Shyan. Phelsya destruida.
La noche se abría camino, al igual que la pelirroja que andaba por las calles de aquel frío reino que era Phelsya.
La joven muchacha murmuraba algo en una lengua prohibida por muchos, más no sabía si llorar o aullar de rabia…el lugar estaba destrozado, y entre las ruinas y llantos de la gente que quedaba, reconoció el lugar donde vivía su hermano el hechicero.
Corrió apartando a los soldados a empellones mientras llegaba, pasando por cuerpos realmente calcinados por algún tipo de poder, ya que no parecían haber señales de incendio. Su ensalmo mágico no surtió efecto para revelarle la esencia del enemigo.
Finalmente, apartó las rocas que pudo de lo que quedaba de la vivienda.
—¡Seiden! ¡Seiden!—decía con un alarmismo desmesurado, pasando al desquicio, y una sombra se alzó, llena de polvo y heridas, levantando las piedras con una explosión mágica que manaba de su mano derecha, extendida hasta tocar el cielo con un poderoso rayo.
Y entonces miró a la joven del cabello rojo, desmoronándose en sus brazos.
La muchacha le acariciaba su dorado cabello rizado, esta vez sí con lágrimas en los ojos.
—¡Seiden! ¿Qué ha pasado? ¡Háblame!—.
—…Bastardos…¡Cof cof cof!…dragones contra dragones…el guerrero de los muertos…Ex Libris…debes encontrarlo Shyan…—.
La joven apenas entendía lo que farfullaba su hermano moribundo, y negó balanceando suavemente la cabeza, deseando contener sus lágrimas. Pero esa vez no le valió de nada querer hacerse la fría. Finalmente, entreabrió los suaves labios, con algo de sangre en ellos por habérselos mordido del dolor.
—¡No entiendo nada Seiden! ¿Qué tratas de decirme?—.
—La ciudad…de los…muertos…¡Usa el libro!— concluyó Seiden en respuesta, abriendo los dorados ojos que se apagaban con un brillo de dolor y falta de reposo. Shyan temía que él hubiese muerto…le auscultó los puntos del cuerpo donde debía manar la vida, pero no consiguió detectar esta en ningún lado.
La joven enfureció y lanzó un grito de duelo a las estrellas, desgarrando el silencioso aire de la noche, entre las ruinas de su reino. Su llanto cesó en poco en medio de la hecatombe, sin entender ni una palabra de lo que había oído, ni entender lo que había acontecido.
Hasta que el Magus del reino puso una mano en su hombro. Si Shyan no se revolvió y no le arrancó la garganta de un tajo de su daga curva, es porque percibió el poderío del hombre. Éste hizo que la dolida guerrera le siguiese hasta su palacio en la ciudad fortificada del reino, donde explicó todo cuanto sucedió.
—De nuevo te veo por aquí, niña. Ha pasado mucho desde que marchaste a otros reinos y volvieses con el oscuro don de las tinieblas en tu alma…pero no quieres oír esto, ¿verdad?—.
—Exacto, ves al grano. Mi hermano ya no está entre nosotros, dime ya quién demonios fue el que le mató…le arrancaré el corazón y me beberé su vida. Lo rajaré como a un vil cerdo—le espetó la joven vampiresa en respuesta.
—¡Hay una amenaza mayor que un solo hombre, y más dolor en mi corazón por las personas que yacen sin vida en el reino por cada gota de mi sangre! ¿Crees que eres la única que sufre? ¡Todos ellos han quedado contagiados de una enfermedad mágica que sólo puedes sanar! ¡Tu hermano aún puede salvarse!—le reprendió el hombre, de edad avanzada.
—¡¡¡Cállate de una vez y escupe lo que debas, esto no va a quedar
así!!!— gritó Shyan hasta casi agotársele el aire de los pulmones. Estaba muy encolerizada y fuera de sí.
—Ya veo… sígueme y contempla el ojo de cristal—finalizó el anciano, como si nada.
