¿Redención?
El día amanecía con las nubes formando una etérea pared gris, a través de la cual el dorado disco del sol podía vislumbrarse como una perla plateada que a penas irradiaba calor. El verano en el reino transcurría plácido para los viandantes a excepción de días como este.
Los horribles días de aquel asalto de norteños habían quedado atrás y Arturo se había recuperado de sus heridas. Sir Lancelot, o Lanzarote, no había tenido tanta suerte.
El esbelto y rubio caballero de suave rostro y ojos azules aún necesitaba cuidados y recuperarse del combate con aquél joven bárbaro de ardiente mirada negra. De no ser por la magia, habría muerto.
Lejos del palacio en la fortaleza blanca de Camelot, bajo tierra, se celebraba el final de una velada peligrosa y extasiante, pues era un recinto oscuro, iluminado por cientos de espectrales teas alrededor de una enorme cisterna donde hombres y mujeres luchaban hasta la muerte por dinero, por obligación, o por diversión. Algunos aceptaban mejor la derrota con la sumisión antes que con la muerte. No era el caso de cierto guerrero demasiado joven como para morir.
Kerish, que se retiraba del improvisado coliseo subterráneo con un hacha a dos manos sobre los hombros entre las puertas de acceso a las gradas, recibía la lluvia de pétalos de flores que se acostumbraba a ofrendar a los victoriosos.
Estornudó, las flores le causaban tanta alergia como las fanáticas hijas de los ricos mercaderes que apostaban cifras de infarto.
Vestido con tan sólo un taparrabo y calzando unas botas de montar, protegido su torso por un camisote de malla sin mangas (que se dejaba abierto cual “chupa”, como vulgarmente se decía), estaba sudoroso, cansado y con un golpe de espada en el costado izquierdo que le había dejado un rojo surco acardenalado bajo la malla metálica.
Se escurrió de las fanáticas y de los admiradores, alejándose de la turba ahíta de emociones y sangre de aquel lugar donde la ley no actuaba, y a la salida de la discreta entrada por la gruta del bosque, le esperaba la joven de cabellos castaños, ahuecados y largos de rostro misterioso aunque sereno.
Sus ojos oscuros, como los de Kerish, se posaban sobre la silueta del joven guerrero.
—Hermanito… has vuelto a hacerlo—dijo ella, con reproche. Se le acercó, cubierta por las sombras, y rodeó con sus brazos los hombros de él. Kerish empezó a sentirse culpable, más que abatido, porque a pesar de todo, nunca habría odio en las palabras de ella.
—Te he dicho que no me gusta que vengas aquí, Miren. ¡Quédate en la maldita casa hasta que vuelva! ¿Es mucho pedir?—murmuró él, sin fuerzas para rehuir el abrazo.
—¿Es mucho pedir que no me abandones? Hiciste un juramento o tu vida…—empezó a decir la joven, obviando la peor parte.
—Necesito dinero, y tú estar en casa—.
Ella, con un largo vestido escarlata, y con una capa negra sobre sus hombros, le arropó maternalmente, enrojeciendo de vergüenza a pesar de su gesto voluntario.
—Siempre arriesgas la vida por dinero. ¿Es que no crees en nada más?—suspiró la joven, casi desmayándose en los brazos de Kerish.
Él se alarmó y dejo caer el hacha, cogiendo en brazos a Miren, alejándose del lugar al notar que los demás salían de la gruta por la que se accedía al recinto de luchas ilegales.
A escondidas, Kerish llevó a la joven en brazos hasta su residencia en el reino, una casita simple de dos plantas en una zona alejada del frenesí ciudadano, con un amplio granero. Echándola sobre la cama, Kerish hizo por quitarle la capa y el traje rojizo de mangas acampanadas de encaje blanco, dejándola sin más prenda que la que tapaba su bajo vientre.
La arropó, conteniendo sus ansias viriles, y acarició su melena. Lady Miren era una joven simple, que no se maquillaba ni se arreglaba demasiado, pero ya era bella con cualquier trapito que se pusiera. Estaba débil de salud, y cómo Kerish la conoció fue toda una anécdota: Rilwane acostumbraba a tener enfrentamientos verbales y algo más con la joven, pero el motivo de la disputa entre ambas mujeres nunca estuvo claro en ningún momento. Unas veces se miraban y seguían caminando por el reino que lo mismo una tiraba del pelo a la otra y siempre terminaba todo en un buen lío.
Una de esas veces, apareció Kerish separando a Rilwane de Miren con un empujón. La guardia no tardó en aparecer y atrapar de nuevo al proscrito, que se enfrentó a un juicio nuevamente. El juicio ante los supremos de Camelot le declaró (por fortuna) inocente al defender a Lady Miren, pero no se le declaró inocente de lo acontecido antes del verano en que luchó contra Arturo y todo lo demás.
Así, el rey decidió una sentencia: debería cuidar de Miren y no meterse en ningún lío, ni hacer nada ilegal. Una nueva vida, o de lo contrario, se ejecutaría la sentencia de muerte. En cuanto a Rilwane, si no aprendía a controlar su temperamento, se la expulsaría de la guardia del reino. Esto no quería decir que ella no volviera a las andadas o que el bárbaro no estuviera en el punto de mira del airado rey.
Fueron tiempos muy tranquilos en el reino, que hicieron sentirse muy incómodo al bárbaro. Primero, que su habilidad como herrero era de principiante, pese a forjar armas de gran calidad, no podía contar con la experiencia de un maestro.
