Tres no son multitud.

Tras el encuentro con Cyllan esta tarde, Kerish se había sentido violento. Era como si estuviera predestinado que volvieran a verse, a tocarse y abrazarse. Por suerte para ambos, no se besaron. Cyllan aún le amaba, pero él, que no sabía esto, se había tomado el asunto como un escabroso tropiezo nacido de una desinteresada invitación al baile.
Siguió igual todo el día, apoyando la espalda y un pie allí donde podía quedarse solo, cruzándose de brazos. Sauron y su esposa Ikoru, Sargon (otro perteneciente a la Hermandad) y algunos personajes más desaparecieron hacia las dependencias privadas donde algo debían hablar en ágora. El bárbaro se quedó allí, mirando el jardín al anochecer, y un suave susurro en el viento que cambiaba de dirección le trajo el dulce aroma de una mujer. No podía ser otra cosa.
Giró el rostro hacia la derecha, y la vio allí, con el cabello blanquecino. Primero creyó que volvía a tratarse de Cyllan, pero un brillo tenue y argénteo, y el rostro, tan hermoso pero diferente y terrenal le sacó de la duda.
La chica llevaba el cabello con los mechones de sus flequillos cayendo a ambos lados de su rostro, pulcros y ahuecados con la raya al medio. Una sonrisa seductora y un tanto maliciosa se formó en sus labios carnosos y pintados de plateado. Estaba cruzada de brazos como él, y llevaba un vestido compuesto por un top granate que escotaba sin enseñar demasiado y se sujetaba a su cuello con una gargantilla negra, del mismo modo que un cinturón sujetaba la minifalda del mismo color con brechas a los dos lados bajo la que salían dos largas y hermosas piernas, hasta cuyas rodillas brillaban unas negras botas de tacón.
—¿Pasando un buen rato?—le dijo ella. Kerish medio sonrió y se encogió de hombros, tratando de parecer menos tenso. La chica le gustaba, toda ella era arrebatadora. Continuó hablando hasta que él se decidiera a romper su silencio.
—Es romántico. Ver el anochecer, ya sabes—insistió la joven.
—Hay quien lo considera melancólico—bufó el guerrero.
Ella sonrió por su comentario, y él la volvió a mirar de abajo a arriba.
—Estás muy guapa, Ghizelha—.
—¡Anda, si recuerdas mi nombre!—rió ella, sumándose a él, no haciendo esperar más su abrazo. Kerish frotó la nariz de ella con la de él, e irresistiblemente, se besaron. Un carnoso contacto que duró un par de lentos segundos, y Ghizelha le acarició la barbilla con un dedo, pasándole la uña.
—¿Qué tal está mi querido bárbaro?—.
—Tirando…—.
—Tirando, ya—repitió ella, y pasó las manos por el pecho de él sobre su camisa sin mangas, sensualmente. Kerish se sintió algo tenso, pero hizo acopio de su autocontrol. A sus 18 años, el joven bárbaro gozaba de una ardiente pasión tanto en el campo de batalla como en la cama, pero el suceso con la diosa le había acomplejado un poco sobre su situación, y en principio, se convencía de que no deseaba a Ghizelha y sus caricias, y que podía luchar contra su erección. Fue fácil creerse lo primero, pero las reacciones de su cuerpo eran inevitables.
Ella sonrió y le acarició los brazos, él tenía la piel más suave de lo que recordaba, y cuando salió la luna, ella le llevó hacia el salón.
—Ven, hay alguien que se alegrará de verte—le susurró ella.
Apenas quedaba algún borrachuzo que no podía con su cuerpo, había sido una fiesta de éxito. Junto a una de las chimeneas, donde le llevó Ghizelha, estaba la hermosa Mahra Dragonbane. A juzgar por su aspecto, la dragona había estado bebiendo como lo haría cualquier persona que quisiera ahogar sus penas.
Ghiz se sentó a un lado, el contrario de la mesa sobre la que Mahra bebía, y Kerish se apoyó con las manos, mirando a la dragona, que llevaba un vestido blanco con filos plateados, una falda larga que tenía dos brechas por entre las cuales caía una larga lengüeta de la misma tela. Un escote en rombo desde debajo de las clavículas bajaba hasta por debajo del ombligo de la dragona y terminaba en un pico del que emergían argénteos bordados que si no eran decorativos, bien podían ser runas.
Las sandalias de dedos al aire que llevaba le llegaban sujetas por cintas blancas bajo las hermosas rodillas que Kerish había contemplado alguna vez cuando habían tenido momentos de cariño.
—¡Ey, hola Mahra! ¿Qué te pasa?—le preguntó él, alegre por verla. Ella alzó la mirada y apoyó la barbilla sobre las manos, tenía el rostro entristecido.
—Hola, Kerish. Nada, él y yo… hemos acabado. ¿Qué tal estás? Me alegro de verte—.
Sus palabras sonaron como las de un autómata. Desapasionadas. Kerish miró a Ghizelha y ésta se encogió de hombros, poniendo una mueca cómica, como si hubiera tomado la elección equivocada al traerle.
—Lo lamento. Este… voy tirando—respondió él.
—Tirando, ya—dijo Mahra. Kerish miró a Ghizelha y luego a la dragona, parpadeando sin poder creérselo.
