Viajando hacia Phelsya. Bendición guerrera.
Durante la noche, todo en las afueras frías y blancas de Phelshya permanecía inmutable.
Era como estar ante un mar de nieve que se asemejaba a las dunas del desierto como si estas hubieran viajado y se tornasen escarcha.
Los árboles negros y pelados extendían sus brazos hacia los vientos que rasgaban, y los montes, que quedaban cerca del reino de las pirámides del norte que extendían sus sombras, parecían ser negros.
De todas aquellas sombras, una única se movía por el paisaje, caminando por el desierto gélido, bajo la claridad plateada y fría pero a la par azul que lo bañaba todo en su camino.
Recordando una canción de su tierra que su madre entonaba como una letanía en el aire de la oscuridad reinante en días como hoy, cuando él era pequeño, también susurró la primera y corta estrofa para sí mismo.
Sin embargo, calló, dejando que como un susurro, le invadiera el recuerdo de aquello que las madres Cymyr les decían a sus hijos desde la cuna, cómo les alentaban a ser valientes, grandes guerreros, y cómo le mostraban a ellos, el fruto de sus entrañas, que el dios de la guerra les había bendecido con fuerza para matar y no necesitaban más.
No necesitaban más de los dioses ni de sí mismos. El dios de la guerra quería bravos y fuertes guerreros, no ofrendas ni rezos, y así les criaban, tal como a Kerish le habían criado. Ya no sólo era una canción para niños destinados a la barbarie y la guerra, sino que se trataba ahora de una bendición.
Era duro y sobrevivían pocos, pero si lo conseguías, no sólo serías un orgullo para ti mismo y para tu familia, sino que te convertías en el guerrero, tu dios se molestaría en mirar hacia ti en el campo de batalla y te enviaría enemigos que vencer para alcanzar la gloria. Digno y fuerte.
Por un momento, se le hinchó el pecho de orgullo, el orgullo que se había ganado con sangre, dolor y acero, y aceleró el paso bajando una cuesta por la que derrapó con los pies hasta encontrarse en otra planicie por la que continuó entre los árboles, llegando nuevamente a una zona clara bajo la luna abandonando la oscuridad que tenía a espaldas con cada pisada que daba.
No sólo la tonada acudió a su mente, sino también el recuerdo de los montes que habían quedado atrás al abandonar su tierra, mientras caminaba en silencio amparado por la noche de la que había venido, y por la que ahora viajaba con una relajada carrera.
Ik véla dûr…
Friú Snëi
«Corro… atravesando la fría nieve»
Véla dûr Snëi
In friú Luni-bêrt
«Corro por la nieve bajo la fría luz de la luna»
Ik féla Véktu
Mén Vêpns èn Reiku in mèn aärm
«Siento el peso de mi arma y la fuerza de mi brazo»
Reiki-rik…
Reiki-rik èr ik… vëidi
Vëidi av krod!
«Poderoso… nací bendecido con fuerza. ¡Soy poderoso, me ha bendecido el dios!»
Ik bèn Cyméryèn èn dis èr mén Morgh.
«Soy Cimerio y esas son mis montañas.»
El bárbaro aceleró el paso más aún y corrió hacia su siguiente destino.
