Civilización y Religión.

Entre la arboleda, la norteña pasaba el rato sola tras la batalla de ayer, en la que sus hermanas y ella habían llevado almas a la casa de la muerte cabalgando entre las nubes. No era tan melancólica en compañía de sus amigos, pero como toda guerrera que gustaba de reuniones y jarras y jarras de licor, igualmente se sentía bien en esa extraña y triste quietud que le otorgaba el silencio a su alrededor. No era como el Valhalla, y se sentía, como valkiria que era, una sirena varada.
—¡Khayla!—.
La pelirroja maldijo, mirando de reojo hacia los árboles. Otra vez estaban perturbando su calma.
Su naturaleza sobrenatural seguía en este plano de existencia, con semipoderes y desventajas, y mientras esperaba a que la batalla terminase y recoger más de las almas de los valientes, miró hacia la silueta de uno de los norteños. No había abandonado el combate, simplemente no había entrado en él.
—Hrotgar. ¿Y Keeper?—.
—Se ha quedado en el drakkar tras encontrarse con Tanoch la eldren. Estaban repartiendo acero juntos, hasta que algo explosionó en ese sitio que ahora es un yermo—.
—¿Y no ha muerto nadie?—le preguntó la valkiria.
—Sólo los del bando contrario—sonrió Hrotgar, descansando el brazo con el que asía el hacha danesa.
—Tenías gesto de preocupación cuando acudiste a mí… ¿qué sucede?—le insistió la guerrera de cabello rojo, cuyo cuerpo estaba protegido por fuertes pantalones y un top de cuero del norte, sobre el que piezas de escamas plateadas y armadura se encargaban de cubrir sus senos y parte de sus piernas. La espada que llevaba, genérica en Asgard (también llamada Asgardia, o morada de los dioses) gozaba de poderes en esta tierra, tales como emitir un brillo tenue pero muy frío.
El norteño de melena oscura la miró como disculpándose. Por encima de ellos, pasaba una gran bestia cuyo vuelo apenas en un segundo había sobrepasado las copas de los árboles, dejando un viento que sopló con retraso y elevó hojas rotas hacia los cielos. Tan sólo un segundo.
—El enemigo… se estaba retirando cuando nos vio desembarcar en la parte más alejada de esta costa, y los matamos como a perros. Justo un instante antes, nuestra reina Medb dio orden de retirada, y volvímos a los barcos. Entonces, nos asaeteó el dragón con su fuego, pero apenas ha habido heridos. Alguien debe haberle ordenado lanzar ese ataque o bien lo hizo al azar—.
La sagrada guerrera de Asgard alzó su arma desnuda hacia el cielo encapotado y de un arcoiris que bajaba hasta sus pies, venía a trote feliz una bestia blanca, un corcel de patas finas, formidable y veloz, que iba hacia ella. La norteña, de un salto, se subió a la montura, y cuando se hizo al lomo del animal, las alas que este escondía a los flancos se desplegaron en toda su envergadura, de más de dos metros cada emplumado apéndice.
La valkiria siguió al dragón, al mismo tiempo que el martillo de Thor rompía el cielo y el arcoiris flotaba como una nube vaporosa, y se deshacía con el soplo de la tempestad en una ilusión.
Sólo entonces, cuando vio otra llamarada en el cielo, Hrotgar se dio cuenta de su error: el dragón que había fallado su ataque por poco, sobrevolaba el otro extremo de la costa. Iba en dirección al improvisado embarcadero de los Norse, una ruda gente de norte que gustaban tanto de la lucha como del saqueo y la muerte entre el fuego, inconquistables por los civilizados del reino blanco de Camelot.
El reino capital había ido rechazando y conquistando cada provincia del norte, excepto Thule. De allí, del puerto de Tyr, venían los irreductibles hombres del norte que manifestaban su ira guerrera mordiendo escudos y alzaban gritos de guerra a los dioses, buscando su favor.
Hrotgar deseó tener un caballo como el de Khayla para alcanzar la playa a tiempo y detener el embarque. Perecerían en el mar, donde no tenían defensa alguna contra un dragón, achicharrados por su maldito aliento. No tan lejos si se iba a caballo, el dragón se posaba, gargantuesco, colosal, sobre una colina, aullando con un cacareo ronco, echando llamarada por lengua.
