Qué nos espera.

En la tarde hacia la noche el cielo se iluminó todo con fuegos hechos por los hombres de Asia, y se celebró una cena.
En la fiesta todo estaba a rebosar de cerveza y vino, los amigos y los no tan amigos bebían juntos, celebraban el bodorrio, y contaban anécdotas divertidas. Había muchas parejas allí, pero sin duda, de entre los solteros, destacaba la figura del bárbaro, que no conseguía pasar desapercibido.
Como de costumbre, apoyado en una columna y con los brazos cruzados, con la hosca mirada perdida en algún lejano lugar más allá de los muros, pero aunque había echado alguna que otra mirada a la hermosa taltos, que además era una mujer generosa en curvas y de gran tamaño, algo estaba apagado en los ojos del joven.
La oscuridad en su interior continuaba creciendo. Eso era que cualquier poderoso ser de la sala podía notar con sólo mirarle.
Entonces le sobrevino un olor familiar, cercano, y la mujer que sostenía una rosa y llevaba un hermoso vestido negro con una apertura, al lado derecho hasta una cadera, pasó por su lado. Kerish se la quedó mirando un instante, y ella también. Su cabello era de un color rubio platino y sus ojos verdosos, sus pómulos, prominentes, y conformaban con sus labios un rostro atractivo.
Él hinchó el pecho y supo que se trataba de la forma mortal de Cyllan, aquella que tomaba para no ser fácilmente identificada, pues el cabello blanco y los ojos rojos eran algo realmente fuera de lo común y causaban demasiada curiosidad por su apariencia.
—Saludos, Kerish—susurró ella, abatiendo suavemente su abanico. Los tacones que llevaba, que se ataban a las piernas como unas sandalias altas sólo resaltaban el brillo de sus tobillos en contraste con el negro cuero, y allá donde una pierna se perdía bajo la prenda, otra sobresalía con una redonda rodilla y un muslo hermoso y suave.
El bárbaro retiró los ojos de ella, algo sonrojado por haberla mirado tanto tiempo, y balbució un quedo saludo, con los labios prietos.
—Hola—.
Cyllan suspiró. Habían tratado de separarlos de todas las formas y con todas las causas posibles, y no lo habían conseguido, y sin embargo, ahora la diosa y el mortal estaban más lejos que nunca. Por propia elección.
—¿Cómo estás?—le susurró ella, interesada por su estado.
—Tirando. Te veo muy bien—.
—Sí, no tengo ningún problema. ¿Y tu mujer?—le preguntó Cyllan en un tono más alto, quizá acusando el tono indiferente de él que había encendido algo de malicia en las palabras que ahora le clavaba al joven.
—Vuelvo a ser libre como el viento—le dijo él, devolviéndole la mirada, sin más. Pasaron unos instantes de silencio, el tiempo parecía haberse detenido para los dos, todo transcurría, todos eran ajenos a ellos. El rostro de la diosa brillaba como su cabello cuando el sol incidía por las vidrieras, y sus ojos relucían esplendorosos. El bárbaro pensó que ya estaba bien de indiferencia, y que esa era la parte de él que más torturaba a las féminas. La había amado, y eso se acabó, de acuerdo, pero al menos, debía ser considerado en honor a lo que fueron. Era lo justo.
—Estás preciosa. Quiero decir…—.
—Oh, gracias—.
—…Que me gusta mucho tu vestido. Y te sienta bien. Y eso—.
Los escotados hombros de Cyllan brillaban, su piel era suave y reluciente, se habría dado algún aceite de esencia que estaba enloqueciendo a Kerish. Pero el joven dominó su deseo con un profundo suspiro, hinchando la caja torácica, y lo expiró.
—Tú estás muy guapo. ¡Me resultas raro con tanta ropa!—comentó ella, y rieron juntos. Recuperando el aliento, se miraron fijamente de nuevo, y la música ambiental se tornó lenta, plácida, invitando a un baile juntos. El resto de los invitados y sobre todo los recién casados así lo interpretaron. Sauron e Ikoru se tomaron las manos, se miraron, y bailaron, como los demás. Parecían dioses sobre mortales en pedestales titánicos, él con sus galas de guerra, ella con el vestido más hermoso, y festejaron su unión, desapareciendo unos minutos de la escena.
Entretanto, la diosa con el vestido negro cuyos dorados bordados brillaban tanto como su cabello invitó a Kerish al baile, tomándole una mano. Él negó, medio sonriendo.
—No. No sé bailar—susurró, pero ella hizo como que no le había escuchado y tiró con insistencia de él. Al principio, Kerish no sabía cómo mover los pies o poner las manos, él sólo había bailado un par de veces y era por un ritual alrededor del fuego, invocando al espíritu del trueno y la guerra, algo muy diferente del baile al que estaba enfrentándose. Ella había puesto de su parte, y le tocaba a él. Por cumplir, que no quedara. Al principio, le parecía difícil seguir los pies de ella sin casi pisarla, era un patán, y el hecho de bailar pegado a una mujer lo avergonzaba.
Mentalmente, se repetía un montón de palabras para convencerse a sí mismo mientras miraba a la diosa con los ojos muy abiertos y las mejillas enrojecidas. No podía irse sin acabar lo que había empezado ya, sería como huir.

