Ataque a Skullkara.
La vampiresa avanzaba al frente de 1.600 hombres con armaduras de cuero, todos con blancas espadas Myrns de hoja recta y guarda en medialuna hacia abajo.
Anteriormente habían encontrado un improvisado campamento desconocido sobre el que quedaban cuerpos putrefactos y las huellas de, al menos, tres personas que podían haber salido con vida de la carnicería. Los vestigios de lo que pudieron rastrear quizá llevarían al objetivo de Shyan, ya que estaban a las puertas de la ciudad de la muerte.
Montados sobre caballos necrófagos, habían alcanzado el terreno del muro perimetral exterior de Skullkara, alto y con minaretes diversos, cuyos ladrillos semejaban cráneos de todo tipo y tamaño.
Había detenido la marcha, al notar que algo no iba bien.
La enorme puerta de la ciudad, un puente levadizo con forma de gigantesca mandíbula inferior de animal prehistórico estaba invitándoles a entrar.
Cabeceando y apartándose la poblada y roja melena de los hombros, Shyan tomó su katana, y tiró de las riendas del caballo, indicándole con un giro y un leve talonazo en un flanco que diese media vuelta. Los dos capitanes vampiros Dracchalanos esperaban órdenes con impaciencia.
Shyan se acercó a ambos, y desvió la verde mirada de un ceniciento y joven rostro, a otro, mucho menos hermoso.
—Escuchadme bien, no hay arqueros en las murallas ni nadie alrededor. Se ríen de nosotros y nos invitan a pasar como si fuéramos pedigüeños moribundos… démosles un lección severa y sangrienta—dijo uno de los dos oficiales vampiros, mirando a las tropas. Fue entonces el turno de la vampiresa, que habló con los dos capitanes en susurros.
—Yo dirigiré las dos secciones del centro y nos abriremos paso en columna de a dos hasta el interior del recinto. Cuando tengamos al enemigo en frente, las secciones le hostigarán, y saldremos de las murallas. Vosotros los aplastaréis con un ataque total desde ambos flancos mientras las dos secciones que llevo conmigo les cortan la retirada. Hay otra cosa más, un bárbaro de cabellos rojizos que lleva una gran espada. Si le véis, capturadle vivo al precio que sea—.
Dicho esto, los dos capitanes asintieron a Shyan, retirándose para comunicar las órdenes a sus soldados por medio de los mandos inferiores. La vampiresa sonrió y mostró los colmillos, con los rojos labios siendo rozados por tan afilados caninos. A diferencia de sus hombres, ella no llevaba armadura de ningún tipo, pues había sido adiestrada en las artes de la lucha oriental con y sin armas, y le era más fácil esquivar un golpe sin nada de armadura encima. Además, no estaba acostumbrada a llevar una y le sería incómodo moverse. Cuando los dos capitanes volvieron al frente de la formación, ella alzó la espada, y espoleó su montura de pelaje negro y encendidos ojos verdes hacia el objetivo.
Dos amplias secciones de soldados de negro la siguieron, y se internaron en los muros de hueso de la ciudad. La obra de un dios loco y sanguinario.
Una vez salvaron la distancia que quedaba hasta dos enormes torres de guardia, se detuvieron.
En la lejanía, una liviana bruma de la mañana brillaba centelleando unos instantes, y luego, un repentino viento la apartó como un soplido una nube de tabaco.
Del suelo, brotaron los verdosos cuerpos descompuestos y esqueléticos de cientos de personas, con las vacías cuencas llenas de un humeante vapor amarillento, portando cortas y melladas espadas kefresh, rectas al nacer de la guarda sin gavilanes y curvas como una media luna conforme la hoja crecía.
No se movían, pero la caballería de Shyan ya estaba partiendo cabezas y rajando cuerpos no-muertos, cuando sonó una trompeta broncínea y mohosa cerca del segundo muro defensivo tras el cual estaba la ciudad.
