, por obra propia. Boqueó suavemente, y lo acogió entre los dientes, a un lado de la boca.
Cruzó una pierna por encima de otra, y pulsó otro de los interruptores del artilugio, la imagen cambió, y la pantalla espectral se tornó verde, llena de hombrecillos corriendo sobre corta hierba, brillante. Unos iban por entero vestidos de blanco y otros de azul con bandas granates, todos con pantalones cortos y camisetas de manga corta, y pugnaban por un objeto esférico, una pelota, pasándosela de unos a otros.
El cilindro marrón en la boca de Yandros (uno de esos caros cigarros puros) se incendió por el extremo contrario al que lo sujetaba con los dientes, y el dios le dio caladas, soltando humo por los lados de la boca.
—Me encanta que los planes salgan bien—.

1.000

•2 Marzo, 2008 • 8 comentarios

Espero seguir dándoos lo que gusta. Esto es una entrada “Off-topic” como suele decirse, en la que quiero agradeceros que me leáis. Eso significa que lo que hago es bueno y os mola leerlo. De paso aprovecho y os anuncio que la cuarta “playlist” ya está disponible, y os la pongo en cuarto lugar junto con las tres anteriores.
Gracias por hacerme pasar de las mil visitas.
Y no os dejéis mucho los ojos.

Y van más de 1.000!

“La Campeona”.

