El corazón de la Oscuridad. La última alianza.

La luz de la antorcha amarrada al hacha de Kerish se apagó como por un soplido, ya que su color menguaba del ámbar al azul pálido. El escalofrío que sintió le hizo dejar el hacha caer al suelo, y tomó una de sus dos espadas cortas, apretando los dientes, mostrándolos en una mueca feroz, con el gruñido del lobo.
La cabeza del rey delante de él se movió muy despacio, mirándole altivamente pero con tristeza desde sus vacías cuencas oculares, como Kerish ya había comprobado que estaban con una mirada rápida y analítica, pero que le había paralizado temporalmente. Era como mirar hacia otra época. Hacia la oscuridad.
El antiguo rey, ahora huesos, era quizá el último. Los demás permanecían estáticos, pero aunque también emanaban esa energía, la del cadáver que tenía delante era diferente. Si algo no hacía que Kerish cogiera la gran espada sobre la polvorienta losa y se pusiera a cortar cabezas, fue que el muerto viviente delante de él no le había atacado con ninguna brujería.
—Estoy maldito por una esencia caótica… el poder de un dios. También lo está mi linaje, pues tal es nuestra maldición. ¿Qué hace la vida entrando en este mundo de la muerte? Eres un sucio ladrón que se ha vuelto loco, ¿o tal vez un valiente?—roncó la voz del rey de ultratumba, hueca y profunda a la par, reverberaba como si viniera de las profundidades de un túnel, jugando con el poder que ensombrecía la habitación y la hacía más macabra.

Ancestros

—Soy hijo de tu pueblo, ancestro. He venido por la espada—le respondió Kerish, apretando las cejas, hinchando el pecho, que tenía lleno de coraje.
—Has venido por la espada, y no estás libre del veneno que inyectaron en nuestro odio. Veo en tu alma, pero aunque tus intenciones son buenas, sigue habiendo oscuridad en el fondo…—.
—¿En el fondo de qué, Ancestro?—jadeó Kerish, poniéndose nervioso como en contadas ocasiones, viendo que el gran hombre muerto se ponía de pie, y echaba una carcajada.
—De tu corazón. Este es nuestro legado—.
El viento penetró por alguna parte en la estancia, y levantó a Kerish como si lo asieran las alas de un dragón enorme, haciéndole volar con el peso de una pluma.
El resto de los reyes y la guardia póstuma se alzaron como en vida, y levantaron sus armas, chillando. El bárbaro vio que del pecho de todos ellos latía una luz que salía despedida hacia el techo, relampagueaba, y luego iba a parar a su caja torácica mientras gritaba al notar el poder, torturándole el cuerpo con incandescentes rayos que le hicieron flotar a más distancia del suelo en la gran cámara. Y mientras reían los muertos en la tormenta, Kerish terminó descendiendo al suelo, cayendo sobre una rodilla, y los esqueletos de antiguos reyes quedaron hechos montones de huesos apilados junto a sus tronos. Inmóviles.

El rey muerto...

Entonces sintió pasado, presente, y futuro con un viento que podía proceder de algún infinito, el fuego le quemó, la sangre le ahogó, y los gritos de miles de almas le hicieron llorar de locura.
Pero a la vez… sus brazos se volvieron más enérgicos, su debilidad desterrada por el deseo de su corazón, los ojos adquirieron otra mirada, y a consecuencia del torrente de poder que estaba emplazándose en su cuerpo y su alma, gritó nuevamente haciendo estallar huesos.
Millones de espadas hirieron su carne, la vida salió y entró a su cuerpo otras tantas veces, y sólo al final, llegó la oscuridad. La tranquila y fría oscuridad.
Otro habría perecido, cerrado los ojos para siempre, y jamás habría vuelto a la vida, pero Kerish no era otro más que sí mismo. Así que, se levantó del suelo resistiéndose al abrazo de las tinieblas, y vio que estaba ileso. No habían pasado realmente todas esas guerras por la carne de él, y aunque había sentido cada uno de los millares de dolores del pueblo que había sido olvidado y maldito, notaba en su cuerpo una energía renovada, algo latía con más fuerza en su pecho, y lo que recorría sus venas era intenso. Era el poder.
Su corazón pertenecería por siempre a la oscuridad, pero no la temía. Era con lo que había nacido, y lo que siempre estaría con él. Miró la losa delante suyo, sobre la que reposaba una gran espada con guardas doradas, un arma de otros tiempos. El gran secreto de su pueblo. Su origen.
Y ahora, era su legado.
La losa mostró las escrituras que él comprendía, y aún tembloroso por lo que había sucedido, sus pupilas alcanzaron a leerlas, aún con las lágrimas de generaciones habiendo salido por sus ojos.

“Soy Última Alianza
Entre carne y acero,
Soy entre guerrero y espada.
Soy el Ancestro,
Me hicieron en los fuegos de Sar.
Empúñame con un corazón salvaje,
Hagamos temblar a los tronos y dioses del mundo.
Ahora, soy parte de ti”.

El legado

Kerish sintió que el corazón le palpitaba nuevamente con esa sensación. Estiró una mano, y tomó la gran espada, cuyo tamaño era semejante a un montante corriente, casi metro y medio de altura, si no llegaba ya a ello. Al empuñarla, no sintió nada especial, pero luego, dio un tajo al aire, el arma emitió un brillo un poco fuera del normal cuando el bárbaro entró en sintonía con ella de alguna forma, o más bien la espada lo hizo con él. Era un gran sable de hoja ancha con un acanalamiento que finalizaba una cuarta antes de la punta del arma, y le hacía sentirse completo. La blandía tan rápido con los dos brazos como cualquiera que blandiera con tanta soltura una espada corta, el fabuloso metal despedía meteoros brillantes y casi dorados azulados por las paredes oscuras de la cueva, iluminando las caras de piedra talladas en las paredes como altos guerreros de otros tiempos.
Se echó el arma de plano al hombro derecho, y caminó, con los Dientes de Fenris en sus vainas, dejando allí el hacha.
Ignoraba que debería limpiar el nombre de sus ancestros con una gran hazaña por el bien de otros con honor, y con su muerte, o sería presa de su maldición.
Pero de haberlo sabido, le importaría poco. Tenía en sus manos una reliquia ancestral, un arma poderosa aunque no sabía hasta qué punto.
La espada tampoco le había rechazado, él era digno. Había pasado la prueba del Corazón del Infortunio, aun con el peso de la oscuridad con la que debería cargar sobre sus hombros, y el amargo destino al que aún se resistía.
Pero no por mucho. Pensaba encontrar a Akelas, dios o no, y le daría su merecido a cualquier precio por lo que había hecho. Y antes que él, debería encontrar a otro enemigo terrible para que al final, su vida hubiera valido para algo. Si volvió de la muerte, fue únicamente porque algún dios de la venganza le concedió su gracia, y debía cumplir la sentencia que él mismo se había impuesto: encontrar al asesino de su tribu y darle la muerte más atroz en honor a su gente. Si moría después, ya no le importaba, su vida estaba consagrada a la venganza…
Y todavía tenía que ir por algo más con lo que debía hacerse.

Vamos a por ese martillo.

~ por KERISH en 25 octubre, 2007.

Una respuesta to “El corazón de la Oscuridad. La última alianza.”

  1. ¡Ay dioses! Que hombre…. me encanta, me encanta, me encanta >_< xD
    Hacia mucho que no leía cosas que realmente me enganchasen (No siendo quizás libros ya editados y demás)
    Esperando el próximo fascículo :P
    ¡Un bocao, sarvahe!

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