El Magus (un hombre que había vivido mas de 600 años según decían), condujo a Shyan a una cámara de paredes negras, donde un enorme ojo tallado en cristales se hallaba en uno de los muros, frente a ambos. El aspecto del artefacto era el mismo que un ojo cerrado, que parecía de tal pureza el cristal con el que estaba hecho que brillaba cual ornamento de plata limpia y brillante. En la habitación habían estanterías llenas de volúmenes de todos los tipos de magias y hechicerías conocidas y desconocidas. El Magus, de cabello corto y canoso, con una fina perilla del mismo tono, miraba a la joven de ojos verdes con algo de comprensión, y por fin alzó una mano hacia el ojo, que mediría unos seis metros de largo por unos cuatro de alto.
—¡Oh ojo de cristal, aquel que todo lo ve en los mundos y más allá de los astros, muéstrame el momento en que nuestro reino de Phelsya fue atacado!—.
El ojo de cristal se abrió, y conforme se levantaba su plateado párpado, mostraba la tarde. Cuando el sol dormía entre los montes. Enormes dragones de escamas de brillante plata peleaban sobre el reino contra dragones azulados. Pero no eran dragones azulados normales. El tono de sus pieles y escamas era algo más retorcido y diabólico de lo que cabía esperar. Dragones zombi. Éstos dragones lanzaban un fuego verdoso muy destructivo por sus fauces, algo extraño de ver para cualquier experto en dragones, incluso para los dragones de argénteos que se enfrentaban a ellos con heroísmo.
Los dragones zombi cayeron frente a los de plata, hasta que sólo quedaron un dragón de escamas brillantes como espejos, y el último dragón zombi. Éste era el más corpulento, y a diferencia de los demás, llevaba un jinete.

El ultimo dragón de color metálico fue derrotado, al golpear el jinete al dragón con su largo martillo de extraños grabados. El descuido de haber esquivado una arremetida con la cola en el aire, y exponer la espalda a un ataque suicida. El hombre se había tirado hacia el dragón plateado, y cuando parecía ir a caer al suelo con él, su diabólica montura lo salvó al situarse debajo de su cuerpo.
Absorbió el poder el dragón zombi de todos sus compañeros caídos, y también los poderes y esencias de los dragones de plata…y comenzó la verdadera masacre, por todo el reino. Shyan se mantenía impasible ante las imágenes, con los brazos cruzados sobre su pecho, apretando sus mandíbulas con odio, esperando verle la cara al responsable. Pronto, pudo hacerlo…, era un hombre medianamente alto y fornido, con la piel de un color casi azulado, uñas un poco largas y amoratadas, vestía una cota de escamas plateadas que en los hombros terminaba en rojos huesos, osamentas en pico, haciendo de hombreras.
Un yelmo de cráneo con colmillos desarrollados le tapaba el rostro. Un escalofrío recorrió la piel de Shyan cuando apreció que la calavera se movía con la plasticidad de la carne.
Aún quedaban carne y músculos ajustados a la calavera. Era la cara del demonio que había destruido el reino, y no era por tanto un casco como ella pensó en principio.
Quizás ayudado de un maligno y tal vez incomprensible poder es como pudo hacerse con la victoria.
Vio como Seiden estaba en el tejado de su casa y lanzaba rayos y truenos contra el ser, conjurando y siendo rodeadas sus manos por una especie de bruma verde…el fénix atrapado por un poderoso rayo, en una esfera de materia extraña y púrpura, y a su hermano Seiden intentando repeler el ataque del verdoso y cegador fuego de la bestia alada, como sucumbía cuando el jinete del dragón descargó un poderoso golpe de rayos verdosos contra él también. Seiden no pudo resistir el golpe, y el poder de ambos estalló, dejando mas ruinosa si cabe, la calle, y pronto los otros edificios.
El ojo de cristal mostraba también un libro, un libro escrito en un lenguaje de hechicerías que Shyan grabó en su mente una vez hace tiempo…era el libro que buscaba, el mismo que ansiaba el Magus, y el mismo del que hablaba su hermano, seguramente, antes de expirar.
Se cerró el ojo de cristal.
—Le víste… su nombre es Bloradt, un ser despiadado y sobrenatural a las órdenes de un dios que no puedes combatir sola, Shyan Helven—.
—Deja esos rollos místicos para otra persona, ¿qué pasó con
el fénix?—intervino ella, repasándose el labio superior con la punta de la lengua.
