Una nueva misión.

—Dejaremos esto para más tarde, ¿vale?—susurró la joven pelirroja.
Kerish miró de reojo a Shyan y ambos separaron sus armas el uno del otro ante la presencia de Crowley, el bibliotecario.
Éste, en su túnica blanca y con un abrigo quitapolvos marrón por encima, dejó el libro que leía quieto, en el aire, y un par de páginas se pasaron solas por una orden mental suya.
—¿Tienes algo, Crowley?—preguntó Drack.
—Parece ser que confirmo por una parte que… esto es un manual de instrucciones escrito en otro idioma y otros signos, que quizá sean coordenadas—respondió su interlocutor, sumergido en la lectura, —Sí, aquí dice cómo llevarla—.
—¿El qué?—preguntó Kerish, acercándose, pero el ángel caído bibliotecario con cabello de fuego azulado tomó el libro con sus manos y lo apartó como si fuera su más preciado tesoro.
—Arkadiamov—.
Las palabra abandonó la garganta de Drack por su boca y todos los que la escucharon, salvo el bárbaro, que no sabía a qué se referían, parecían aliviados de pronto.
Shyan envainó y asintió a Kerish.
—Se trata de un transporte de una civilización antigua y poderosa que llegó a dominar el mundo—.
—¿Atlantis?—.
—Es posible—se encogió ella de hombros, —Pero lo cierto es que los ingenieros provenían de muchos lugares, y en caso de necesidad, la Arkadiamov podía albergar una gran población del tamaño de un reino y posarse donde fuera—.
En ese momento, la memoria racial de Kerish se transportó a un accidente, en el cual, algo parecido sucedía con miles de personas… aunque él no había estado para vivirlo, aquel recuerdo se insertó en un microsegundo como una aguja en su cerebro.

Hace miles de años, en una fecha sin registrar.

La tormenta era poderosa en donde aquel pecio de metal y luces casi incandescentes que iluminaba con resplandor azulado la nieve, se había estrellado.
El viento soplaba inclemente, la escarcha hería las pieles no acostumbradas a este temporal, y aún podía escucharse una voz entre el incesante e hiriente susurro del viento. Aquel vehículo en el que habían llegado se estrelló con tal fuerza que desplazó en su aterrizaje de emergencia la negra sierra de unas montañas.
La voz volvió a gritar algo, ante aquellos expectantes pares de ojos que se arrebujaban bajo sus ponchos y capas, sujetando sofisticadas y futuristas armas, y llevaban también armaduras y espadas a la espalda.
—«¡No ha habido supervivientes!»—.
—«¿Quieres decir que toda nuestra flota ha sido aniquilada?»—.
—«¡Sí! ¡Coged lo indispensable, estableceremos un campamento provisional! ¡Si sucede algo, vendremos a refugiarnos en la nave! ¡Ya ha sido una suerte que estas montañas oscuras no nos destrozasen!»—.
La procesión de hombres y mujeres con uniformes grisáceos se tornó blanca.
Tuvieron suerte de tener ropas miméticas de abrigo. No tardaron en encontrar un valle que la nieve había sepultado, como si fuera la ola de un gigantesco mar blanco que se hubiera congelado. Transportaron la tecnología que pudieron utilizar para los quehaceres comunes.
Niños, hombres y mujeres habían pasado de un hogar tibio, hermoso y verde, a un terrible abismo gris de duras condiciones climatológicas que jamás habían sufrido en su mundo.
La guerra contra unos seres semimágicos y casi autómatas les había dejado a muchos sin hogar, sin familia, sin vidas que llevar. Los nativos del planeta del que los refugiados habían escapado ya habían sido hechos prisioneros.
En su mayoría, los malvados conquistadores a los que se habían enfrentado explotaban los recursos naturales de cada planeta que encontraban, aniquilaban razas o las cruzaban para obtener fieles y poderosos esclavos, y con la tecnología y el afán industrializador acabaron extinguiendo mundos y mundos.
El primero invadido y el último en ser conquistado, fue Askaya, la tierra de los Askkan, que además de guerreros en tiempo de necesidad eran amantes de la vida.
Habían escapado del imperio enemigo, y se encontraban en un paraje desolador, frío, pero al menos sabían domesticar caballos, cocinar la carne de los animales que mataban, y se acostumbraron pronto al nomadismo.
Aquella tierra fría e ingrata no daba demasiados frutos aunque su suelo fuera negro y fértil.
Pero aunque en principio los Askkan eran una raza débil, dependiente de la tecnología de sus conquistadores, pronto comenzaron a olvidarla para recordar a sus ancestros, sus tatuajes tribales, y conocían la forja de metales, que eran ricos y empezaban a encontrar en excavaciones para fabricar lanzas, hachas y espadas.
Pronto, surgió un gran imperio en el que se alzaron con sus nuevas armas, un imperio de torres negras que conquistó el antiguo mundo, primitivo y desfasado que habían encontrado. El primero de ellos y el más fuerte fue Bhandirla, llamado El Aniquilador.
Cuando llegaron a ese mundo, lo encontraron apenas poblado por otros humanos, y muy poblado por demonios con grandes poderes, que ellos mismos derrotaron y expulsaron a un plano al que simplemente llamaron, tanto ellos como sus enemigos, Abismo.
Los Askkan se convirtieron en un pueblo próspero, poderoso, y su sangre que era longeva les dotaba de poderosa constitución, aunque habían dejado atrás la posibilidad de una vida casi eterna en su mundo de origen (las aguas y plantas de Askaya dotaban de una casi ilimitada vida en años de duración, además de transformar sus cuerpos en máquinas perfectas), que olvidaron al igual que su nombre y sus costumbres.
Los dioses les habían abandonado allí, y ahora, ellos eran los dioses de su mundo.
La nueva vida que habían empezado les resultó cómoda, se entregaron a la pasión, al conocimiento, y a la guerra, con la que consiguieron frutos benéficos para su estabilidad en varias generaciones.
Pero al final, únicamente cuando vino una hecatombe y un gélido maremoto amenazó los grises cielos, los Askkan se juzgaron a sí mismos.
La nieve, el viento, las praderas, el sol, la luna, el agua… todo ello juzgó con justicia sus corrompidos corazones, de los que se arrepintieron tener, y se los arrancaron ellos mismos, maldiciéndose con un antiguo temor de su pueblo, la muerte en vida de sus almas, que vagarían en pena y envenenadas durante milenios, sin posible redención.
Lucharon antaño contra hermanos, hijos, amigos, padres…, y cuando bajo el hielo se hundió el imperio de las Torres de la Oscuridad, únicamente quedó un vestigio que a todos no les dio ganas de sumergir con ellos en el olvido:
En un altar, una hermosa espada de guardas doradas y de hoja ancha. El sable de un rey, acero endurecido con hierro dulce en la aleación con fragmentos minerales de un aerolito que cayó varios cientos de años antes en los glaciares.
Sobre las cenizas de una estrella, en el fuego negro de Sar, fue forjada. Enfriada después en la sangre del rey de las bestias: el león de las nieves.
Endurecida por su constitución especial, poderosa cuando la empuñaba un guerrero con fuerzas para blandirla, era el último resto de ellos que querían ver sumergido. Era su orgullo, la gran espada que había conquistado el nuevo y antiguo mundo en el que habían llegado desde las estrellas.
Los pocos supervivientes de la brutal y precipitada glaciación que consiguieron salvar su vida se dirigieron al nordeste, más allá de la gélida y terrible cordillera de hielo que nadie podría cruzar. Otros, se dirigieron hacia unos montes poderosos y negros que los contemplaban bajo el perpetuo invierno sin sol como dioses inmisericordes. Ambas razas que eran una sola, cambiaron, y no volvieron a llamarse Akkei (la Tribu del Dragón).
Todo ello yace ya en los murales bajo el hielo que los moribundos tallaron ante las tumbas de sus reyes, y las brumas de las eras han ofuscado la historia terrible, negra y triste de la ira y pena de un pueblo que vino desde el negro cielo para continuar luchando y olvidar sus orígenes por el bien de su mundo.
Nadie volvió a recordar esa espada, salvo en una olvidada y añeja leyenda sobre el guerrero prometido, el que salvaría el mundo, y podría volver a conquistarlo otra vez según una profecía. O podría destruirlo.