Eres un guerrero. Eres un guerrero. Esto es sólo un baile, puedes con ello, puedes triunfar. Un fallo ahora sería tu perdición. Has de ser valiente y…

Dejó de pensar cuando notó los pechos de ella muy cerca. Cyllan no llevaba ningún tipo de sostén bajo la ropa, y él podía notarlo a través de la liviana camisa de azul oscuro que se cerraba con un cuello recto entorno a su garganta. Su pulso se aceleraba como el tambor de guerra de su tribu, pero este tiempo le había servido para templarse. Ya no era una bestia incontrolable, era una persona, iba vestido como una persona y se portaría como una persona.

Has de ser valiente y demostrar a ésta mujer que puedes ganar cualquier batalla. ¡Enséñale lo que se ha perdido y luego quítaselo todo!

Ella dio un paso hacia la derecha, y Kerish rodeó la cintura de Cyllan con su brazo izquierdo, mientras que dejaba lacio el derecho, tomando la mano de ella que correspondía a su lado. Estudió la pauta. Uno, dos, atrás, izquierda, e introdujo algo de su cosecha, haciendo girar a Cyllan al mismo que él giraba junto a ella, los dos mirándose, con pasos laterales que describían un círculo sobre sí mismos, y acercó el rostro al de ella, que jadeó por su proximidad.
Hubo un momento que sus labios casi tocaron los del bárbaro, un roce leve entre las narices de ambos, y Kerish descendió con su respiración hasta el centro de las clavículas de la diosa.
Él se echó un segundo hacia atrás y se precipitó sensualmente sobre Cyllan, haciéndola encorvarse hacia atrás, hasta quedar suspendida, apoyada en el brazo izquierdo del joven, que la sostenía, y Kerish deslizó la mano derecha, soltando la izquierda de la hermosa mujer, y acarició desde su cadera a ese costado hasta su rodilla… volvió a ascender por su muslo, y la cambió bruscamente de brazo, como quien se pasaba un objeto de una mano a otra.
Cyllan abrió mucho los ojos, la línea negra pintada sobre y bajo sus párpados se transformó en una mueca de agradable desconcierto. Kerish subió el brazo con que la sostenía ahora por el escote de su rabadilla y su espalda hasta su nuca, dando con ella un paso a la derecha y luego dos a la izquierda, mirándola intensamente a los ojos.
La hizo mecerse hacia su diestra volviendo a bajar el brazo hasta su talle, y luego la respaldó nuevamente con su brazo izquierdo, quedando tumbada en el aire con tan sólo una pierna en el suelo, la rodilla derecha elevada, y el joven bárbaro la tomó de la cintura e hizo medio girar a la diosa para quedar a su espalda, abarcando sus caderas con las manos a la par que las de ella estaban sobre las suyas, y olió la fragancia de su cabello.
La música cesó, los invitados se aplaudieron unos a otros en medio de risas, y Cyllan se volvió hacia Kerish, con las manos sobre los hombros blancos de él, y la boca entreabierta. Unas ascuas que aún permanecían candentes habían enfurecido en su interior y prendido de fuego un deseo que no dejó de existir, pasó sus manos por el cabello de él, y sostuvo su rostro entre ellas.
Él se notó extrañamente invadido, recordó la primera vez que lo hicieron, y esa sensación familiar volvió a su cuerpo, manifestándose en sus hormonas y en la violenta erección que hizo sentir a ella contra su pubis y rozaba la zona interior de sus muslos.
Cyllan no supo cómo reaccionar, ni él tampoco, era una situación demasiado embarazosa. Sólo había dos formas de salir de ella, y la diosa intentó articular palabra, pero le costó un poco, dado el alcance de la virilidad de él a través de su hermosa (y liviana) vestimenta negra.
—A… ¡ah!… ¡Ha sido un buen baile!—jadeó ella.
—¡Uuuuf! S-sí. Bueno, mejor me voy—susurró el cimerio, tan apurado como la diosa.
Ambos se separaron, y mientras Kerish se apoyaba en una columna, recuperando el aliento (y la compostura que no tuvo y le costaba retener como si fuera un gran esfuerzo), Cyllan se alejó a una cámara privada donde secar una lágrima de su pasión femenina que la recorría entre sus hermosas piernas. Se horrorizó cuando resultaron varias más.
Si se abandonaba al placer con él, volvería a suceder lo mismo, y Cyllan quería protegerle. Tanto del caos como de ella, y de sí mismo. Un círculo vicioso que no terminaría bien.
Romántica, se puso una mano en el busto, cerró los ojos sentada en un diván, tomando una rosa de un florero. Repasó sus propios labios con los pétalos de la flor, imaginando que era la boca de Kerish.
Su cabello volvió a ser blanco y no por ello menos hermoso, y sus ojos tornaron de un rojo intenso como un rubí al rivalizar con los pétalos de la rosa, imaginando que lo que ahora acariciaba uno de sus pechos eran los labios de su amante. Realmente se sentía desconsolada por algo que se había vuelto imposible. No podría volver a abrazarle, ni besar su piel, ni hacerle el amor. La noche se hizo en el gran palacio de la isla, y cuando el telón oscuro tras las estrellas reveló a la luna, Cyllan se echó en su cama, sola, mirando la rosa. Se sintió muy sola.
—Es el precio a pagar por protegerte. ¿Qué nos espera al final?—.

~ por KERISH en 30 Marzo, 2008.

Una respuesta to “Qué nos espera.”

  1. Ooooohhhh :______

    Es tristeeeeeeee, que emotivo joder. Y como estoy yo poco ñoña últimamente… ¡arf!

    Esperando más querido salvaje.

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