El Elegido.

El pequeño grupo de casas de los campesinos estaba en llamas, todo ello destruido. Algún tosido salía de alguna de las chozas en llamas que ardían vivamente en la isla, más allá de cuyo horizonte plano y herboso se veía el azul mar.
Largos dedos de una mano indefinible de ascuas y hollín flotaban hacia lo alto en el cielo, por un lado y por otro; la gente agonizaba en el suelo, otros estaban carbonizados en los lechos de muerte de los que apenas se habían movido una vez un viento levantara escamas negras de la piel, agrietada por la sequedad calcinada. Parecía que todo un ejército había arrasado el prado a su paso, que también relampagueaba en crepitantes olas de fuego ambarino consumiéndolo todo.
En la marea de destrucción, una imagen acudió a la mente de un hombre ajeno a esto, que castigaba a su montura pidiéndole un galope frenético para llegar a lo que en realidad, era la escena de un crimen, fuera racional o no. La cabalgadura surcó los pastos dorados abriendo un camino como una hoz en medio de un gran campo lleno de llamas que intoxicaban el aire y ensuciaban el cielo además de los pulmones.
El jinete llegó a este desolador paisaje, y aún pudo escucharse un grito.
—¡Socorro!—.
El bárbaro descabalgó en carrera cuando el corcel aún trotaba, sin darse cuenta que su dueño había abandonado su silla hasta pasados varios segundos, y trotó erráticamente, viendo cómo una de las casas incendiadas se derrumbaba a pedazos. Eran chozas rústicas de estilo céltico, con techado de pajiza.
La ventana por la que el guerrero había entrado con un salto como de pantera no era viable por el marco derrumbándose, y parte del techo ofuscándolo con el infernal ardor, y lo siguiente que sucedió fue que la puerta, con una modesta cerradura de latón, saltó en pedazos.
La voz era de un niño que pedía ayuda, el mismo niño que estaba en los brazos de Kerish, quien lo dejaba, sucio por el negro hollín de la quemadura, a distancia segura.
—No temas, salvaré a tu familia—dijo el guerrero salvaje, mirando al muchacho con unos ojos insondables y penetrantes. Ello le inspiró miedo y valor a la vez, se sentía tan confuso… ni sabía cómo había ocurrido todo tan deprisa. Lo siguiente que pudo articular fue un balbuceo que ni llegó a ser una palabra, cuando el joven hombre volvió a entrar, y abandonó el recinto con un hombre y una mujer cogidos por la cintura, envueltos por los brazos duros del extraño benefactor.
Una niña más se sumó a los tres, cuando él hubo de entrar nuevamente, y la casa se derrumbó. No sabía si ella estaba muerta o no, por asfixia o a saber qué, pero la dejó en el suelo igual que a los aturdidos padres, con delicadeza, y miró al único ser consciente. Al muchacho de ojos verdes y cabello pajizo, que no tendría más de ocho o nueve años.
—¿Quién ha sido?—le preguntó Kerish, viendo que había salvado a quien podía salvar, y el niño alzó la mirada más allá del bárbaro.
Durante un momento, no sucedió nada, y el guerrero estepario se preguntó por qué la mirada del chiquillo traspasaba la suya propia. Fue entonces cuando una sombra gigante cruzó el suelo en una curva, y Kerish entrecerró los ojos, volviéndose para mirar hacia las alturas. Un enorme dragón de dorado pálido viraba y se tomaba su tiempo para planear y sobrevolar las corrientes, así el humano de cabello oscuro con el brillo rojizo saltaba a la grupa de su bestia de transporte y la echaba a un salvaje galope nuevamente, siguiendo el curso del dragón.
Lejos, en la isla que en parte habían abandonado jinete y cabalgadura; el niño, el padre y la madre se convirtieron en polvo instantáneamente que la figura se perdiera en el horizonte durante el vuelo. La niña brilló en un haz blanco y puro, y emergió de ella la silueta semidesnuda de una mujer.