•28 Febrero, 2008 • 1 comentario

Galopando sin pausa, su corcel recorría la tierra por el camino que había decidido tomar desde hacía cosa de un mes de viaje. Al atardecer, todo tras él se convirtió en una nube de polvo. Desde lejos, el halcón que le seguía en vuelo admiraba el paisaje terroso y a ratos sembrado de verde, mientras los cascos del caballo dejaban su surco en el suelo. El halcón giró la cabeza un par de veces, como un autómata, y sus dorados ojos divisaron algo lejos de la frenética carrera.
Unas murallas, un reino, y una horda que lo rodeaba que debían quedar a horas de camino. El bárbaro iba a continuar, hasta que, al llegar a un llano tras la pendiente por la que cabalgaba a lomos de su bestia, una pantalla invisible los repelió a ambos. El caballo se partió la cerviz y murió en el acto, sin saberlo, en un choque destellante de chispas y rayos mágicos, mientras que el bárbaro había quedado atrapado con una pierna bajo su fallecido corcel.
El casco chispeaba, pero le había salvado.
—¿Qué demo…?—.
No tuvo tiempo ni de terminar la frase, un filo plateado se abatió desde el otro lado de su montura hacia el costado izquierdo de su cuerpo. El bárbaro tenía en una mano la espada de su madre, empuñada con la diestra, y a punto estuvo de no detener la hoja que se abatía contra su cuerpo. Tras rechazar el embiste, puso la pierna derecha en la silla de montar, encogiéndola doblada por la rodilla, y se impulsó, liberando la pierna diestra. Rodó por la hierba una vez, y se puso en guardia con la rodilla zurda en el suelo, empuñando el arma con dos manos por encima de su cabeza, la punta hacia su enemigo.
Sentía esa extraña sensación, ese calambre, en la espina dorsal. Magia. O algo peor. La pantalla casi invisible que había matado a su montura parecía contener cientos de rostros, como si fueran almas en pena, y uno muy grande con una suerte de cuernos, o corona (él no sabría decirlo) abriendo la gran boca llena de puntiagudos dientes. Se alejó de la visión espectral, y de nuevo, la sombra se precipitó sobre él.
El bárbaro detuvo una espada, y la rechazó empujando contra el cadáver del caballo. Un gemido, una vocecilla delicada, y vio a una niña de cabello castaño con los ojos azules y claros doliéndose por el golpe.
—¿Pero qué significa esto? ¿Qué tienes que ver con esta brujería?—le preguntó el bárbaro. La niña de unos diez años o doce, se incorporó, con una expresión fiera en el rostro que hizo que Kerish echara a reír. La cría tenía ovarios, desde luego.
—Tú no deberías existir. ¡Muere!—dijo ella.
—Suelta la espada… o te harás daño, niña—.
Ella gritó, y saltó hacia él con un mandoble desde lo alto, que chocó contra la elaborada defensa del salvaje. Una vez y otra, la niña fue atacándole a los costados, mientras el guerrero se defendía, deteniendo y fintando de un lado a otro. Un par de tajos, uno a la cabeza de la niña, y otro a su hombro izquierdo, rebotaron contra su acero. Ella tenía una defensa bastante buena, pero parecía un gnomo saltarín con una tradición demasiado marcial. La vestimenta azul oscuro y púrpura de ella brilló un instante tanto como el fulgor se reflejaba en las hojas de las armas de ambos. La pared emitió un leve titileo, y luego de eso, Kerish bajó la guardia. Este duelo era ridículo.
—Ya ha sido suficiente. No quiero hacerte daño, dame las respuestas que busco y no te pasará nada. ¿Quién eres, quién te envía?—asintió Kerish, con un gesto solemne. Era la primera vez que pedía tregua a un enemigo.
La niña gritó de nuevo, y se llenó de un espectral fuego fucsia, Kerish intentó echar mano a su espadón ancestral, pues había sabido que su arma podría acabar con la brujería, pero lejos de eso, detuvo el golpe a su cabeza con la espada de su madre, se agachó a altura de la niña, que parecía un hobbit que manejaba una espada larga como si fuera un espadón, y tomó la guarnición de su arma por las sobreguardas laterales, alejando el filo de su enemiga con la mano izquierda, hacia el mismo lado de ella, haciéndole un corte en la mejilla derecha.
La niña gritó otra vez, un chillido molesto, y el bárbaro agachado sobre una rodilla nuevamente, resistió un corte doble de giro hacia la derecha, el primero bajo, que hubiera dado en su hombro derecho, y el segundo, un falso golpe que apenas vio pasar de largo a sus ojos, y la niña dio un quiebro, haciendo descender la hoja sobre el joven adulto.