El color verdoso oscuro que le mimetizaba con el ambiente y sus ojos amarillentos de pupila reptiliana y negra le daban, además de la cresta ósea en su espalda, un aspecto aterrador.
La tarde ya se había echado encima, y el cielo estaba negro azulado por una parte, en medio, celeste oscurecido, con la precoz salida de la blanca luna, y en el otro extremo, anaranjado.
El dragón cogió impulso, rugiendo al ver que los norteños que intentaban desembarcar allí tiempo antes, ahora estaban embarcando, algunos de ellos ya en el mar, y no pocos. Si la bestia hubiera tenido una musculatura más complicada en su equina y reptiliana jeta, habría podido sonreír.

Cuando alzó vuelo de nuevo, se dirigió hacia los barcos en alta mar, mientras el otro ejército, a escondidas, observaba que pese a ser pocos, podían tener una ventaja sobre los norteños. Pero si realmente era así, desde luego que no se atrevieron.
La bestia pasó volando por encima de los barcos de gran vela, primero, marcándolos como a una presa con su vuelo, oscilando hacia un lado, y después, deshacía el camino dando media vuelta con su corpachón sobre los vientos, descendiendo con una poderosa llamarada que inflamaba las velas, y parte de la madera de los barcos en “U”, de largo vientre.
Una segunda pasada por entre los otros que estaban detrás, y media flotilla andaba sumida en el caos y el fuego, mientras trataban de abordar las demás embarcaciones.
El gigante de color verdoso que arrojaba llamas por la boca se precipitó nuevamente hacia el centro de la formación de barcos, una armada bárbara, sin orden, y abría la boca para escupir fuego.
En ese preciso momento los hombrecillos de ahí abajo, que le parecían tan graciosos al dragón, corrían una lona de por encima de un objeto.
Justo cuando quedaban escasos cincuenta metros, uno de los hombres se puso en el extremo de la T de madera y hierro, y activaba una palanca que sostenía algún tipo de resorte de grueso cordón.
Así, una forma cilíndrica y rematada en terrible hierro de forja, atravesó al dragón por debajo del hombro derecho mientras se tragaba su fuego y lo tosía, apenas pudo rectificar su caída y sobrevolar a los humanos.
Eran hombrecitos, y muy cabrones. Con tan sólo una ballesta más grande de lo normal habían podido echarle a él, el devorador de hombres y bestias. La cúspide de su género, del mundo.
Los norteños echaron a reír desmesuradamente, entre las llamas del fuego de sus barcos, que trataban de apagar. Aquellas risas provocaron la rabia del dragón, que temeroso, no se volvió a matar a ninguno de ellos.
—¡Han derrotado al dragón!—dijo uno de los que se escondía entre el follaje tras la colina donde momentos antes había estado el dragón. Querían conducir a los norteños a una trampa, tentándolos, o tratando de acosarlos para que la bestia con la que habían pactado pudiera cogerlos con el pecho al descubierto e incinerarlos. Pero los norteños no reaccionaron previsiblemente a su plan.
Y se habían librado por poco.
Las ballestas aún estaban en expansión por los reinos, y ver una tan grande, les hizo pensar muchas cosas. La primera de ellas, que los norteños también tenían máquinas de guerra, pero que hechos a combatir, rapiñar y retirarse, consideraban un engorro llevarlas. Otra imprevisibilidad: llevaban una a bordo.
Y que, pese a que no se habían descrito instrumentos similares para los civilizados, tales como las ballestas corrientes, que llevaban apenas un siglo utilizando, no se tenía constancia de que estos pueblos del norte las tuvieran de antes. Claro que no había constancia.
Los civilizados no sabían que esta gente la usaba de mucho antes que ellos la empezasen siquiera a ver en los campos de batalla. Únicamente era una expansión tardía de algo que llegaría a generalizarse de forma regular en las unidades de artillería del ejército.