El fuego se extinguió, el campo sanó, y la aldea volvió a su estado normal, una parte de prado cualquiera… porque allí nunca había habido casa alguna o gente que poblara ese pedazo de tierra.
La mujer llevaba además una corona, una falda a bandas, y los pechos, casi descubiertos por debajo, se los cubría una suerte de collar compuesto y semicircular por la zona alta.
En sus brazos y tobillos desnudos, pulseras de muchos tipos que tintineaban como cascabeles de oro, como los pendientes que llevaba en su melena, nívea ante su propio poder.
Al fin te he encontrado”, pensó.
Sonrió mirando el cielo y cerró los ojos aspirando el aire, de nuevo limpio. La paz. La tranquilidad. Sin muerte, dolor ni sufrimiento. Se sentía tan en calma, aliviando una aparente tensión que podía haber advertido en su rostro cualquiera que la hubiese visto. Sus labios suaves y no demasiado carnosos se entreabrieron, su sobrenatural y hermosa voz dibujó un susurro en el lienzo del aire, y todo ello pareció haberla llenado de tranquilidad. La de haber acabado su búsqueda. La batalla entre el bien y el mal, las fuerzas de este mundo y el de las tinieblas, comenzaría al fin.
—Tú eres el Elegido—.

Aquella lagartija con alas no tardaría en reunirse con el otro que le había adelantado en vuelo. Muchos héroes habían pisado el mundo, pero pocos habrían sido tan valerosos o locos como para perseguir solos a un dragón y lucharlo.
El cimerio no obstante era un tipo obstinado, vengativo, y si los dragones eran considerados superiores, incluso entre aquellos que tenían inteligencia humana y podían comunicarse o realizar conjuros, no deberían abusar de los débiles. Ni de los que no les han ofendido.
Pero Kerish no miraba por eso.
Había visto antes esa escena, no perpetrada por dragones, pero parecía que allí a donde iba, la imagen de su pasado seguía acosándole con su terror y dolor. No, él no iba a defender a los débiles, ni lo hacía por fama, no abusaba de un valor que no tendría un hombre cuerdo.
Desde que había muerto Cartax a sus manos, se había sentido vacío, sin motivos para pelear, y con cosas como la que había sucedido, sentía el resurgir de sus fantasmas. No dejaría que el chico, incapaz de defenderse, sufriera lo mismo que él. Quizá así recuperaría una parte de su vida.
La carrera le llevó a un risco, y el dragón se dio cuenta de que le perseguía el jinete. La bestia tenía ventaja por su vuelo y viró con un giro dando un quiebro en el aire, yendo casi en vuelo rasante para engullirlos al caballo y a él.
Pero Kerish venía de una tribu de hombres de un mundo que ya se había sumido en la oscuridad y en las brumas de la leyenda, donde jineteaban luchando con arcos lo mismo que con armas, y se puso en pie sobre la silla del corcel manteniéndose los justos segundos en equilibrio, agachándose ante la boca enorme y llena de dientes de la bestia escamosa, desenvainó su cuchillo de ancha hoja, y dio un salto por encima del hocico del dragón cuando se cerraba su mandíbula, echándose hacia atrás y dejando que fuera en realidad la inercia la que hiciera el trabajo.
La hoja se clavó por la punta cerca de la espina dorsal del monstruo, que dio un chillido cuando notó el arma incrustada entre las escamas, que además, la ceñían entre los músculos.
Por norma, una protección natural como las escamas escondía una piel muy blanda, y enseguida brotó la sangre, que se disolvía en el frenético vuelo dejando un rastro por el aire tal, que parecía que de su cuerpo salía un hilo rojo y etéreo.
El dragón giró de nuevo sobre sí mismo imitando la rotación de un cilindro, describiendo un sacacorchos, y el bárbaro estuvo a punto de caer de no ser porque metió la mano entre las escamas aferrándose a entrañas, y con la contraria, la izquierda, empuñó contra la parte interior de la ala zurda del reptil monstruoso y alado que en ese momento de dolor, esputó llamas.
