Una búsqueda bárbara.

El dragón voló durante horas, y llegaron a una tierra árida, sobrevolando un gran ejército al anochecer. Al bárbaro no le causaba buena impresión. Cuando hacía ya más horas de esa visión, en mitad de la noche, con la luna en el opuesto del sol en el mundo, una construcción ruinosa aún permanecía en pie en lo alto de unos montes que parecían accesos a un puesto de guardia o defensa. La bestia se posó en el suelo, levantando una nube de tierra, y quedó quejumbrosa echada sobre el polvo. Kerish, receloso, saltó al suelo y miró el ambarino ojo del dragón.
Esperaba que le atacase, pero si era así, no sucedía nada. El dragón entonces, se tornó una figura menos reluciente, menos… viva.
Y de súbito, se resquebrajó y tomó el muerto color de la roca. Sus miembros, escamas, dientes y garras se desprendieron, se convirtieron en tierra, y desaparecieron con un calambre que hizo que al bárbaro le aumentara esa sensación extraña en la columna vertebral, ese hormigueo incómodo.
Alucinó, y una luz suave y pálida se presentó ante él, desapareciendo en la distancia como un fuego fatuo, alejándose hasta detrás de una zona rocosa y fría hasta la cual siguió el fenómeno, dejando atrás el dragón que no volvería a levantarse por nada.
Una vez el joven guerrero pasó por las colinas que le admiraban desde un lado como reyes en sus fúnebres asientos, notó el viento frío como si fuera la marea rompiente con el gemido entre los desgarrados picos de un rompeolas natural, pero la gelidez no atenazaba sus muslos desnudos, ya que estaba acostumbrado al clima extremo hasta cierto punto, y no cesaba en su deambular en una carrera ni lenta ni rápida, con las piernas ardiendo de una manera saludable.
Al llegar a una planicie, le sorprendió la visión de una pirámide, con la cima cubierta de nieve, como el resto del valle en el que se encontraba, pero más allá, existía un horizonte que consideraba infranqueable.
La luz brillaba allí, a la entrada de la pirámide, que parecía formada por varias formas de arquitectura que había visto dispersas por todo Terra.
Era una imagen indescriptible para un bárbaro, era colosal, hermosa, y con dos largos obeliscos que se alzaban hacia el cielo como dos falos de piedra clara tatuados.
El guerrero se adentró siguiendo el haz de luz, y penetró hasta una sala central, con la espada en una mano y el martillo en la otra, los músculos tensos y el cuello levemente inclinado hacia delante, como si fuera un león al acecho.
Era una sala circular en lugar de la interminable espiral de la pirámide característica, gigantesca, con tres enormes pilares tallados y una especie de losa triangular en el suelo rodeada por tres círculos, y uno concéntrico y rojizo de algún metal extraño brillaba cuando la luz aquella que había buscado se presentó ante él como una hermosa mujer blanca y brillante, apenas vestida y con el cabello hermoso y oscuro bajo una corona ceremonial muy antigua y ostentosa, mostrando el cetro de su poder.
La imagen que estaba viendo se repetía en varios murales, bien con dos hombres ofreciéndose y la diosa pisando un león, o bien daba la impresión literal de que era su montura.

Diosa

Diosa

Diosa

En algunas religiones se la conocía por Sophia. En otras, Danu. Para los templarios, era Baphomet, para el mundo civilizado, se presentaba como la hermosa Isis, quien quiera que fuera igual a Ishtar, pero en la antigüedad, antes de que los pueblos se dividieran y surgieran otros a su vez, todos la conocían como…

Ianna

Ianna

—¡Ianna!—jadeó el bárbaro, al verla aparecerse en la pirámide como la hermosa madre que era, esposa y hermana de la humanidad.
—Kerish… ha pasado mucho tiempo desde que me serviste por última vez—susurró ella. Él negó cuando la forma mortal de la diosa se hizo menos brillante debido al fulgor de su poder, que dañaba los ojos del mortal.