Y no tenía otro modo de ganarse la vida si no era con un arma, pues nadie quería en su comercio, su casa o su ejército a un bárbaro. De hecho, nadie los quería por allí, y ello se demostró esa misma tarde, cuando el cimerio hubo de participar en una justa, obligado a lances sobre un caballo. El jinete acorazado al que se enfrentaba embistió a galope raudo, pero el bárbaro mantuvo a su corcel prestado con un trote rítmico y rápido pero no una carrera, y cuando estuvo el justador a su altura, el bárbaro se echó hacia la derecha con las rodillas prietas a los lados de la montura, blandiendo la pesada lanza de madera con punta no letal desde la izquierda, empuñando con la zurda sobre la diestra el arma tal cual fuera un montante. La madera estalló, golpeó en el pecho al jinete, y casi le hizo caer. El caballero admitió que nunca había visto nada así, y cuando detuvieron los dos la carrera, uno en cada rincón, se declaró ronda a favor del caballero.
El bárbaro negaba, sin comprender, y la explicación que dieron fue que no era un golpe válido, y que eso le habría hecho caer del caballo, cosa que no pasó. ¡Encima de que los civilizados habían pervertido con estúpidas fantasías e ideales lo que era realmente la caballería, con esos estúpidos juegos, le estaban diciendo que no había ganado el asalto! ¡Pero si el otro ni le había tocado!
Desmontó, llevando el combate a suelo. Eligió entre maza, alabarda y espada. La última era el arma más fiable de todas. No usó escudo, no lo necesitaba. El caballero usó el suyo, triangular y curvo, y su espada. El duelo estuvo poco reñido. El caballero era todo un esgrimista, y el bárbaro poco pudo rechazar con su arma, sino retroceder ante sus embistes. Parecía que el caballero iba a ganar. Pero el bárbaro desencadenó su furia sobre el caballero de un modo imprevisto con una lluvia de acero contra el escudo que dejó inerte y tembloroso el brazo izquierdo del caballero. En respuesta, éste se agachó ante una estocada al casco que practicaba Kerish, y de tan cerca, sólo pudo golpearle con el pomo en el muslo derecho, antes de la rodilla. Kerish rugió y descargó un golpe con el pomo de su arma, del mismo modo, sobre la zona entre el cuello y el hombro derecho del caballero, con violencia, y después, le alejó con una patada en la rodilla.
El caballero le engañó con una falsa estocada al pecho, y Kerish se lo tragó, retrasándose y cubriéndose hacia abajo. La espada del caballero silbó en el aire y fue hacia el flanco izquierdo de su desprotegida cabeza, pero el bárbaro contaba con el ojo del tigre y sus reflejos, alzando una defensa con un filo hacia la izquierda, y la punta del arma hacia abajo.
Cuando la espada del caballero rebotó, el Cymyr rugió y deslizó el arma, enarbolándola un fugaz instante, y machacó el hombro derecho del caballero con un golpe que le hizo inclinarse.
El tiempo del duelo finalizó, y los jueces fallaron a favor del caballero. El bárbaro les miró desapasionadamente, y echó una sonrisa fría, girando el arma en una mano, y la clavó en el suelo, pasando junto al acorazado vencedor que le había ganado inclinando sus rodillas y gimiendo de dolor, con un brazo apenas controlable por causa de un hormigueo extraño que no le dejaba moverlo. Sin premio ni nada, y con esa falta de respeto hacia lo que él era, estaba más absorto en su principal ocupación, desterrando la idea de más torneos para niños pequeños.
Así pues, Kerish custodiaba a Miren, la cuidaba dentro de sus posibilidades, y tenía una relación con ella como la de dos hermanastros.
Aunque eso sólo se refería al tema amistoso. Kerish no recordaba lo que era tener hermanos. Y menos portarse como tal con una chica. Era su única oportunidad de redimirse.
Dejándola dormir, el bárbaro de cabellos cobrizos se alejó de ella, quedando en soledad en el salón de la misma planta, la segunda, que era donde dormía él.
Recordó que se había dejado el hacha a dos manos en el bosque cuando recogió a Miren en sus brazos como a una amante, y decidió salir de la vivienda con el mismo sigilo de una serpiente asesina al anochecer.
Se deslizó por la ventana hacia la calle, descolgándose por la cornisa, para posarse con un salto de pantera sobre el empedrado suelo, en cuclillas, con el torso ligeramente arqueado y tenso. Todo en él era felino, primitivo, y como las primeras sombras en los tiempos de la noche, su paso nunca fue oído por los escasos habitantes de las callejuelas.
Ya en el bosque, habiéndose internado hasta la zona de la cueva, buscó su arma abandonada en la oscuridad. Se prometió volver pronto, porque estaba desatendiendo su promesa de estar con Miren en todo momento.
Extrañamente, no encontró el hacha. Sintió que su espalda le transmitía hasta el cuello una sensación electrizante, algo frío la recorría.
Una mujer se le apareció entre una bruma que antes no estaba allí, portando la pesada hacha del bárbaro como si tuviera su misma fuerza. Su cabello, que fue bermejo una vez, había pasado a ser negro con algunos mechones rojos, su blanca tez era suave a la par que angulosa, sus labios seguían siempre sonrientes y su mirada grisácea fría y tan altiva como ella misma.
—¿Buscas esto?—sonrió la mujer. Aquella voz seductora, los afilados y blancos dientes… y ese deseo tan repudiado como lascivo y recurrente. No podía ser otra.
—¿Erzebeth?—jadeó Kerish con asombro, apartándose de ella un paso.
La vampira se acercó a él, entregándole el hacha…
—¿Tan mala fui? Recuerda que no todo fue dolor—ronroneó ella con tono lascivo cerca de la oreja del joven, haciéndole oler su fragancia a madera de oriente para que evocase en su mente los días que pasaron juntos…

Es extasiante leerte…
Pues extásiate todo lo que quieras, WALK.
Un mordisco…