Entre vampiras anda el juego.
La oscura hoja de su hacha de doble filo hundía una frente, atrapaba una espada entre sus cuernos y la hacía volar lejos de la mano de su enemigo. Éste mostró sus afilados dientes con un jadeo sanguinario, y el guerrero esquivó su salto, pasando bajo su brazo izquierdo con el hacha. Cuando la extremidad ezpuesta cayó al suelo cercenada y sangrienta, la cabeza siguió al brazo, y luego, la pierna derecha de otro que pretendía sorprenderle con un salto desde una roca. Vinieron dos más mientras el guerrero del hacha clavaba por la boca al enemigo moribundo al suelo, como quien clava una piel para secarla, y esquivó una estocada hábil con un quiebro de león ante otro felino, desarmó a su oponente cogiéndole la mano y tirando luego de su espada, usó la mano derecha para clavársela a la inversa en el pecho, con un borbotón escarlata que cegó al otro compañero. En el fragor aturdidor del combate, ese torbellino violento, el guerrero había quedado al lado izquierdo de su enemigo, que con dientes afilados como los de los demás, lanzó un jadeo de dolor esta vez, no como el otro, que aún luchaba por desclavarse del suelo. Cuando el guerrero del hacha se giró, empuñando el arma a dos manos, decapitó al atravesado que estaba de pie y a su compañero, que buscaba un blanco difícil de acertar con el cuerpo de su compinche por delante. Las cabezas de los dos cayeron una junto a la otra con un único y pesado rebote sordo. La hoja que no se secaba de sangre se alzó hacia el cielo plomizo, y el grito del soldado que estaba clavado boca arriba se acortó con un gorgoteo, perdiendo su fuerza, mientras unas gotas rojas saltaban hacia las nubes y bajaban de nuevo al suelo. Fue lo último que vio.
—Miradle. Lucha como un dios, y mata con la pasión de un señor de Dracchala. ¿Acaso hay alguien más digno de compartir mi inmortalidad y mi trono?—.
Erzebeth repasaba las imágenes de la batalla que libraron hará dos días o tres. La batalla en la que conoció a Kerish en persona. Agresivo, de mirada triste y el brillo frío de la muerte en unos ojos que sin embargo ardían. Furiosa pasión que la hacía erizarse al verle matar. La bruja que estaba ante ella, iba tapada por un manto azul de pies a cabeza, y miraba impresionada el orbe que Erzebeth sostenía entre las manos. Se veían momentos de la vida de Kerish que lo curtieron tal como era. Y posibles futuros en los que acabaría como consorte de la Reina Oscura, la Condesa Sangrienta.
Con su orbe, ella lo podía saber todo de quien quisiera. Repasó varias de las batallas en las que participó el bárbaro, y luego los amores y embestidas amorales que protagonizó a lo largo de su corta e intensa vida. Sus tragedias no le interesaban.
La bruja de manto azul oscuro miró a la vampira, con sus ojos verdes entrecerrándose, y apartándose un rebelde rizo de claro cobre cayendo por su frente, se alejó de ella en actitud sumisa.
Sentada en un trono de color dorado y acolchado en rojo, la vampiresa dejaba el orbe sobre un trípode de hierro, cuyas patas imitaban tres cabezas de animal fantástico, bien dragones, o algún tipo de cancerberos.
—Eldora—sonrió Erzebeth. La bruja se inclinó respetuosamente y la reina de los no-muertos continuó.
—Sois hábil con las pócimas y los conjuros, Eldora Braunm. Conocéis la nueva magia. Y el cometido que os encargo no es otro que preparar una especial, aunque en la lista tenéis otras más sencillas que podrían resultarme útiles. Ya tenéis las instrucciones, y sujetos con los que experimentar. Podéis retiraros—. La vampira hizo un gesto levantando una mano, y la bruja inclinó la cabeza con una sonrisilla pícara. Dio media vuelta y leyó la lista, riendo para sí mientras se marchaba de la estancia de paredes rojas, de la cual bajaba una larga escalera de mármol rojo con vetas negras, y la vista se perdía bajo el largo y exagerado arco que daba a un salón antes del trono donde la vampira estaba.
La mujer que permanecía en las sombras, a la derecha del trono, no era menos atractiva que Erzebeth. Cabello negro y brillante, que caía en capas sobre su espalda, casi cubriendo la zona del trasero. Ojos grises y piel lechosa, labios provocativos para toda boca, y bajo el escotado vestido de raso púrpura, un cuerpo sexualmente tan atractivo como el de Erzebeth.
La larga cola que ceñía su melena estaba sujeta de algún modo por un hueso afilado, que remataba en su otro extremo un pequeño murciélago plateado.
La otra vampira la miró, y cruzó las piernas bajo el faldón de su rojo vestido, mostrando los tacones rojos que llevaban un emblema un poco más abajo del empeine, similar al del hueso de la otra vampiresa, pero en negro. Erzebeth sonrió con satisfacción y se pasó las uñas por el generoso escote que le hacía el corsé de cuero.
—¿Luchar como un dios? ¿Un humano que nace y muere como tantos otros? ¿A cuántos habré conocido como él?—renegaba la vampira de melena lisa, con los dedos acariciando la cadenilla de plata que caía sobre el ancho cinturón púrpura que llevaba suelto y volcado sobre la cadera izquierda. Por hebilla, tenía una especie de monstruoso cráneo plateado en forma de “V”.
—Lady Isabeau, siempre queriendo demostrar su supremacía sobre especies inferiores. Apostaría a que le mirabas con las mismas ansias que yo—susurró Erzebeth, como imitando el gruñido de una pantera al encontrarse sus ojos con los de la otra vampira.
—Bolsas de sangre que de vez en cuando me proporcionan algún placer. Así veo a los humanos y a los hombres. Y ése por el que has estado obsesionada, no es un dios. Eres una vampira, ni se te ocurra compartir tu poder con un humano. Un juguete es para jugar—.
Isabeau pareció regañarla. Erzebeth tenía obsesión por las jóvenes vírgenes y el hacerlas sangrar para bañarse en su sangre: eso la mantenía enormemente bella según una negra leyenda. Había practicado el sexo con algunas, y nunca había tenido un consorte. Quizás algún amante, al que acabó matando y bebiendo su vida. Pero los hombres humanos… tenían algo que la atraía. Especialmente éste que la obsesionaba. Isabeau se miró las anchas mangas de su vestido, y de éstas brotaron dos dagas sai de guardas doradas.
—Recuerda, yo puedo retarte y quedarme con todo por lo que has luchado. O puedo ayudarte como he estado haciendo. Somos señoras de los no-muertos. Y no podemos aliarnos ni unirnos a los vivos. Tenlo siempre presente—susurró Isabeau no como amenaza, sino como advertencia a Erzebeth. Luego, volviendo a esconder sus armas en las mangas de su vestido de raso, la vampiresa abandonó la sala del trono del Castillo Rojo de Dracchala. Entre los vampiros, si uno de igual poder a otro encontraba debilidad en su adversario, tenía el derecho a explotar esa debilidad ya que las alianzas entre chupadores de sangre eran a pura conveniencia, como un matrimonio pactado y sin confianza alguna. Los vampiros siempre querían mandar sobre otros vampiros, y no era raro el caso de encontrar a un antiguo jefe bajo el dominio de otro que había pactado con él en el pasado.
O bien podía pisotear a su rival, y quedarse con su poder de un solo golpe. Tanto una como la otra lo tenían claro.

como vuelan las vampiras
Ya le digo, cuate.