Un simple recado.

Si Kerish había entendido bien a Ianna, debía participar en el asunto transportando los signos especiales que tenía Drack Gawain en su poder.
En estos momentos tendría que estar encontrando el último en la ciudad del reino de Phelsya, en el norte frío, de donde además parecía proceder parte de la amenaza que se cernía contra Camelot.
Una vez tomadas las piedras para liberar el poder de la diosa, sería suficiente para ganar la guerra y todos le dejarían tranquilo.
Sería un simple recado.
“Si nada se interpone en mi camino, claro”.
Durante el amanecer y la tarde, caminó, y terminó dejando atrás un bosquecillo más y las blancas praderas para admirar las pirámides tras las colosales murallas de Phelsya.
El sol las hacía resplandecer como si fueran de oro o plata bruñidos, y además, al llegar a las puertas de los ciclópeos muros, fue detenido por una patrulla y sometido a un registro.
—¿De dónde vienes?—le preguntó uno de los guardias.
—De aquí al lado—medio sonrió el bárbaro, mirando hacia el lugar que dejó atrás en su caminata desde el templo abandonado.
Los hombres, ataviados con pantalones gruesos y armaduras de bronce con hombreras y petos elípticos y verticales, rieron de buena gana y el que parecía al mando se quitó el casco liso con patillas y cubrenucas de bronce oscurecido.
—¡Nadie viene de allí! Y menos tan armado—.
—Ya sabéis que no llevo más que lo puesto y mis armas. Soy un mercenario, y tengo palabra—.
—¡Sí, la del mejor postor! Eso es como no tenerla—negó el capitán de la guarnición.
—Escucha, Phelsyo—le advirtió el bárbaro con una mirada iracunda, —Vengo desde muy lejos, desde donde dije, y hace un par de días que no pruebo bocado y que no bebo un buen jarro de vino. ¡Ya has visto que no soy un brujo o algo peor! Dejadme pasar a la ciudad y saciar mi hambre, tengo asuntos que tratar y no pueden esperar por un puñado de nenazas con armadura—.
Los hombres allí reunidos eran al menos siete, y se enfurecieron al ser despreciados por tal comentario.
Uno de ellos, el más audaz o quizá el más idiota, se acercó al joven bárbaro despreciándole por no ser una montaña de músculos o un gran señor local con dinero y otras influencias, y estiró su mano para darle un golpetazo en el rostro.
—¡Calla, escoria extranjera!—.
Kerish antepuso un antebrazo girándose hacia él, pues estaba a su izquierda, y le envolvió con su extremidad diestra el golpe, se situó tras el Phelsyano, y con una celeridad increíble, le desenfundó la daga curvada de su cinturón y le apretó el filo contra la garganta.
Todos allí entonces se quedaron mudos y estáticos, ya no había risas, sino una tensión terrible por haberse equivocado con aquél joven.
—No me habéis dado una bienvenida cálida, ¡pero estoy dispuesto a cobrármela bañándome en la sangre caliente de éste idiota!—.
—Tranquilo, mercenario—asintió el capitán, mostrándole las manos desnudas, —Te ruego nos disculpes. Son tiempos difíciles—.
En ese momento, el bárbaro tenía el pecho y el vientre pegados a la espalda del guardia con cuya propia hoja amenazaba su gaznate, y viendo que nadie se atrevió a intervenir (quizá eran lentos y morirían contra él en un segundo o eran cuerdos en verdad), soltó a su rehén dándole un empujón con desprecio, dejando la daga caer al suelo.
Se esperaba ser traicionado y tener que desarmar a un imbécil a su espalda y rebanarle la frente con su propia espada, pero contra todo pronóstico, nadie hizo nada. El tipo de antes jadeaba casi meándose encima, cercano a la muerte, y el capitán hizo un gesto a otro de sus hombres, que le devolvió las armas a Kerish.
—Lamentamos haberte subestimado. Normalmente, las visitas de extranjeros nos traen problemas. Sólo quieren causan desorden o quedarse con nuestro reino. Hemos tenido varios golpes y unos dragones cadavéricos por poco destruyen Phelsya hasta los cimientos—.
Poniéndose el espadón a la espalda y enfundando la otra hoja y el martillo, el bárbaro se arregló la capa con capucha y se cruzó de brazos, aceptando la disculpa.
—Me han hablado de eso. Mis asuntos me traen aquí para evitar algo mayor—.
—No sé quién eres, extranjero—resopló el capitán, indicándole con ademán amable que le siguiera fuera de la habitación en la que se encontraban, de paneles de madera, —Pero veo verdad en tus palabras. Eres libre de pasar la guardia y acceder a la ciudad de nuestro reino—.
—Te lo agradezco. De paso, estoy buscando a otro extranjero, quizá lo has visto por aquí. Rubio, ojos azules, delgado y alto. Siempre va de negro y su arma es una espada esbelta de un filo—.
—Soy yo—.
Todos se giraron al escuchar la voz y encontraron allí a Drack Gawain, con sus pantalones de cuero sobre las botas de monta, y un chaleco sobre su camisa negra, además de la capa con hombros de pelliza como la oscura noche.
Entre todo eso, un rostro cuasi élfico, con el cabello rubio cayendo en suaves mechones dorados, resaltando la expresión inteligente y brillante de los ojos del que fuera precoz capitán de Camelot.
—¡Drack!—asintió Kerish, y caminó fuera de la barbacana de entrada a la ciudad donde la guardia hacía sus días y noches.
—Ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos, bárbaro. He escuchado que has combatido bastante últimamente—medio sonrió el joven Gawain, caminando al lado de Kerish, que a su vez, le miró de reojo.
—Lo dices como si echases de menos esas aventuras que compartimos—.
Drack rió de buena gana y se acarició las manos, una de ellas sin uno de los guantes de cuero, y entonces, empezó a nevar suavemente.
Las calles del reino estaban limpias por los caminos principales pero hacia los edificios, la nieve se agolpaba, escarchándose sin más pretensión que quedarse ahí hasta derretirse o ser retirada.
—Tengo…—empezó a decir el chico rubio vestido de negro, con la mano derecha sobre la empuñadura de su sable.
Se detuvieron tras llegar a otro edificio que había sido restaurado tras la devastación sufrida cuando lo de Skullkara, y Drack volvió a separar los finos labios de su boca para continuar la frase.
—Tengo aquello que buscas—.
No muy sorprendido, el bárbaro se frotó la barbilla y echó la mano contraria, la zurda, al cinturón.
—Te lo dijo Ianna, ¿no?—.
—Sí. Vayamos dentro antes que se nos enfríen las pelotas—dijo Drack, invitándole a pasar.
Una vez en el interior, Kerish encontró a varias personas en el ala de recepción, algunas caras eran conocidas del reino, y otras, no tanto.
Pero lo que no podía acertar a predecir es que encontraría dentro a la chica de ojos verdes y cabello rojo encendido que se la jugó alguna vez… y no desaprovechó la oportunidad tomando su cuello, torturando su piel cérea con los dedos, estrangulándola a una mano.
—¡Bruja!—.
—…O eso dicen… ¡Aghh!—jadeó ella, luchando contra la constricción férrea de aquella mano pálida, envolviéndola con las suyas e intentando apartarse.
El personal allí echó mano a las armas y se acercaron suavemente, pero un gesto de Drack acalló a la multitud, al tiempo que decía:
—Kerish, ¿te importaría soltar a Shyan?—.
—¡Ni en broma! ¡Es una traidora!—.
—¡Está con nosotros!—.
—¡Suéltame, maldito bárbaro!—pataleó la joven, y cuando Kerish tuvo el acerado filo del sable de Drack sobre el hombro derecho, fue aflojando la presión hasta liberar a Shyan.
Ésta se echó la mano al cuello, intentando aliviar el dolor que la sorpresa le había traído, y ya más controlada la situación, quiso echar mano a la wakizashi en su cadera, junto a la katana.
Desenfundó en una distancia tan corta que pudo haber sido mortal si Kerish no le hubiera puesto la planta del pie por delante, golpeándole la mano derecha y el mango del arma… en unos segundos, ella se retrasó y a él le dio tiempo de tomar la hoja bastarda tras el hombro izquierdo.
La vampira saltó hacia él con un tajo falso hacia la cara y descendió luego a su vientre, intentando flanquearle por el lado derecho para cortarle el vientre, pero el bárbaro giró su arma hacia diestra describiendo un semicírculo y cubrió el golpe.
Al unísono, el uno rondó al otro y Kerish embistió con el hombro derecho, empuñando ahora el arma con ambas manos desde la izquierda con una estocada al mismo tiempo, y Shyan se las vio mal para eludir una estocada que cubrió casi tres metros y pudo haberla ensartado.
La gente a su alrededor clamó por ella y, fiel a su público, dio una voltereta sobre sí misma hacia la izquierda convirtiéndose en una esfera humana perfecta…
¡Que sin embargo, se desensambló en el aire, tendiéndose boca abajo a la altura de la cabeza del bárbaro, deslizando su hoja curva y corta contra él!
En ese vibrante segundo, Kerish le dio la espalda mirándola por encima del hombro izquierdo, cruzando la hoja de su espada bárbara con la del montante ancestral, y la X de acero detuvo el arma de Shyan a medio camino, cuando ella se recuperaba cual felino tras un salto, deshaciendo la acrobacia con gracia felina.
Acto seguido, el guerrero de las estepas descargó el arma desde la izquierda hacia el lado contrario al empuñarla con una única mano, y el choque de metal contra el wakizashi de Shyan, que lo antepuso en defensa, sorprendió a todos con un chispeo espectacular.
Pudo detener el tajo a la altura del busto, sin duda, y avanzó cruzando la hoja desde siniestra para cortarle en lonchas el costado diestro al salvaje luchador que había sido su mejor rival, y también el más odiado, mas encontró una sorpresa que nunca había esperado de un guerrero cualquiera.
Con el mismo movimiento de antes, pero hacia la derecha, el filo de Kerish pasó contra el de Shyan levantando chispas diabólicas de fricción y le levantó el brazo armado usando el propio, dejándole abierta la defensa contra su torso femenino y le tomó el antebrazo derecho con la mano zurda, inmovilizándolo.
Antes del consiguiente golpe cuerpo a cuerpo con la guarda de la espada en el pómulo, Drack detuvo el ataque haciendo arder entre los pies de ambos contendientes una llama mágica.
A todo esto, una sombra de blanco abandonó el recinto interior de la biblioteca y encontró a Kerish y Shyan demasiado juntos, a Drack convocando la llama, y entonces, Crowley desvió del todo la mirada de un gran libro y exclamó:
—¡¿Pero qué todo es este jaleo?!—.

~ por KERISH en 11 febrero, 2010.

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