La diosa Ianna

Fue entonces que un enorme león del Atlas apareció en escena, y ella lo acarició, mirando los jeroglíficos a su espalda, dejando ver una brecha por la que entraba la luz del nuevo día en la cámara, y un paisaje nevado y desértico se veía extendido hacia una gran urbe.
—Sé lo que estás pensando, mortal. Que nunca me has servido. Pero dirías que tampoco has servido al Caos. Pese a todo, se te ha protegido—.
—¡Yo no sirvo a nadie! ¡No necesito tu protección! ¿A qué ha venido todo eso?—.
—Tu búsqueda no ha terminado—.
Se hizo un silencio entre los dos interlocutores. Kerish sintió que algo dentro de él se estremecía, y en base a ese sentimiento, Ianna aplacó su mirada inexpresiva por una sonrisa tierna y reconfortante. La humanidad de siempre, luchadora, desconfiada y orgullosa, seguía viva en el joven guerrero con el que volvió a entablar diálogo, con serenidad.
—Desde que descubriste el amor, a la fuerza, no te has podido evitar preguntar si vale la pena seguir luchando por algo. Si toda la sangre que has derramado ha valido la pena para lograr un mundo mejor. Así es, hijo mío. Ningún sacrificio es en vano, pero has sido conducido a este santuario por una razón muy vital—.
—¿A qué te refieres?—.
—Con tu venganza, deberías haber podido entrar en el eterno inframundo que se impuso a los tuyos como Abismo, pero no ha sido así y te has sentido hastiado, vacío, e incluso se te toma por un asesino de masas. Es cierto que posees la sangre poderosa que une en un guerrero los tiempos de la antigüedad y del presente. Has crecido demasiado rápido. Y ahora, él viene a por ti con todas sus fuerzas—.
Ianna se separó del león y acarició el rostro al bárbaro estupefacto, con ternura, y en las profundidades de aquellos ojos oscuros e inmisericordes, latía el corazón de un niño asustado que sólo quería vivir en paz. Pero también ardía el poderoso guerrero en que se había convertido, un luchador que ansiaba sangre y victoria tanto como el fondo de las mareas eyaculaba arena contra las caricias de su amante, la mar.
—Hace tiempo, alguien te concedió un poder que no querías, llevas la poderosa alma de un salvador cuya misión alguien se encargó de truncar desde un principio. Incluso, truncó tu destino para que el suyo y la salvación jamás llegasen al mundo. Pero tu fuerza, la fatalidad, y el deseo de la venganza han sido el fuego que ha alimentado la maquinaria de tu ser, y te has levantado en donde otros cayeron y quieren seguir. El Príncipe del Abismo, Kerish. Él quiere la destrucción del mundo y su poder, ¿y sabes qué? ¡Él pactó con otras fuerzas para llevarse tu alma y la del salvador, y Akelas te teme, pero es muy poderoso aún para desafiarle! ¡Si caes antes de destruir sus sellos y el cetro, su poder será mayor! ¡Y cuando mueras, que es por lo que te está buscando el caos desesperadamente, le proveerás de un poderoso ejército en la gran batalla al Príncipe del Abismo! Ni un mundo ni otro estarán a salvo si no haces nada—.
Kerish negó con la cabeza, pero era un gesto normal, asimilando que todo su destino era la muerte. No una muerte como guerrero, sino para alimentar el poder de un ser depravado que quería destruir el mundo. Era un peón, ¡todo este tiempo lo había sido!
—Supongo que ahora no tengo a donde ir, Ianna. Tanto si vivo como si muero, estoy jodido—suspiró él, lleno a partes iguales de furia y tristeza, y la diosa, sintiéndolo, le abrazó. Su abrazo le infundió nuevas energías, su cetro brilló sobre él, y se separó del mortal, haciendo brillar las runas en los pilares entre los que él se encontraba.
—No te sientas frustrado. Eres el humano más aguerrido de todo Terra, nadie que te ha hecho frente desmerece tu valor, y temen tu espada. Pero tu libertad es egoísmo. ¿Te quedarás cruzado de brazos mientras millones de inocentes sufren cosas peores que unos dragones asolando sus campos? ¡No te pido que adores al Orden o a cualquier otra entidad! ¡Sólo que elijas tu camino con tu corazón!—.
El joven guerrero jadeó, y pensó en muchas cosas… todo había sucedido tan rápido estos años…, y a su mente acudió la hermosa diosa de ojos rojos y cabello níveo. Aquélla que se llevó parte de él. También los pocos amigos que había hecho. Ellos, fuertes o no, no tenían que pagar su egoísmo si podía decidir poner su fuerza al servicio de una entidad que lo salvara todo.
—¿Lo tengo que hacer por huevos? ¿Estoy obligado por una fuerza superior o una hermandad de dioses chalados?—le preguntó a Ianna.
—Puedo enviarte de vuelta a donde desees, lejos de esto. Pero eres el Elegido, si has nacido y seguido vivo, y matado tanto… ha sido para esto. Si no salvas al bien, servirás al mal tanto si te unes a sus filas y cedes a tu oscuridad interior, como si no cedes. Ellos te encontrarán, y tu alma alimentará al Príncipe del Abismo, y será imparable. Sí, las vidas que has segado con tu espada han valido la pena. Ahora, tienes el poder de luchar y tomar el camino correcto. Un hombre puede marcar la diferencia, Kerish. ¿Qué vas a elegir, ahora que ha llegado el momento de la verdad?—.
El bárbaro miró hacia el suelo unos instantes. Luego, sus ojos se alzaron ante los de Ianna, a quien se confundía a menudo con Lilith, la insana esposa de Adán, el primer mortal nacido del barro de Yahvé (el dios-padre creador midráshico), la malinterpretación de la Diosa convertida en icono radical del hembrismo y que había tomado forma como todo aquello en lo que se cree con fe ciega, como en aquella imagen representada de Ianna con alas y pies de ave, adorada erróneamente como a la misma diosa madre de la humanidad, retorciendo la faceta maternal por una rebelde con un falso heroísmo y dominancia sobre hombres y bestias.