Kerish se impulsó hacia delante, el filo chocó contra su casco y rebotó, el halo fucsia le enloquecía con una sensación que le parecía nauseabunda, le hacía sudar, y le envilecía. La espada de la niña alcanzó con la primera cuarta la espalda cubierta por pieles del bárbaro, y éste, alzó a la niña por la cintura desde el suelo con dos brazos, con el casco hendido cayendo al suelo desprendiéndose de su cabeza. Al caer de nuevo la cría, sonó un crujido en su cuerpecillo, y la melena castaña se despeinó. Entonces, la cría antepuso la guarda de su arma y un filo contra la espada de Kerish. Forcejearon tres largos segundos, la niña debía tener una gran fuerza física para resistir así, o bien era la obra de alguna magia.
—¡Nooo…! ¡No debes existir!—gimoteó la niña.
—¡Eres tú quién no va a existir!—replicó el guerrero.
—¡No puedes… vivir, es tu destino!—continuó chillando la cría.
El bárbaro acabó cansándola, y desprovista de su fuerza unos segundos, Kerish la tomó del brazo derecho, dando un tirón para intentar desarmarla, pero ella no consintió, sus fuerzas volvían, y lo único que pudo hacer él fue la solución más dramática, cuando la roja furia se apoderaba de su cuerpo. Retorció la mano a la niña, poniéndosela tras la espalda, y le dio un empujón que la hizo clavarse su propia espada. Pateó tras sus dos piernecillas y ella cayó de espaldas a la hierba y la tierra, empalándose sola. Gritó, la sangre salió a raudales de su cuerpo así como su malévola esencia, y Kerish el bárbaro la levantó de la pechera y la arrojó contra el muro invisible, a medida que el grito se hacía más intenso y le dolía en los oídos. Puede que, por instinto, arrojara a Cidthork para atravesar el cuerpo de la maldita niña, o fuera porque su instinto sabía lo que sucedería: la hoja y punta pasaron de la barrera mágica, que se iba fragmentando como un espejo gigante al que disparasen pedradas, bañándose en sangre y en un hado rosado brillante. Una cadena se hizo visible en la distancia, que salía del brazo derecho de Kerish, e hizo estallar a la niña que estaba clavada en lo alto de esa muralla infranqueable y mágica, en la que mil almas lloraban con aullidos lastimeros al gritar el bárbaro, como si disparara desde su cuerpo una masa eléctrica de azul brillante. La gran cabeza masticó el cuerpo de la niña, y todo voló por los aires en un estallido celeste. Ya no había barrera, ni enemigo, ni magia.
Una mujer se apareció en un prado oscuro y negro, recogiendo lo que era suyo. La espada.
Luego, desapareció, y con ella la fugaz visión del reino de los muertos. Kerish jadeó ajeno a esto, recogió sus bártulos y comprobó que tenía el camino libre hacia el lugar más lejos, que era su paso obligado. La noche lo envolvía todo con su manto oscuro y las estrellas y la luna contemplaban la muerta ida de un ser formidable que yacía como pasto a los carroñeros, y otro que caminaba sin importarle nada un cadáver, que dejaba frío tendido en el yermo. No era su momento. Tenía el peso de sus propias acciones contra él, y a su favor. No podía morir ahora.
Se detuvo un segundo, pensando en el combate, morir matando. No era mucho mayor que la niña que se había cargado momentos antes la primera vez que luchó en su pueblo, era un cachorro y había saltado contra un jinete blandiendo la gran flamberga de su padre. La diferencia estaba en que él seguía luchando, y la criaja no, porque él vivía para ello. Se miró la mano derecha, y la cerró apretando los dedos en el puño, susurrando para sí mismo el sentido de su destino:
—Aquellos que viven son los que luchan—.
Cidthork había desaparecido. Realmente había sido toda una ayuda.
Kerish era un tipo con algunos miramientos, como guerrero creía en el honor, mas su forma de luchar era totalmente despiadada para cualquiera. No había tenido clemencia con la niña, porque cuando él era tan sólo un crío, el mundo no tuvo piedad con él. Tan sólo alguien así, según los de su olvidado pueblo, podría ser fuerte. No miró hacia atrás, ni tuvo la compasión de un entierro. Había crecido muy fuerte, y su gente estaría orgullosa de él cuando llegara el momento de la reunión.
De algún lado, un pequeño petirrojo salió aleteando con prisa, hacia la noche que el bárbaro dejaba atrás.
El verdadero sentido de su destino iba a revelarse muy pronto, y no podría luchar contra ello.

