La Isla del Fuego.
En menos de un mes, pudo llegar a las costas de Gothland y alquilar una barcaza. Le gustó ver que los Godos de allí usaban una gran espada y que en algunas excepciones, el arma llevaba abajo una cabeza de mayal con púas colgando de una cadena. Debía servir para golpear con ella cogiendo el arma por la segunda guarda que tenía, en el primer tercio de la hoja, o bien con la espada envainada, usándola como un mangual.
Remó hasta el objetivo, tras haber contado en una taberna a un par de mercenarios los motivos de su viaje, un viaje que según le dijeron, era arrojarse hacia la muerte, ya que la gente de Gothland, que llevaban el color negro en las ropas de moda, ni siquiera se atrevía a pasarse por la isla. Y eso que navegando todo hacia el norte y a no mucha distancia, ya podían verla si pasaban más allá de las otras tierras de gentes de cabellos rubios que el bárbaro había tenido que recorrer dando un rodeo entre más islotes.
El mundo era tan grande y extraño que no le parecía que en un futuro, la gente vistiera el color de la noche y esos adornos tan exóticos como quien vestía a la moda palaciega o de la calle, sin más. Él prefería llevar ropas simples y útiles, pero le atraía el vestuario tan oscuro que gastaban esas gentes.
El viento hinchó su vela varias veces, y las costas de la isla, arenosas, quedaron bajo el vientre de su nave en poco, el mar no había sido tan bravío, y cuando el bárbaro desembarcó, con su gran espada a la espalda, pensó en las leyendas, y en sus certezas, sus errores, y sus falsedades.

Un enorme dragón que custodiaba con sus seguidores, de su sangre, las valiosas aguas de origen desconocido que podían devolver el vigor, la fuerza, la juventud, el poder, a cualquier cosa viva o no viva. Aquél río no tenía nombre, y se creía que fue olvidado por los dioses, que curaban sus heridas con esa agua, y a los enfermos. No se sabía si por que era magia, o es que ese manantial tenía unas propiedades alucinantes pero naturales, que de saludables, purgaban cualquier impureza.
Mas si era magia, la espada del bárbaro quizá la neutralizaría, y todo habría sido en vano.

Las espadas que había forjado como Dientes de Fenris, eran de acero, tratado al carbón eliminando sus impurezas como solía conseguirse este metal, pero el mango estaba hecho con unas piezas de marfil que él mismo había arrebatado a una encarnación del fabuloso lobo, que siempre estaba hambriento. Esa encarnación estuvo aterrorizando una aldea del norte en su estancia en Tyrhavn, Kerish tuvo la mala suerte de hallarse en una suerte de extraño plano creado por la deidad, y hubo de enfrentarse a la bestia, a su lado más oscuro. O quizá aquello fuera cosa del Helheim.
Si conservó el aliento fue únicamente porque pudo arrancarle de un desesperado tajo dos de sus dientes, que por casualidad o no, hicieron enloquecer de dolor a Fenris, y éste desapareció, dejando al bárbaro un recuerdo.
Quizá la encarnación maligna de Fenris, un dios instintivo, cruel y voraz, hubiera acabado con el joven muchacho que ahora caminaba por la arena, buscando el camino hacia la gran montaña que expulsaba fuego líquido, negra y brillante en carmesí en la noche.
Pero ahora, los dientes de la deidad eran un fetiche a modo de mango en ambos gladios. Alguien dijo una vez que esas espadas podían dotar al esgrimidor naturalmente de las capacidades de un lobo, y de uno bastante grande y furioso. Pero Kerish nunca supo si fue verdad.
Mientras avanzaba, se encontró un bosque por el que no se detuvo, y trató de ir por donde nadie pudiera seguirle, sin dejar rastros. Él sabía que los guardianes de esa isla le estaban siguiendo, pero ni él dio con ellos, ni los guardianes con Kerish.
Sin embargo, el día siguiente continuó el camino por la zona más rocosa que había, entre la cual habían crecido árboles formando un curioso bosque de montaña, que lejos de estar nevado, sí era húmedo y caluroso. No se deshizo de su traje negro de cota de malla porque era su única defensa, y aunque la noche fuera oscura y algunos creyeran que el color negro podía camuflar, quizá no le funcionara del todo, pues la noche, de oscura, no es negra.
Una de estas veces, el bárbaro permanecía descansando del camino en la copa de uno de los hermosos y robustos árboles, y pudo contemplar, con gran sorpresa y alarma, a uno de los supuestos guardianes. Su instinto no le había engañado, pero aquél ser con brazos humanos, piernas como de ave, y torso humano aunque de cabeza reptiliana, estaba cubierto por escamas rojas y tenía una aleta en la cabeza. Por si poco fuera, sus negras uñas eran tan oscuras como el faldar que llevaba, y las hombreras que le protegían sujetas por dos correas que le cruzaban el cuerpo.
La lanza que llevaba no era la de un cazador, pues era pesada y de hierro, con la escoria roja herrumbrosa manchando el negro sin brillo de la punta en cuatro vértices de sierra.
La criatura estuvo apenas unos segundos fuera de una pequeña vegetación que llevaba al camino en cuesta que Kerish había seguido, y luego, desapareció por su izquierda. Pasó media hora antes que volviera a moverse, y cuando lo hizo, fue en silencio, intentando evitar el camino de la extraña bestia de ojos dorados y pupila vertical para ascender en su camino.
A la noche siguiente, llegó a un llano enorme, aún deberían faltar más de cinco kilómetros para llegar a la gran montaña y ya había lava y obsidiana bruta por los alrededores y en el suelo que el Cymyr pisaba cerca de un bosque prendido de fuego.