—No bebas tanto—le susurró él, con una sonrisa de lo más cordial.
—¿Por qué?—.
—Es malo para tu salud—.
—¿El qué?—.
—Yo—.
Kerish tomó la jarra de ella y la vació de un trago, engullendo la cerveza. Mahra le miró con los ojos entrecerrados, enfurecida, y Kerish y Ghiz rieron. Tras muchas cervezas más, pasada la media noche, los tres estaban más animados.
—¿Sabes?—suspiró Mahra, más calmada, —Creí que habría un futuro para nosotros. Cuando… el día que te lo dije, lo sentí por ti, pero las personas se enamoran, Kerish. Es cosa de dos. Ahora es de nadie. Estoy sola… Por lo menos tú estás aquí—.
—Ella también está aquí, ¿verdad Ghiz?—asintió Kerish mientras rellenaba la jarra en un barril adyacente, y la joven que le sacaba unos años estiraba la pierna en la mesa, sumándola a la nalga izquierda del Cimerio cuando éste se sentaba en el borde. Él la miró y recorrió su pierna, al mismo que la joven le sonreía, bebiendo también un jarro de birra que sostenía con la mano contraria a la que acariciaba el brazo izquierdo de Kerish, la derecha. Mahra robó el gran vaso del bárbaro aproximándose a él, aprovechando la evasión.
—¡Mía!—.
El Cimerio parpadeó perplejo, y algo le hizo recordar. Mahra, con su cabello negro, hermoso, su rostro alegre, su sonrisa, y las caricias que a él le daba con ternura cuando Kerish tenía la cabeza en sus piernas, como un cachorro. Nunca había podido compensar eso, y era momento de hacerlo, pensó.
No, no pensó, actuó, rodeando la cintura de ella y la de Ghizelha, acariciándolas. Sus ojos fueron de una belleza a otra, pasó una mejilla por el lado izquierdo de Mahra, mientras su mano izquierda bajaba por la rabadilla de Ghiz.
Ella, aunque muchos no lo supieran, era una gárgola, pero lejos de ser fría piedra, ardía con esas caricias. Él se abandonó a lo que deseaba, a un placer que dividir sin ser dividido. Ghizelha metió las manos en el pantalón de Kerish, bajo el fajín rojo brillante, y acarició su masculinidad recorriéndola con la palma de la mano y los dedos, boqueando, al mismo que él besaba a Mahra, inspirado además del cariño que sentía por la dolida joven mujer como por el placer que le hacía sentir la otra. Él nunca había sabido consolar, pero estaba haciendo el mejor intento.
La dragona pensó en rechazarle, en alejarse sola y sumirse en la depresión, pero quizá los besos de él la hicieron abandonar esa idea, y le abrazó, acariciando su pecho por encima de la ropa, al mismo tiempo que él disfrutaba de la suave piel de la pierna de Ghizelha que estaba sobre la mesa.
—¿Pero podrías con las dos?—dijo Mahra, puede que asombrada o no convencida.
—Soy Kerish. Puedo con lo que sea o moriré intentándolo—sonrió él, asintiendo con seguridad.
—Intentar no. Demuestra…—le azuzó Ghizelha, riéndose.
Sus bocas se juntaron, ronronearon en un contacto prieto y carnoso, con lúbricas caricias de lengua sobre lengua, y luego, los labios de él dedicaron un beso a la gárgola, que insistía sobre su arco hinchado y palpitante envolviéndolo con la mano, y el joven estrechó a ambas mujeres contra él con lujuria apasionada. Las dos le querían. Él quería a las dos.
No se guardaron nada.
A la mañana siguiente, el sol estaba en lo alto y hacía calor. Ghizelha disfrutaba de un baño en una cascada, sola, enrojeciendo levemente su rostro al recordar el episodio de anoche.
No era la primera vez que había hecho algo con Kerish, pero nunca se había dado esa circunstancia extraña como la de ayer.
Sin embargo, eso la hizo jugar a solas con los botoncillos carnosos de sus senos grandes y suaves, acariciándoselos como haría él. Una hora antes habían estado juntos bajo la corriente de agua que descendía de entre las rocas, abrazados y desnudos, y se habían abandonado a otro de aquellos accesos de deseo. Lejos, quedaba el bárbaro que la había hecho suspirar, pero su recuerdo aún permanecía abrazándola y palpando sus senos de la manera más deseable y erótica.
Más allá, un jinete solitario abandonaba la isla hacia la parte suroriental, y el vuelo de un par de dragones con las escamas de un dorado pálido brillaron contra el sol y surcaron el cielo casi como flechas. En unos minutos, en el horizonte, aparecieron columnas de humo y fuego, y los gritos podían oírse por encima de los cascos del caballo de Kerish.

~ por KERISH en 30 Marzo, 2008.

2 comentarios to “Tres no son multitud.”

  1. ¡Ay picaruelo!

    Por tí ni cinco ni seis serían multitud xDDDDDDDD

    En fin en fin, a ver que es ese humo y fuego, esos gritoooo uuuuuhhhh la cosa se queda interesanteee :P

  2. Buah, son contadas ocaciones en que pasan estas cosas, realmente no me van las multitudes ;P

    Pero ese día mira por dónde, sí. Pronto verás qué ha sido ese humo…

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