Premonición. Apocalípsis.

Volvieron a verse como cada noche más o menos, él salía a escondidas y ella le esperaba donde siempre.
—¡¿Qué?!—gritó Kerish con gran sorpresa, mirando a la mujer que tenía delante, entre las sombras bajo la arboleda.
—Así es—asintió ella enrojeciendo casi imperceptiblemente, —He creado un rey de nuestra sangre. La poción de Eldora me hará fértil hasta que nazca… el hijo de la Reina Oscura y del mejor guerrero del mundo antiguo—siseó Erzebeth, emocionada. Se acariciaba el vientre mientras que Kerish mostraba repulsión y se inclinaba, esforzándose por no caer de rodillas. Había perdido las fuerzas de repente.
—Es el lazo que nos une, Kerish. ¡Quédate a mi lado y vivirás como un rey! ¡Nuestro hijo conquistará el mundo! Será hermoso como su madre, y fuerte como su padre. No puedes negarte ahora—.
El joven estepario se notó mareado al mismo que la vampira le miraba con afecto casi maternal, inclinándose junto a él, acariciando con mimo su espalda y su melena, desembocando el gesto de su rostro en una carcajada demencial.
—¡Oh, soy yo la que debería desmayarse! Este sitio no te trata bien, te he observado. ¿Es que crees que te redimirás de todo lo que has hecho cuidando de ésa joven? Tienes el corazón negro, eres mi alma perdida, y yo te necesito a ti tanto como tú a mí. Nos necesitamos, mi amor. Vamos… dámelo. Lo deseas más que nada. Tómalo. Tómame—le susurró sensualmente la vampiresa, besándole los pómulos, los labios y la garganta. Kerish sucumbió a sus besos y la abrazó, ambos se inclinaban sobre el suelo herboso del bosque, y daban rienda suelta a su pasión lasciva y más oscura.
Hasta casi media hora antes de amanecer, estuvieron retozando, acariciándose… compartiendo su más íntimo calor sin impedimento de ningún tipo.
La vampiresa le miró la roja marca en el costado herido, le rasgó el rojo surco con sus colmillos, le lamió la sangre, pese a los gruñidos de dolor de él. Luego, cerró su herida con un lametón, poseyendo las duras y redondas nalgas del joven con sus manos, clavándole sus negras uñas sin dolor en su carne.
Llegado el momento en que ambos se saciaron de lujuria desatada, se miraron largo rato, enlazando sus lenguas en un lento y sensual beso.
Ella miró hacia el cielo y se comenzó a vestir, instando al bárbaro de apenas 18 años a hacer lo mismo. Se despidió de él hasta otra noche más propicia y desapareció entre los árboles, con el ruido de las ruedas de un coche de caballos y el casco de los negros animales trotando por los caminos. Kerish suspiró cuando el sol asomaba bermejo en el horizonte y se echó el hacha sobre los hombros encaminándose hacia el hogar de lady Miren.
Se maldijo por haberla abandonado esa noche, por sentir un terrible amor no sólo lascivo y enfermizo por la mujer que le había obligado a sucumbir a sus deseos hacía tiempo. También estaba feliz por haber encontrado a alguien que le amase, de la forma que fuere, e iba a tener algo que jamás había podido conseguir… una familia.
No se dio cuenta de que la había deseado cada noche mientras ella aliviaba y cerraba sus heridas, pero que la había odiado cada vez que le abría otras nuevas.
Se sintió violento a la par que arrepentido al pensar en todo eso. Era la parte más oscura de su ser la que amaba a Erzebeth, y sin duda, la que día a día se iba haciendo más fuerte.
Volvió a la casa de la que había salido a hurtadillas, y se echó sobre el diván que acostumbraba a usar para el descanso, dejando dormir a la joven Miren durante toda la mañana.
Recordó el sueño que le había venido durante las pocas horas que había dormido. El viento fresco a la hora en que el sol se ocultaba con sangrantes luces en el horizonte resultaba muy frío a la sombra, excepto cuando el rostro de Kerish se encontraba con la radiante y a ratos muerta tibieza de los rayos de Lorenzo.
Más allá del gris y nebuloso cielo, los reinos de los países anegados por la luz presentaban sus brillantes muros como soldados hieráticos que alzaban sus armas en revista, los hermosos chapiteles brillaban como el bronce bruñido, el arcoiris tras las lluvias en la azulada pantalla de inmenso firmamento se asemejaba a un colorido dibujo en un mural infantil…
Pero eso era a su espalda. En frente, su tierra natal se consumía en una tenebrosa oscuridad, perdiendo todo color, ya fuera de frío o de vida en los negros bosques.
Ante él, se alzaban los dorados muros con los ojos de azul verdoso de Phelsya, bañados por el sol algunas veces, otras, como en este invierno, nevados y resbalosos, pero siempre lustrosos.
La torre del palacete del Magus de Phelsya brillaba en un tono ardiente, como si las llamas de un poderoso fuego mágico se hubieran congelado, pero irradiasen infernal calor con sólo mirarlas.
El suelo se resquebrajaba, y emergía el rojo fuego del infierno, los vapores de los más profundos pulmones de la tierra, y un grito echado al cielo por miles de almas en pena.
Una hermosa mujer joven de melena roja como el encendido fuego se hallaba postrada sobre una pila de cadáveres, los demonios parecían jalearla de algún modo, que no lascivo, pues esos monstruos no tenían otro deseo que el de una ofrenda de carne y sangre en sus fauces.
El mundo se tornó una dimensión macabra, y entonces, la muchacha desnuda se levantó. Su piel había estado morena por el sol antaño, pero se había vuelto cenicienta y pálida por una extraña razón. Sus caderas embrujaron los ojos del joven bárbaro, de cintura para arriba, la brillante espina dorsal estaba salpicada por una mancha negra: un fénix tatuado en la suave piel.
Ella se apartó la melena rojiza para mostrar el tatuaje, se echó los largos flequillos hacia atrás con una mano, pasando esta por la redonda y suave frente, poco pronunciada, y miró al salvaje con unos ojos infernales.