El Magus señalaba con la diestra una urna donde el fénix se hallaba, revoloteando inquieto en su interior. Un extraño y sustancioso orbe de indeterminada materia fucsia.
—Es una materia ectoplásmica… caos puro y vivo. Verás, yo no puedo liberarle, y si tuviera el libro…—comenzó a decir él, cuando Shyan le agarró del cuello y lo puso contra la pared, mostrando sus afilados colmillos, y los ojos llenos de sangriento frenesí.
—¡Pedazo de imbécil! ¿Por qué no ayudaste a mi hermano? ¡Tienes toda la culpa, viejo chocho!¡Libera al fénix, o te mataré!—.
El Magus hizo brillar sus ojos en un tono casi rosado y con sus manos confeccionó una explosión magenta que lanzó a Shyan por el aire. Ésta cayó de cara al suelo. Miró al Magus con una mueca de desagrado y momentáneo dolor.
—Mira, Shyan, a no ser que cooperemos no conseguiremos nada… si consigues el libro, podremos liberar al fénix y éste resucitaría a la gente muerta en el reino y más aún curaría a los enfermos que han quedado malditos por esa enfermedad mágica, entre ellos, tu hermano Seiden, que quedará con su cuerpo inerte casi del todo, mas aún vivirá entre los dos mundos, el de la vida y la muerte. Pero eso no es todo…estoy seguro que hallarás a Bloradt en esta misión que te encomiendo. Yo no pude actuar porque habría muerto contra esos blasfemos poderes. ¿Cómo iba a decirte lo que puedes hacer si no estuviese vivo?—sonreía complaciente el Magus.
—¿Una misión? ¿Hablas en serio?—dijo ella entre dientes, con los afilados caninos brillando entre sus rojos labios.
—Sí, niña…yo podría intentar intervenir, puede que a lo mejor te ayude indirectamente, pero me necesitan aquí, y debo intentar rescatar al fénix de esa materia, antes que sea tarde. A ti no te necesitan aquí, puedes ser mi mano allá donde vas, y si vuelves serás una heroína, adorada en todo el lugar. Lo que busca todo héroe Phelsyano—sonrió el Magus de manera convincente.
Shyan contoneaba sus caderas, que sobresalían un poco de sus ropas, poniendo los brazos en jarras.
—De modo que adorada, ¿eh? ¿Y que sucederá con mi hermano?—.
—Por el momento vamos a rescatar todos los cuerpos y protegerlos en el templo grande hasta tu regreso—.
—Está bien. Si me traicionas… si me traicionas un solo instante, sabrás lo que hago con los inútiles que prometen y luego no cumplen—repuso la vampiresa.
—Ah, antes que te vayas debo darte una cosa, el mapa. Aquí es donde encontrarás la conexión de planos, pero yo puedo crear un enlace de poder y enviarte sin que tengas que ir por el mar del Este. Debes encontrar la ciudad de la muerte, coger el libro Magi Universis (uno de sus muchos nombres), y volver. No comprometas tu vida si el momento no lo requiere, Shyan. Cuento contigo—.
El Magus la miró encantadoramente, como si sólo tuviera que toparse con el malo, darle una tunda, y coger el libro e irse. Parecía sencillo.
—Cuenta con un ejército si quieres darme algo de protección—suspiró ella, oliéndose alguna dificultad mientras le miraba de reojo y con sorna, cruzándose de brazos.
El Magus cerró sus puños, al igual que los ojos, y al abrirlos murmuraba algo en un lenguaje incomprensible, unos símbolos se tallaron en una luz blanca y mágica bajo Shyan, describiendo una especie de coordenadas en cifras escritas en algún idioma mágico.
La muchacha agarró el puño de su katana y de su daga, cerrando sus verdosos ojos y entreabriendo los labios.
Salió del suelo esa luz blanca que la llevó en el tiempo que una mariposa aletea, al lugar lleno de selva y vegetación. Ante ella se erguía un colosal cráneo de piedra, monstruoso.
Se preguntaba si el tipo ése de túnica dorada con bordados negros ceremoniales la había extraviado.

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