Tiempo de partir. Aparición en el prado.

•25 Febrero, 2008 • 2 comentarios

Una noche Isabeau estuvo observando al bárbaro “jugando” con su hermana adoptiva, la tigresa rubia. Y no se quedó demasiado a escuchar los gemidos de una pelirroja que yacía bajo el joven. Tampoco se quedó esta vez, esta noche, demasiado.
No había abandonado sus planes para convertirse en Princesa, cosa que lograría, pero lejos del hastío de planear y conspirar, y todo lo que conllevaba querer hacerse con el trono vampírico que cientos de naciones vampíricas y clanes se disputaban, se relajó en la lectura del libro de Nod.
Era una lectura interesante, no muy verosímil, pero a ella le gustaban los cuentos con algo de verdad. Era la historia de los vampiros, o al menos de aquellos que se esforzaban en tener una que poder creer. Sintió el olor cálido de los áridos yermos por los que sus antepasados deberían haber caminado descalzos y con pieles para cubrirse, los cuchillos de piedra o hueso que empuñaban, y noches hermosas con miles de estrellas plagando el cielo sin dolor para sus ojos. No en vano, por sus venas corría la sangre de un antediluviano.
Sus ojos grises y plateados como una niebla brillante relajaron sus pupilas al mirar la bóveda del mundo. Negra, con la luna, envejecida y sin dejar de ser joven y hermosa, muerta y sin sonrisa. El resto del manto oscuro parecía una vieja prenda que un día estuviera plagada de lentejuelas y el desgastador paso de los años hubiera hecho que algunos de sus brillantes hubieran caído, dejando grandes vacíos.
Se preguntó si todas las estrellas que quedaban morirían pronto o más tarde. Si le sucedería como a ellas, o siempre permanecería allí, como la luna. Por un momento una idea romántica acudió a su mente, y cabeceó sonriendo, despejándose la frente de negros y lacios cabellos.
Cerró el viejo libro de cuentos y lo dejó en el suelo, desperezándose como una gata, con un ronroneo, y se vistió, pues a solas, le encantaba su propia desnudez. Apagó las velas con un suave soplido. Todas. Se calzó sus botas negras, y se atusó coqueta sus cabellos, relamiéndose los rojos labios y los largos colmillos, blancos y brillantes.
Tenía hambre.