Shyan

Era Shyan.
Kerish se encontraba en un pecio en medio de la roja sangre de ese infierno en la tierra, y los demonios se inclinaban ante la reina.
Luego de reconocer a la joven guerrera-hechicera, una sombra de metal se precipitó hacia él con terrorífica velocidad, clavándose en el suelo.
De frente, una terrible silueta musculosa y enorme tomaba de la cabeza al bárbaro, apretándosela con la colosal mano. Y a sus pies, la joven Miren yacía inmóvil. Una voz femenina le insistió en algo.
Cógela. Hazlo. ¡Pero hazlo ya!
Se zafó de la mano de la colosal sombra, y se arrojó sobre el objeto que había venido de alguna parte del infinito, alzándolo con una mano, con el pecho hinchado de poderío y el inhumano grito de guerra de su tribu.
Bajo él, una montaña de cráneos. Drack Gawain, el rubio capitán, heredero del reino, se hallaba tomándose el brazo izquierdo con dolor, rodeado de enemigos que iban a disputarse su cabeza, pero no eran sino humanos corrientes, aldeanos, nobles…
Kerish se acabó inclinando sobre sus propias rodillas, sangrantes, sosteniendo una espada. Y el demonio de muchos cuernos se reía de todos ellos, apoyado sobre su terrible espada y con la reina de los súcubos a su diestra, al mismo que las almas condenadas caían a las llamas del inframundo demoníaco.

Akelas

Sus sensuales legiones besaban la piel del bárbaro, y el espectro de la joven que conocía como Miren se deshizo como la niebla soplada por el viento. Él se debilitaba con cada beso, cuando tenía delante la hermosa forma de la pelirroja del tatuaje.
Nunca impedirás que ella sirva a mis legiones. Y si lo consigues, perecerá. Él morirá si continúa en lugar de abandonar. Y a la delicada dama, no podrás salvarla…, le interpeló la sombra.
Dejó de revivir el sueño, y fue a despertar a lady Miren, estremecido por el mensaje del demonio en las sombras. Al estar al lado derecho de la cama de la joven, la despertó tan suavemente como lo había hecho estos meses pasados, acariciando su rostro y susurrándole al oído. Realmente, sí que era como una hermana. Como su hermana. Cuando la joven abrió los ojos, él intentó no delatarse por la salida de esta noche pasada. Pero Miren ya se había dado cuenta, aunque tampoco le dijo nada…

~ por KERISH en 24 Julio, 2007.

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