Cuando recordó las palabras sobre la espada, intentó no pensar en que tenía que sumergirla en un río de lava que no quemase.
Toda la lava quema, pensó aunque realmente lo susurrara, y vio algo entre las brumas calientes que le sobresaltó… un tigre blanco como los de su patria, pero más esbelto, y sin los largos dientes de sable a los que estaba acostumbrado a ver. El tigre, de negras rayas y ojos azules, le miró, movió una oreja, y se relamió, echando a andar como si ignorase al humano. Kerish le siguió, más extrañado que otra cosa, y en cuestión de minutos, llegó ante cinco grandes depresiones que salían de la misma montaña. El calor era insoportable, el magma, peligroso, ardiente, y debilitaba las ganas del bárbaro seguir al tigre que tenía delante. Dispuso la antigua espada, por si la bestia le llevaba a una trampa y trataba de devorarle, pero en lugar de eso, el tigre blanco permanecía allí, moviendo la cola, como esperando algo.
El tigre saltó por encima de los enormes canales de lava fluyendo, y se detuvo en una de las depresiones, ante la cual, la hermosa bestia agachaba el hocico.

—¡Te vas a chamuscar los bigotes!—le avisó Kerish, que tenía más aprecio por las bestias que por las personas, pero el animal sumergió el morro felino en la charca brillante y bebió. Estupefacto, el joven guerrero cogió un pedazo de su capa, y lo hizo dos largos jirones.
Sumergió uno a cada lado, en cada canal, y mientras uno se quemaba hundiéndose, el otro aún seguía en su mano, dejando caer agua translúcida.
—No puede ser…—.
Debía encontrar un canal de agua sagrada, un canal entre varios de mortífera lava, y ahí lo tenía. Giró la gran espada de sus ancestros con una mano, y la sumergió sin miedo en las aguas, pensando que fuera lo que debiera ser, tendría que funcionar.
El arma emitió un brillo casi imperceptible, como el del metal con la luz, pero más intenso, y había parecido zumbar de forma aguda bajo la superficie, que deberían haber camuflado con un embrujo. La espada ancestral había sido corrompida por la brujería de estos miles de años reposando en el altar y rodeada de maldad y oscuridad, y las aguas del lugar que buscaba, debían de purificarla, y limpiarla como ningún liquen de la tierra. El escondite mágico del agua, su falsa apariencia de magma ardiendo, se había clareado para dejar ver el hermoso río. Pero otro río se había descubierto, y era escamoso y rojo, aún entre la bruma.
Kerish notó temblar el suelo y las rocas negras por encima, y empuñó la gran espada con las dos manos, mordiéndose el labio. Una mancha gris se había quedado en el agua un instante, y luego se había deshecho. La malvada emanación se había disipado y el espejismo del agua que corría como el fuego titilaba ante una magia que empezaba a anularse.