No muy lejos de allí, Kerish estaba en la oscuridad del Hall, últimamente muy vacío. Por ello no se habría extrañado nadie de ver a una joven y hermosa mujer de piel azulada y cabellos negros abrazarse nuevamente al bárbaro, buscando sus besos más ardientes tras dos días enteros de fornicio por el simple placer de hacerlo.
Él abrió mucho los ojos mirando los verdes iris de ella, y acarició su espesa melena brillante que terminaba en aros de metal, a los que había enroscado las puntas de su cabello.
El color celeste de su piel era extraño, pero no era una excusa para rechazarla. A Kerish le encantaba aquélla sensual joven que apenas iba vestida con un top de tela clara y que mostraba su liso vientre, y además, vestía un taparrabo como él, aunque a juego con su prenda. Extenuados, la hada, que así lo era, y el humano, se miraron.
—¿Una pausa para comer, Sora?—dijo él.
—Por mí, vale—le susurró ella, arañándole suavemente el pecho. Le dio un beso en los carnosos labios, y volvieron a enzarzarse en abrazos de piernas, a enredar dedos entre cabellos, y se regalaron durante una hora más el caliente fruto del éxtasis, con las pieles brillando de sudor.
Los norteños andaban en más asuntos que de costumbres, y la mayoría se había ido de saqueo para financiar el más grande. Así que seguirían estando solos en su nido de amor, y finalmente, reconocieron que tenían hambre, y que estaban cansados. Ella menos que él, por su condición sobrenatural, pero pocos hombres en el mundo hubieran soportado esas contínuas y exhaustivas sesiones de placer desbordante que la hicieron cansarse.
Kerish y ella recuperaron fuerzas, comiendo, mientras amanecía. Livy también había desaparecido, pero no era excusa para encontrar una nueva “chica”.
De hecho ésta hada pertenecía a otro mundo, había sido criada para dar placer, manejar encantamientos, y hasta la llegada de la nueva religión, se había usado seres de la especie de Sora para cansar a los guerreros que invadieran a otros lugares, y así dejarles sin fuerzas para luchar.
Él derramaba su aguamiel por los pechos suaves de ella, y bebía de sus carnosos pezones, comía de su mano, y volvía a beber. Sora encontraba confort entre los agresivos muslos del joven, e incluso ternura contra otra parte entre ellas, también agresiva, aunque un arco sin flechas.
Fueron días felices, conversaban un poco, comían, y vuelta al placer. En una de estas noches, él pasaba los labios por una de las puntiagudas orejas de la hada, apartándole los largos cabellos que debían llegarle hasta por detrás de las piernas, y Sora se le abrazó, rodeando su cuello.
Él le amasó las nalgas con deseo, encerrando su virilidad curva y venosa, incircuncisa, en una prisión confortable entre los muslos de ella. Las venas a flor de piel latían con fuerza, pero el roce era tierno, cariñoso, y el sexo masculino y grueso le sobresalía a ella con la punta por debajo de sus medias lunas traseras, duro algo brillante por lo resbaloso que estaba entre ambos.
Y si el roce hacía al cariño, debían quererse mucho. Él alucinaba con ella, desde luego, y sentía cariño, algo que con frecuencia no conseguía, o bien no podía dar.
Lo cierto es que todo había cambiado mucho para él, no se reconocía, y dejó de pensar en ello. Volvió a poseerla por todos los puntos del placer de su cuerpo, y a la mañana siguiente, él se hizo al camino, con un objeto que habíase tomado tiempo de fraguar, envuelto en telas y pieles. Había una boda a la que no podía faltar, y Sora le despidió con besos. El camino era largo, y necesitaba tiempo para llegar a Tol Galden.