La diosa Ianna

Finalmente, el bárbaro asintió con decisión, y envainó sus armas, hinchando el pecho con orgullo y valentía.
— La humanidad es mi legado. Voy a luchar… por mi legado—.
Ianna lloró sin perder la sonrisa, al fin, la fuerza que lo pondría todo en equilibrio y evitaría el fin de la revelación pronosticado por sabios y poetas. Sin embargo, ello exigía el sacrificio de su héroe.
La diosa hizo llegar al bárbaro su cetro del poder, y éste se tornó una forma luminosa semejante a una espada que desapareció en el brazo derecho de Kerish, haciéndole brillar todo el cuerpo mientras la losa con los signos bajo sus pies se iluminaba del todo.
—Te lego pues mi cetro. Es una gran parte de mi poder que te ayudará en tu viaje. Ahora, parte a encontrar mis signos, Adalid. Encuentra el poder para destruir el Cetro de los Tiranos, y liberar el poder de la Espada de las Tinieblas, el Filo de la Oscuridad… una espada por el bien de todos. ¡Restablece el equilibrio y salva a Terra! Más allá de este templo debes hallar el primer transportador hacia el siguiente sello, en el reino de Phelsya. ¡Allí además hallarás al joven capitán con quien una vez uniste las fuerzas! ¡Es vital que te dé las piedras del poder!—.
—Lo haré, pero… si alguna vez te pido un favor, deberás cumplirlo sea cual sea—.
Ianna pareció enfadarse por el modo en que el rostro le cambió, pero después de unos segundos, lo pensó sin dudar.
—Está convenido. ¡Ahora date prisa, Elegido! ¡Terra no puede esperar!—.
Los pilares brillaron relampagueando, e iluminaron la estancia con fulgor cegador.
Unos instantes después, Kerish se hallaba de pie sobre otro signo semejante, pero sin reacción alguna, cerca relativamente de un bosque nevado. De nuevo, como cuando volvió a su tribu, sentía los ojos del lobo observarle desde alguna parte.