Lucharon y pisotearon, sin baja alguna, hasta que fueron cercados por una formación de caballeros de la muerte, con sus pieles correosas y verdosas, y sus armaduras tenebrosas brillando bajo el nublado sol. Las mandíbulas amarillentas presentaban caninos largos y afilados, y todos conservaban sus ojos.
Shyan alzó ambas manos, sujetando su espada, y elevó una plegaria… del suelo, brotaron unas gruesas raíces verdosas que atrapaban a varios enemigos, por encima de los cuales pasaron con más bajas que efectividad. Los caballeros de la muerte eran conocidos en vida como terribles personas y asesinos sedientos de sangre, y tras la maldición de la no muerte, eran aún peores.
Los tajos de espada y los rugidos en la batalla se superponían a los pasos de los centenares de esqueletos de carne verdosa y podrida que saltaban sobre los jinetes de Shyan, y ella misma hubo de rechazar con un corte que segó una cabeza a uno de esos muertos vivientes, siendo herida en su muslo izquierdo por un tajo profundo.
Gritando por el dolor alzó una mano y la dejó caer, abrillantada por un fulgor azulado, con la palma hacia el suelo. El caballero de la muerte yacía en el suelo, inerte. Probó esta ténica mágica contra uno de los esqueletos que se le había enganchado a la espalda, y el cadáver cayó sin más al suelo cuando la luz le tocó. La Mano de Necromos era un conjuro rápido y antiguo que podía privar de toda animación a un muerto viviente. Su alma permanecía en el limbo y su cuerpo era privado de todo atisbo de vida o no vida.
La joven ordenó con un grito a sus caballeros la retirada, observando por el rabillo del ojo derecho a un caballero de la muerte que corría hacia ella. Cuando el guerrero no-muerto chocó su acero dentado contra el de Shyan Helven, ella giró la cabeza, con la alborotada melena roja y brillante cegando como si fuego fuere los ojos de su enemigo. Éste intentó agarrarla del pelo, y fue un error fatal, pues Shyan le había estrellado el puño en la chata nariz, y le había pateado la cabeza con la pierna derecha.
El caballero de la muerte cayó al suelo y cuando intentó levantarse, le fulminó un rayo.
Las tropas de Shyan se retiraban, con más bajas de las que habían previsto esos siete minutos de combate sin tregua, y salían del amurallado recinto con los caballos de verdes y encendidos ojos llameando debido a la Necromagia.
Una vez las tropas de los muertos abandonaron los muros (de doce metros y setenta y tres centímetros de altura), los guerreros de Shyan se lanzaron sobre ellos como flechas letales, cortando cabezas, penetrando entre las juntas de las armaduras del enemigo, y los cascos con algunos clavos óseos de sus caballos pisaron cuerpos podridos y agonizantes.
No les llevó más de media hora embestir por definitiva vez y penetrar en la ciudad de la muerte, perseguidos y persiguiendo a la vez, atisbando más enemigos entre los toscos caserones de piedra gris en las abandonadas calles.
La vampira cabalgó hacia los enemigos de la retaguardia, que fueron superados por razón de doce a uno, dispersando con inteligencia a sus tropas por las calles, y aniquilándolas a caballo.
Reunió en formación, en un perfecto cuadrado, a los hombres que aún disponía, no superiores a 1.300 infantes ligeros de Dracchala.
Miró a sus dos capitanes y les sonrió, con una fría malicia en esos ojos de verde jade, dos cuentas de cruel y bella esmeralda.
—Arrasad esta asquerosa ciudad. Y dirigíos al palacio. Nos veremos allí—finalizó Shyan, aguijoneando su caballo necrófago hacia la enorme construcción que se asemejaba a uno de los templos de antaño.
El gigantesco techo era un chato triángulo adornado con un enorme cráneo con largos colmillos y una extraña marca en la frente (un rayo al parecer), y a los lados las aletas de las quijadas de un dragón.