¡Al camino!

Se puso un casco, una capa de pieles, y cubrió sus piernas con pantalones, echando al trote sobre un caballo, por los prados del sur de Tyrhavn y sus montes, aún algo nevados, erectos y gigantes como los pezones de las tetas de alguna titánide.
El verano estaba encima sobre el joven bárbaro un par de semanas después, con su inclemente sol hacia el sur, y las nieves quedaban lejanas como el mar del norte.
Debía de ser una hora pasada del medio día, él no sabría decirlo, y su caballo le llevaba a lento paso por un prado verdoso. Hacía poco relativamente que había florecido, y pequeñas colinas en lontananza parecían estáticas nubes sobre el suelo, que habían caído y oscurecido.
De pronto, aquél prado oscureció, el sol cayó, y hasta donde la vista alcanzaba todo se llenaba de una profundidad oscura y azul.

El mundo de las tinieblas

Las grises almas en pena vagaban por allí, rostros conocidos, y otros menos conocidos, y finalmente, encontró a su padre y a su madre, juntos. Y tras ellos, a una mujer hermosa y alta de cabellos níveos y a un hombre grande y fuerte con el cabello claro.
A ellos les conocía y no les conocía, pero el hombre grande con la barba negra y el cabello corto y canoso a cepillo, con los ojos pequeños y unas manos enormes, era su padre. Su madre, la de aspecto delicado y cabellos claros con unos ojos igual de oscuros.
Y no faltaba su abuelo, con su cabello y barbas blancos, vestido con pieles, y apoyado en un bastón-mandoble.
—Hola, hijo—dijo su madre, sin emoción alguna. Su padre asintió, y su abuelo le miraba, silencioso.
—Estáis muertos—susurró Kerish. Creyó que era un sueño. De alguna parte salieron su hermano y su hermana, ocultos por la oscuridad, pero sus rostros grises medio sonreían por verle. Un mastín estepario pasó por su lado, con un collar de argollas de acero de los que sobresalían clavos. Era su hermano animal. Una lágrima imperceptible salió de sus ojos y luego volvió a mirarlos a todos.
—¿He muerto? ¿Al fin puedo descansar con vosotros?—.
—No, pequeño mío. Traemos un mensaje—dijo su madre.
—Soy Akerión, y ella es Naraii—dijo el hombre de poderoso físico y cabellos largos que estaba cogido del brazo de la mujer albina, —Y también somos tus padres—.
Kerish no lo entendía, y les miró a todos, pero no podía moverse, salvo para hablar.
—Nuestro mensaje… tienes en tu interior el alma que puede salvar el mundo, pero que también puede destruirlo. Es la de nuestro hijo, que al nacer, fue salvado en alma por la hechicería de mi esposa, pues su poder debería permanecer oculto y a salvo por otro igual hasta el día de la Resurrección. Debes ser tú el salvador—dijo Akerión.
—Yo no soy el salvador que estáis buscando, tiene que haber alguien mejor. El verdadero salvador debe estar por llegar—.
El susurro del incrédulo bárbaro más bien parecía una excusa, estaba desesperado por ir con ellos. ¿Por qué no le aceptaban en el particular infierno de los bárbaros?
—Tu tarea no ha finalizado. Debes acabar lo que no pudimos nosotros, antes de que la Puerta Negra te reclame para siempre—.
El bárbaro rugió, y arrojó la espada bastarda de redondo pomo que tenía una inscripción en este, ya casi ni la utilizaba. Akerión, el padre del ser que Kerish protegía en el interior de su alma, permaneció impasible, y la mano diestra de la madre del joven Cymyr se alzó con un brillo frío, y rompió la espada de su hijo.
Kerish parpadeó perplejo, y su madre le entregó una espada del mismo tipo, pero con dos sobreguardas a los lados del arma, y el mango encordado en cuero. El pomo enroscado tenía un recto ojal y una argolla que colgaba con una cadena al brazo de la mujer. Él nunca la había visto blandir un arma.
—Esta es Cidthork, la segadora. La blandí de joven para derrotar a un Señor de la Fatalidad. Te servirá en tu viaje. Los Ancestros quieren ayudarte y por ello nos envían—le dijo su madre, y su padre le asintió, tan adusto como su abuelo, con sus últimas palabras.
—Sé fuerte y valiente, hijo mío—asintió su abuelo al mismo tiempo, era un gesto casi característico en los varones de su familia poner esa expresión sombría al bajar la cabeza.
—¡Pero ya os he vengado, quiero ir con vosotros!—protestó Kerish, con el corazón desgarrándose en su interior tanto como su grito, cualquiera lo habría considerado una impertinencia. Pero si ya no tenía más asuntos en este mundo y había cumplido con el odio y la venganza que forjaron su historia para el resto de los que le conocieron… ¿por qué él? ¿Por qué él de entre todos los mortales?
—Vive con honor y muere con gloria, hijo mío. Que tu coraje avergüence a los dioses de otras tierras y enorgullezca a los nuestros—.
Papá…
Entonces el caído Akerión, abrazando a su demoníaca consorte por la cintura, alzó un poderoso brazo con el puño cerrado, y algo tronó en el campo de los muertos.
—¡Gobiérnalos con fuerza! ¡La humanidad es tu legado, defiende tu reino y sálvalo de la destrucción!—.
La niebla se disipó, y aun en el cálido tiempo, un frío espectral recorrió cada poro de su piel, y tenía en la mano a Cidthork. La cadena que tenía bajo el mango se enroscó sola como una serpiente al brazo derecho del bárbaro, brilló en celeste y desapareció.
Se vio reflejado en la hoja de brillante acero grisazulado, y continuó su camino. Miró la fantástica Cidthork relucir y la blandió, era ligera, más de lo que parecía, y la guarda en media luna relució plateada, como el resto del arma. No había llegado aún su momento, ni la reunión con sus seres queridos en el tenebroso país de la muerte.
Pero pensando en las palabras de Akerión… si él debía gobernar el mundo de los humanos, ¿qué podía hacer un rey entonces por salvar su reino?

Decisiones.