De vuelta al presente, y lejos de los recuerdos raciales que hacían que Kerish mirase al cielo y sintiera una añoranza profunda al mirar las estrellas en ocasiones, con la inexpicable sensación de que le hubieran negado algo, el bárbaro miró a Drack y echó aire despacio por la boca, en un suspiro.
—He venido de parte de Ianna, como ya sabrás. Tengo que recoger sus signos, que según ella guardas tú, así como la Piedra de Sangre—.
—No te la puedo entregar aún, estamos comprobando si otra que encontramos tiene las mismas características—.
—¿Para qué?—le interrogó el bárbaro, intrigado.
—Para activar Arkadiamov—.
Los ojos de Drack Gawain brillaron con un atisbo de emoción por una empresa considerada imposible, y Kerish reconoció en ellos y en los de los demás la necesidad que debía saciar la esperanza y la consecución de la búsqueda.
—¿Y para qué querrías tú llevarle los signos y la piedra, bárbaro? ¿Desde cuándo sirves al bien?—preguntó Shyan, intrigada.
Ella se había unido a Drack y compañía porque su interés iba en común con salvar el reino, y además, ella era ahora poseedora de un códice con grandes secretos arcanos gracias al cual había conseguido una gesta épica.
Por no decir que, además, Shyan Helven formaba parte de la Academia de Camelot, donde los talentos del reino entrenaban y mejoraban sus aptitudes tanto cognitivas como combativas y de invocación sea cual fuere.
No sabía que él había sido elegido para liberar los signos y destruir el Cetro de los Tiranos, pero eso era algo que el bárbaro no quería comentar. Era asunto suyo y en cuanto tomara la piedra, el resto sería pan comido.
O eso le parecía.
Kerish asintió y hasta entonces, espada en mano (no había envainado aún) mas enfundó y cabeceó ligeramente despejándose el rostro de los mechones de castaño cobrizo oscuros de su melena, algo más larga de lo acostumbrado.
—No lo comprenderías, Shyan. Sólo tengo que hacer este recado, nada más. Soy el hombre indicado para el trabajo y se acabó—.
—Pues lo dicho, no puedo darte la piedra aún, pero si quieres, puedes acompañarnos hasta que los científicos nos confirmen que la segunda que encontramos es igual—le aclaró Drack, invitándole a quedarse en compañía de los allí congregados.
El bárbaro sopesó sus opciones en un microsegundo y aceptó.
—Me quedo con vosotros hasta que puedas darme la Piedra de Sangre—.
Crowley caminó junto a Kerish, distraído con las páginas que pasaba.
—La misma marca, el mismo modelo… una nueva misión—.

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~ por KERISH en 19 febrero, 2010.

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