Cayeron unos segundos sobre el mar, y el dragón se alzó de nuevo aunque la hoja del cuchillo se había insertado junto con la mano en la otra herida formando una pinza.
Un chillido agudo y molesto que devino en ronco alertó al bárbaro, y el otro dragón apareció justo al lado derecho, retrasándose a propósito.
Kerish fue zarandeado por el ala izquierda del monstruo al que se agarraba tanto como a su vida en esos momentos en que caer al agua sería como golpearse a toda velocidad contra una carretera de cristal quebradizo, y vio que el segundo dragón tenía un brillo entre los dientes.
Abrió la boca, llena de dientes, y el guerrero salvaje soportó una llamarada que le pasó por encima, a punto de chamuscarle y convertirlo en un tizón.
De su cinturón, tomó el martillo regalo del rey de los enanos, usando su mano ensangrentada, y se impulsó con las piernas hacia delante, viendo que el dragón de detrás iba a dar una pasada con los dientes dando un mordisco preciso hacia la espalda de su congénere.
El dragón que sufría su tenacidad dio un fuerte aleteo superponiéndose al otro por unos cuatro metros, con la intención de sacudirse al humano, y lo consiguió. El cymyr flotó un instante por encima suya, y cuando bajó, el humano se situó sobre su cuello, que apenas podría abarcar con sus brazos extendidos formando el exagerado vacío de aro.
Los muslos se apretaron y las tibias se fijaron a un gruñido, en un segundo, en el cual el humano acuchilló la piel de la bestia incesantemente, a la par que le golpeaba con el martillo cerca de la testa en las heridas abiertas. La sangre le salpicó el rostro, las manos, los brazos, el torso, y el animal chilló como un pollo asustado al que estrangulaba una mano poderosa.
El compañero del dragón que ahora cesaba el vuelo bruscamente volvió a intentar el mordisco, pero para sujetar a su pareja por el lomo, cosa que aprovechó Kerish arrojándose hacia su cuello con los brazos extendidos.
Él entendió que quizá trataba de salvar a su igual, pero en realidad, era un mordisco dirigido hacia el medio cuello buscando devorar al pequeño cabrón que estaba destrozando a un congénere.
La bestia gritó por el error, y pareciendo horrorizado, soltó el bocado y el dragón herido fue a dar con las olas del mar. Su cuerpo restaría allí para siempre, en el olvido.
El humano se aferraba al cuello del dragón por la parte más fina, la superior, casi en la mandíbula, y como si lo estuviera jineteando, echó una pierna por encima y se situó tras sus cuernos broncíneos. La bestia a todo esto asimilaba la pérdida de su cónyuge (no se sabía quién era el macho y quién la hembra), y era el tiempo que había necesitado el pequeño humano para estar sobre su piel.
Intentó sacudirle con un cabeceo, recuperando el vuelo, pero Kerish le dio un martillazo en el lado derecho del cuello que aturdió al dragón de pálido áureo, y éste no pareció rebotarse, aunque hizo un nuevo intento tras algunos segundos más de vuelo.
Y nuevamente, martillazo.
—¡No sé si me entiendes, pero aquí soy yo quien manda! ¡No eres más que un lagarto gigante, y ahora me perteneces!—.
El dragón dio un largo rugido, furioso y dolorido, cuando el bárbaro envainó su cuchillo y le golpeó el otro lado del cuello usando a Masticahuesos. Quizá fuera la furia, o el poder del martillo, que el dragón se sintiera más que amenazado y sumiso. Pero en realidad, cualquiera lo achacaría a la mala leche de Kerish.
—Eso es…—sonrió, sin creérselo, —Vuela… vuela lejos, dragón. Llévame a tierra—.

~ por KERISH en 1 Abril, 2008.

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