•22 Febrero, 2008 • 2 comentarios

Akelas podría mantener su poder en el mundo de Terra, si llegara a abrir su último sello y hacerse con el cetro. Cada dios obtenía o concentraba su poder en un objeto, lo normal era hacerlo en una daga, una espada, una corona o un cetro. Aunque, los dioses del caos, apostaban por lo seguro, sus anillos.
Sin ellos, su condición era la de un mortal, pero en el plano terrestre, podían durar así un tiempo. La realidad terrestre drenaba sus fuerzas, reconduciéndolas a los vacíos del universo, y cuando volvían a su plano, dejando de ser ajenos a los mortales de este mundo, los poderes volvían a sus anillos y con ello a sus cuerpos. La magia de los dioses nunca era ilimitada, pero sí poderosa, y desde luego tenían enemigos mortales que podían aprovechar sus debilidades si se quedaban demasiado tiempo.
Ianna, o Inanna, era una diosa del bien, la luz, la fertilidad, y con ello, celestial. Lo cierto es que nadie sabía de dónde venía su poder, y normalmente, en antiguos templos, se relacionaba a Ishtar como su hermana, puesto que el dominio era el mismo, si bien la segunda podía ser su doble reencarnación, su avatar, o una diosa semejante. Lo cierto es que nadie lo sabía, los antiguos dioses estaban siendo olvidados por el oscuro y pesimista culto de la cruz, que a estas alturas, dejaba de entremezclarse con las creencias mágicas célticas de su mundo, y empezaba a sumirlo en la oscuridad de una era terrible que estaba por llegar.
Ianna lo sabía. Descendió varios días al inframundo, y tardó tres en renacer y volver al reino superior del cielo, tras haberse entrevistado con Ereshkigal y su hermano el dragón, incluso con su consorte, el poderoso Nergal, que fue un dios celestial que hubo de bajar a las profundidades por capricho de la oscura y violenta diosa que ahora era su esposa. Los antiguos dioses de luz u oscuridad no podían hacer gran cosa por ayudarla. Ianna estaba sola.
Visitó las profundidades del Orco, llamó a las celestiales puertas de los palacios de los ángeles, pero el tiempo de los antiguos dioses había finalizado. Era el momento del hombre y su costumbre.
Ianna mandó uno de sus ángeles a buscar a los candidatos más cualificados. Ninguno respondía a sus exigencias, por valerosos que fueren. No tenía un paladín que lucharía por ella. La nueva religión estaba echando abajo su mundo hasta los cimientos. Pronto sería olvidada, su poder se vaciaría de un estanque como el agua evaporándose al aire, y se marchitaría, languideciendo hasta no ser nada, tan sólo un recuerdo en una pared de piedra que en miles de años nadie volvería a ver, ni le importaría que ésta diosa amara a los mortales y luchara por su bienestar.
El verano no había terminado del todo, y el poder que se le había reducido a la diosa no había menguado aún, pues en otoño e invierno se veía debilitada por su descenso y su vuelta al mundo celestial.
No había esperanza, y el mundo estaría sumido en las tinieblas.
Pero él…”.
Los ojos de la diosa giraron entre tinieblas, estrellas y nubes, y fueron a la figura de un mortal. Hacía miles y miles de años desde que Adán fuera el primer rey, y que Seth le sucediera, seducido por la oscuridad, y Enós se convirtiera en una ciudad, la primera más grande de la humanidad, y se tomara erróneamente a Caín por el primer rey y fundador.
36.000 años desde que Satán dejara caer su espada y Miguel diera gloria a los palacios celestiales. Incontables siglos desde que se derrotara a la siniestra sierpe en el caos cosmos, y el gran hacedor diera la vida a una masa sin forma en la galaxia y poblaran en ella los mortales y las bestias sobre los huesos del dragón y el cuerpo de la madre.
Y nunca había vuelto a ver a nadie como él, los restos de un antiguo mundo que pervivían en la nueva era.
¿Debía confiar en él? Algunas veces había ayudado a su causa sin saberlo.
¿Debería eliminarle? Había hecho muy poderoso al caos y servido a su causa, sin saberlo.
Quizá él”, se dijo la diosa.

Invitación de boda.