—¡Vas a sufrir, humano!—gritó la bestia cuya cabezota triangular y astada mostraba unas aletas casi amarillentas. Era el guardián, el dragón Valok’razdaax. “Río de Fuego”.
Le habían hablado de él.
La larga llamarada que impactó contra el suelo no tocó al bárbaro, que rodó por el mismo, hasta una distancia que le parecía segura, hasta que la gran cola batió el aire por debajo de sus piernas. Tuvo suerte de que su cola no estuviera rematada por una maza, o el golpe que se había levantado del suelo hasta la zona de su pecho le había alejado un par de metros contra una roca, habría sido su muerte. Vio sangre en el filo del arma, y por un momento temió que fuera suya, mas no lo era. El dragón emitió un rugido furioso por la herida abierta en su apéndice trasero, y al bárbaro le dio por reírse. La bestia, como algunas, podía conjurar si sabía cómo. Ya era bastante sorprendente que un dragón hablara y pudiera tomar apariencia, como lo hiciera Darlantan, el llamado hijo de Paladine.
El bárbaro cargó esperanzado y de frente contra el monstruo, flanqueándole para tratar de despistarle hacia la izquierda, pero la enorme y majestuosa bestia seguía concentrada en su conjuro, mientras unas volutas de colores en el aire se esfumaban sospechosamente cuando el humano se le acercaba. La bestia parpadeó y reaccionó de manera impropia, escupiendo palabras en un idioma sibilino, y su cabezota fue abriendo las mandíbulas hacia Kerish.
Era tarde. El bárbaro se había situado demasiado cerca, y el mordisco había atrapado aire, a la vez que las rojas escamas de la piel del dragón saltaron como astillas igual que cuando un mazo parte la tabla de una mesa.
La sangre manchó al bárbaro por entero, abriendo un terrible surco en la carne del monstruo, y éste se revolvió con un grito abismal, desplazando al joven humano contra el suelo, a varios metros. La tierra tembló de forma increíble, y ante el humano, aparecieron dos seres que parecían de linaje dragónico. Debían ser la guardia de Río de Fuego.
Uno de ellos, el más alto, golpeó a Kerish desde su izquierda con su espada de hierro, que al chocar con la defensa del bárbaro, estalló en pedazos. La espada de Kerish fue más rápida en partirle el cráneo, y luego de esquivar la lanza dentada del otro, agachándose, se levantó ante un golpe de barrido, encogiendo las piernas en un salto, y su acero partió en dos por el hombro derecho a su atacante.
Alucinado por el poder de esa espada, jamás sabría que la magia que iba a usar el dragón fue neutralizada por el eclipsador acero de las estrellas que había sido la herencia patriarcal de la gente de Kerish. Benditos Akei, los guerreros más terribles del mundo.
El bárbaro no prefirió quedarse ante la inminente erupción del volcán, y echó a correr camino abajo, tardando menos por el hecho de no ir ocultando su rastro, hasta la playa, a la que llegó al amanecer, y aún, podía oír al dragón más grande que había visto rugiendo de dolor.
¿O eran las entrañas de la montaña del fuego?


Woooooooo, me he leido los dos de golpe *o*
¿Casado? Que cosas…. y anda que… de lio en lio… pero y lo interesante que se queda… ¡arf!
Un bocao
De casusalidad que me ha dado por entrar entre café y estudio…. genial, la verdad es que están muy bien y otra que además de Sike se suma a la moda de leerselos del tirón… que la vida y la muerte guien tu pluma con fuerza y pasión
Gracias, chicas ^^ la verdad es que como dije antes, llena el saber que guste.
Y por cierto… ¡Sí, estuve casado Sike! ¿Pero cuánto duran cosas así para alguien que no conoce el amor verdadero?
O sí… o no… ¡yo que sé!