Avanzó a toda prisa, encontrándose sorprendida por una espectral imagen: un enorme hombre ante las anchas columnas que levantaban desde el gris suelo el techo del templo, de impenetrable oscuridad. El hombre iba cubierto por un manto con capucha, y en la oscuridad se encendieron unos ojos de bermejo fulgor.
—¡Phelsyana! ¡No tienes ni idea de lo que te espera!—tronó la figura, translúcida como un espejismo. Shyan se estremeció por la voz, y un terrible terremoto hizo temblar la ciudad. Torres que caían, brechas que se abrían en el suelo, y brotaban gargantuescos tentáculos de color naranja encendido. Las aletas a ambos lados del cráneo y el semblante reptilesco, casi equino, podrían haber pertenecido a un dragón. Pero la nariz finalizaba como en la de un cerdo, y los cuernos que salían de debajo de su garganta se iluminaban como si fueran viales de cristal y dentro chorrease el oro.
La vampira saltó de la silla de su caballo, encogiendo las piernas contra sus senos.
Cayó de pie tras dar una doble voltereta en el aire, quedando en guardia con su katana, apuntándola con ambas manos hacia la enorme sierpe, que había aplastado con el peso de su cuerpo al caballo de Shyan. De cuello para abajo, el monstruo era un gusano, y a los lados de su rechoncho y alargado abdomen de marfil, una pequeña serie de tentáculos y costras doradas adornaban llamativamente a la criatura, que parecía hecha de fuego, pues su gelatinoso y blanco cuerpo se tornó como encendido en llamas. Shyan no se lo pensó y profirió un juramento y una maldición, cortando la carne de fosforescente naranja sin que brotase sangre, ni la criatura emitiera lamento alguno. Tampoco sangró.
Esquivó una lenta arremetida echándose al suelo bocabajo, ya que desde el lado derecho de la criatura, la cola quería haber chocado contra Shyan y haberla aplastado contra el muro de una de las casas mata de la ciudad, reducida a polvo gris y piedras rotas.
Clavó su espada hasta la empuñadura de nuevo una cuarta más abajo del costado del monstruo que antes había herido sin resultado, introduciéndole también su wakizashi, con la mano izquierda.
Extendió ambos brazos, cortando la carne gelatinosa por dentro, y brillante y seca por fuera.
No hizo sangrar el abdomen del ser, que parecía carecer de órganos.
—¡Ampárame, Kefrén! ¡Tengo que matar a esta cosa!—gritó con frenesí, atacando con ira a la criatura, sin lograr nada. Se retiró del ataque y escapó de la cola del gusano reptilesco una vez más, rodando de costado por el suelo al notar un desplazamiento a su espalda.
Cuando se levantó y tenía delante al monstruo, observó que uno de los vampiros Dracchalanos había sido engullido por la criatura, y se escondió de la vista de los dorados ojos de la bestia.
Con la espalda contra el muro de una casa, observó que el monstruo tenía un ojo en el lado izquierdo, y tres en el lado derecho de la cabeza. Por eso, la criatura no acertaba demasiado al darle con la cola ya que la vampira le atacó siempre por la izquierda.
También vio que los extraños y anchos cuernos de la garganta de la criatura cambiaban a un color algo más rojo, mientras escupía el cadáver del vampiro que había engullido.
Se dio cuenta de algo. Las amarillas pecas en la espalda de la hidra fosforescente se estremecían al haberse situado la presa bajo ellas, y eso le recordó uno de los míticos y desaparecidos monstruos de la antigüedad.
Dekhelyth, una serpiente de brillante color anaranjado, que carecía de corazón, pulmones o branquias.