•23 Enero, 2008 • 6 comentarios

La joven mujer le abrazó desde atrás, rodeando sus hombros, y olió el cabello de él. Kerish se giró y la miró.
—No digas bobadas. Bueno, todo el mundo se ha ido a dormir… ¿vienes?—continuó la pelirroja, mientras que él miraba hacia alguna parte, en la oscuridad. Finalmente, Kerish asintió, y caminó junto a ella hacia el Hall.
Una vez allí, y varias personas durmiendo en el suelo, en jergones improvisados o donde podían, el bárbaro y ella se quedaron junto a la fogata, aunque algo separados al principio, y luego sus cuerpos se sumaron en el suelo, sobre una alfombra de piel y bajo las que ella vestía por abrigo.
Él besó sus labios carnosos y la desnudó despacio, retirando las tiras de su vestido de liviano vestido negro de sus hombros, y los besó hasta llegar a los carnosos y dulces remates de sus pechos.
—Mmmh, estás deliciosa, Livy—sonrió él, ella enrojeció, y eso le agradó. Luego la hizo echarse boca arriba, se abrazaron, y se abandonaron a una silenciosa pasión entre suaves jadeos contenidos al amor del fuego que moría tanto como iba naciendo el sol en el norte.
A la mañana siguiente, ella se había ido, o puede que no anduviera muy lejos. En todo caso, Kerish se puso el taparrabo, la camiseta y las botas, y se unió a los otros norteños que comían en la gran mesa los animales recién cazados para desayunarse o los que quedaban de anoche, recalentados y no por ello menos deliciosos.
El Cymyr llenó un cuerno en aguamiel y vio que en frente tenía sentada a su hermana con su futuro marido, les sonrió y apoyó la frente sobre la mesa.
—Hola, hermano. ¿Qué te pasa, no has dormido?—le dijo Sailchuak.
—Qué va. Al menos no demasiado…—.
Kerish dio un bostezo tras su respuesta evasiva y volvió a erguirse, mirándoles para luego dar un sorbo a su cuerno.
—La chica con la que sueles verte estas noches, ¿eh?—susurró ella, mirándole de reojo, muy divertida por el leve rubor que él se esforzaba en ocultar.
Medb no estaba, ni Sigurdr, de modo que esa semana Sail iba a estar más que ocupada preparando su boda y encargándose de Tyrhavn hasta que sus padres adoptivos llegaran. Uladh estaba en paradero desconocido.
Sail alzó su mirada brillante y verdosa, alejándose los dorados cabellos de sobre su rostro, apoyando un codo en la mesa, y con la mano contraria a ese brazo, la izquierda, le dejó algo a Kerish para que lo cogiera. El bárbaro extendió su mano derecha y lo tomó, era una piel con un mensaje inscrito.
—¿Qué es, Sail?—.
—No lo sé—le respondió, —Pero ha llegado para ti hará un rato. Lo trajo alguien que decía que esto era del caos y blablabla… en fin, que le di los buenos días y viento fresco. Dijo que te diera ese papiro, que era importante—.
El cimerio lo extendió, desanudando una tira roja oscura, y leyó el mensaje.

Salud, Kerish.
Has sido invitado al enlace matrimonial de Sauron, señor oscuro y perteneciente a la Hermandad, e Ikoru, su hermosa y agraciada prometida, en la isla de Tol Galden, mi nuevo dominio.
La ceremonia tendrá lugar dentro de tres meses, finalizando el verano. ¡Asiste, amigo mío!
¡Chicos, no olvidéis la cerveza!

SAURON.”

—¿Qué es, qué pone, Kerish?—dijo Sailchuak asomándose al escrito, curiosa.
—Una invitación de boda…—susurró perplejo, —De mi amigo Sauron. ¡El muy granuja se casa!—.
—¿Sauron? Vaya nombre más raro, como si fuera uno de esos seres que vive en una torre y desde ahí lo contemplara todo con un gran ojo—rió ella.
Kerish la miró con los ojos entrecerrados y medio sonrió, enroscando el pergamino de piel.
—¿Piensas ir, hermanito?—.
—Sí, claro que sí—.
—Es que eso de ser un señor oscuro… no sé, ¿no es peligroso andar con esa gente?—.
—¡Es tan peligroso hacer de todo y no hacer nada…!—.
—Ahora se nos ha vuelto poético—ronroneó la joven, con sarcasmo, mirando hacia arriba y a la izquierda.
—Tú eres peor, sabes política—dijo él, y abandonó su asiento. Sailchuak entrecerró los ojos apretando las cejas, y se levantó de su mesa, reconociendo el insulto, pero su robusto prometido le tomó un brazo y la sentó de nuevo.
Ella le miró, asintiendo y suspiró.
—Ya, si me pusiera a discutir con él acabaríamos a hachazos y no quieres arriesgarte a quedar viudo antes de la boda—.
Sail le tomó el rostro de barbilla cuadrada al enorme joven moreno, y se besaron. Eran tiempos de felicidad para las parejas, aunque para otros, la única compañía lejos de la soledad fuera el silencio de las sombras, el efímero placer de una noche y el frío metal de una espada que empuñar.