Los ojos del lobo

Al frente, las dos pirámides, y a su espalda, hacia donde se volvía, el lejano templo que era otro cono facetado, era un punto en la inmensidad de la lejanía, entre las montañas y los valles, hasta los cuales viajaba el vuelo de un águila.
Caminó hacia el frente alejándose de donde había llegado, con el viento meciendo la capa negra de viaje cuya capucha se había puesto con su tapabocas, mientras bajaba una pendiente al atardecer de bronce y ámbar.
Al fin, tenía claro su destino.

Ni un paso atrás

—No pienso dar ni un paso atrás—.

~ por KERISH en 7 Abril, 2008.

3 comentarios to “Una búsqueda bárbara.”

  1. Bueeeno, pues con esto, llegamos al final de la cuarta parte del Príncipe del Abismo. Tras esto voy a tomarme un buen descansito, ser productivo y parir cuatro “temporadas” desgasta lo suyo, ¿eh?
    Ya sabéis quién es Kerish, y por qué los malos van tras él. La cosa pinta chunga, pero al final, se decanta por ayudar a restablecer el equilibrio, es una de esas fuerzas necesarias para que la balanza pese justa las acciones del bien y el mal y sus consecuencias en el mundo.
    Espero que os haya gustado, creo que ha sido la parte que más palos ha tenido, ya que se basa en almas y espadas en sí misma, en el coraje de alguien que lucha por su supervivencia aferrado a sus armas, lo único en lo que puede confiar.
    Y bien, ahora que el pobre bárbaro cabronazo ha caído de la sartén al fuego, ¿qué le aguardará en su nueva búsqueda?

  2. Estaría bien, que para variar, pues no fuese siempre el super-héroe. Perdiese, pues incluso el mismo Conan perdió muchas veces. Que le capturen, que le rescaten, que tenga amigos, y no que esté solo. Pues sólo está condenado al fracaso.

  3. La cosa está en que no gana siempre, ha perdido mucho por el camino y ha ascendido del abismo de la barbarie en el campo de batalla a ser un héroe épico en el anochecer de su saga. De superhéroe tiene poco, no en vano en un párrafo Ianna reconoce en él la antigua humanidad, y es un ser con cuestiones muy existencialistas y humanas en un mundo fantástico, lo cual suele ser de agradecer. Le capturaron hace tiempo un par de veces, le rescataron otro par de veces, y tiene amigos. Pero la aventura de Kerish en el final hacia la última parte se basa en una búsqueda más personal e intimista como he dejado ver en las líneas, al fin ha descubierto para qué está preparado y debe hacerlo.
    Y debe hacerlo solo, cosa que no se sabe si le condenará al fracaso o no. Nadie puede afirmar esa sentencia.
    Lee las tres primeras partes, seas quien seas, y verás que todo lo que dices que falta ya está atrás. La entrada con la fecha más antigua es la primera.

    Sobre Conan: tampoco habrás leído mucho de él si dices que perdía muchas veces, más bien perdía pocas. Pero por favor, no blasfememos, Conan es harina de otro costal, y al igual que Kerish, lo que el cimmerio ganaba casi siempre se lo debía a su fuerza y habilidad con las armas además de su ingenio. Kerish no se parece a Conan en nada, y como dije, no vive en un posible mundo tras la caída de atlantis y antes de nuestra historia escrita, sino que vive en un mundo fantástico donde todo y nada convergen, donde lo imposible puede ser posible. De hecho, por eso hay magia…

    ¡Un saludo!

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