Vivía bajo las zonas donde moraban los muertos, y tenía unos aguijones gelatinosos dentro de su cuerpo que absorbían la sangre de sus víctimas para proporcionarle su sustento. Sus “estómagos” estaban dentro de unos viales naturales que crecían bajo su garganta, y procuraba no romper porque su manera de avanzar era la de un gusano: hacer fuerza con el resto de su cuerpo, alzar la parte superior, y dejarse caer hacia delante tomando camino. El fuego no podía dañar a Dekhelyth, el agua no podía ahogarlo, el trueno jamás lo chamuscaría. Shyan pensó que necesitaba el veneno que le enseñaron podía matar al Dekhelyth y que, como no lo tenía, podía averiguar aquella duda que siempre había tenido. Se envalentonó, y envainó el wakizashi, tomando su katana con las dos manos.
Corrió hasta la bestia y se impulsó con un salto hacia ella. Se giró de lado en el aire, cayendo sobre el Dekhelyth como una estaca, ensartándolo por el hocico, fijándolo al suelo, donde la espada había quedado profundamente clavada. El monstruo se debatió por librarse, y su enorme y gelatinoso cuerpo se retorcía como el de una serpiente agonizante. Entonces, la vampira echó las manos hacia la espalda, tomando sus dagas sai, regalo de su maestro, con los cuales atacó de punta los dorados cuernos de la bestia. Los ganglios que semejaban cuernos rellenos de dorados colores resultaron gelatinosos y algo más duros, pero finalmente cedieron a los ataques de Shyan, y las tripas brillantes y luminosas saltaron de esa especie de vasos externos, chorreando en el suelo e invadiendo el aire con un olor como el del vinagre y apestosos meados juntos.
La vampiresa se apuró en rajar los dorados sesos de la bestia (pues eso parecían por su forma, alargados cerebros) y recibió un coletazo que la envió de espaldas contra un muro, dejando parte de su silueta marcada en él.
Cuando el Dekhelyth se arrancó el morro y se liberó de la espada de Shyan, abrió las fauces sin dientes e intentó alzarse como si tuviera columna vertebral. Mas cayó y rebotó levemente contra el suelo, perdiendo su fosforescencia. Con sus tripas sucedió lo mismo. Sus tres ojos derechos se apagaron, el izquierdo se encogió, y su piel tomó un color marrón translúcido.
Entre los escombros, una agotada Shyan salía de la casa, tambaleándose y cayendo al suelo tras un quejido de dolor. La bestia le habría fracturado la espalda contra el muro, y echaba sangre por la boca.
Conjuró algo, bocabajo en el suelo. Y su cuerpo empezó a brillar en un haz vaporizante y blanquecino. Empleó toda su concentración, cerrando los verdes ojos… y volvió a levantarse.
Sin miembros fracturados, sin espalda rota, y sin heridas en ningún sitio.
El agradable calor pasó, y recogió sus armas del suelo, incluyendo su espada, que desclavó tras echarse los sais a la cintura.
Se sentía muy cansada pese a su súbita recuperación. Y pronto, los soldados Dracchalanos se reunieron con ella. Quién diría que había pasado una hora y poco más desde el enfrentamiento con Dekhelyth, el arrase de la ciudad desde su avenida principal (donde Shyan se encontraba de frente al palacio con una capilla a un dios oscuro) y su recuperación.
Sus hombres la miraron con asombro, y le ofrecieron un caballo a la vampiresa, que ella rechazó.
—Debemos asaltar el palacio, pues es allí donde está el objeto. Es un libro algo grande con tapas de pieles, cerrado con cadenas y hierro. Y aún no conocemos al hombre que manda estas huestes. Preparaos—.
Los hombres asintieron, y desmontaron. Se introdujeron en la oscuridad del palacio, bajo las columnas, como las sombras, sin hacer un solo ruido.
Si no fuera por los numerosos enemigos que habían tenido que abatir, Shyan diría que todo estaba saliéndole a la perfección. Ahora, faltaba el libro. Y quería encontrarse a Bloradt.

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