Una leyenda de tiempos remotos.
Un joven cuentacuentos celta, con sus pantalones de tela a cuadros y espada a la cintura, dejó una gran cartera de cuero sobre el suelo donde se sentaba con las piernas entrecruzadas, apoyando los codos en las rodillas separadas una de la otra, hacia los lados. Tomó varios papelotes, escritos en el antiguo y misterioso lenguaje Ogham y dirigió sus despiertos ojos a su público. Varios niños, ancianos y mujeres que durante el descanso en un asedio, necesitaban de distracción.
—A ver… aquí está. Supongo que querréis que empiece por el principio, de cuando los dioses vivían aún en el gran mundo de Terra, de antes de que estos tiempos oscuros fueran menos oscuros, de caballeros, damas bellas, ninfas, vampiros… y bárbaros. Es con uno de éstos últimos personajes con el que empieza nuestra historia… ¡En la edad dorada de lo que fuera vuestro reino!—.
Arriba, los vigías ejercían su puesto, a medida que la luna abandonaba más las nubes, y a la luz del amor de la pequeña fogata, la gente esperaba sanar su corazón. El vagabundo celta lo sabía, pero sólo estaba de paso, para contar cuentos. Podría irse mañana. Él ganaría algunas monedas. Ellos, algo que les hiciera olvidar esta noche la terrible realidad que les acechaba más allá de los muros.

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