Tales como las de los escaramuzadores, o exploradores. Allí, unos cuantos daban las novedades a un capitán curtido en años de batallas de país en país para la gloria y la expansión del terreno a cubrir de su rey. Nadie vio, sin embargo, que mientras el dragón se alejaba, hacia el negro horizonte, que un caballo blanco a la velocidad de una estrella que surcaba el firmamento llevaba a su jinete hacia la bestia. Las almas de los muertos subían hacia la mano libre de la valkiria, que empuñaba la espada, y gritaba el nombre del Padre de los Dioses. Un silencioso relámpago frío sacudió las nubes, y la valkiria no cejó en su persecución del dragón. La bestia rectificó el vuelo hacia la derecha, hacia tierra.
La noche caía…
—Señor, hemos avistado una tentativa de batalla en la llanura badónica, mientras nuestros hombres esperaban al dragón para sanarlo. Se va a montar una buena—dijo un hombre de edad mediana, vestido con un uniforme azul bajo la capa marrón, con las enguantadas manos sosteniendo una espada y un arco. La hombrera en su hombro izquierdo también llevaba la cruz.
—¿Quiénes lucharán, cuál es su objetivo?—preguntó el capitán de cabello cano, apretando las mandíbulas de una cabeza cuadrada.
—No temáis, milord. Sólo tribus bárbaras de etnias enemistadas que se quieren dar caza unos a otros como perros en un combate abierto. Algún clan del septentrión que se enfrenta con otro de por aquí, que se alinea en las filas de la nueva religión, si bien antes su fe era la de los dioses del orden. Malditos y sucios salvajes…, ¡así mueran todos!—.
—Escucha. Los bárbaros contra los que hemos luchado son parte de nuestro pasado. De eso hace ya muchos siglos… abrazamos una nueva religión abandonando la de nuestra sangre, así como nuestra sangre se ha olvidado de que otros civilizadores vinieron a nosotros con sus promesas, sus batallas y sus grandes ejércitos.
»Abusaban de nuestra inferioridad en número y nos obligaban a pactar paz una vez vencidos, antes que darnos el honor de la muerte en batalla. Ellos vinieron a nuestras puertas con una espada en la mano y un papel en la otra para que lo firmásemos con nuestra sangre. Muerte o Conquista.
Quien debería morir… ¿es el bárbaro que no se lava en ríos de agua congelada y que lucha por sobrevivirnos, o tú que tienes agua caliente, la ventaja de comprar una armadura y una buena alimentación debido a tu paga por combatirlos?
Tras el sermón del capitán, que no converso (seguía siendo un pagano pero en paz consigo mismo y con quien era y lo que hacía) todos permanecieron en un silencio pesaroso. No negaba sus orígenes bárbaros, ni que la marea de la civilización le fue provechosa, pero todo ello, fue la destrucción de su mundo, por el afán industrializador de la civilización. Y tenía razón, en sus corazones, todos sabían que la tenía.
El resto de los soldados se sentían azotados mil veces por dentro, y el otro oficial bajó la cabeza. El capitán elevó la barbilla, sus ojos hacia el cielo. Olió la brisa, y le costó un poco sonreír.
—Vamos a ver esa batalla—.
En la llanura era de noche, pero algunos fuegos iluminaban el lugar. Eran fogatas hechas con huesos, alimentando así las ofrendas a los Antiguos Dioses. De noche no se luchaba nunca.
No obstante, se hacía. En un bando, que se acercaba al otro despacio, estaba un joven con una falda taparrabos de pieles, con unas botas de hebillas protegiendo sus blancas y fuertes piernas. Era un montañés, como su tío, que iba al lado suya, con un atavío similar. Al contrario que el muchacho, de cabellos despeinados y cobrizos, menos oscuros que los de su familiar, el tío del joven llevaba un escudo embrazado y un hacha en la diestra. Así que el muchacho portaba una espada de guardas de elevación inversa, un claymore, de larga y pesada hoja para asirse por el mango con ambas manos. Y a la espalda, un escudo de madera como el de su tío, hecho a tablas, recubierto con cuero, refuerzos de metal alrededor, y una burbuja de metal brillante que protegía el centro de la pieza de armadura. Luego de la camisa de cuero liviano y claro, el chico no llevaba nada más.
—¿Tienes miedo, chico?—.
—No, tío—le respondió al barbudo de la voz ronca.
—Tu padre no lo tenía tampoco, así que intenta ser digno hijo de él, y por lo menos no te mees encima—rió el hombretón. El muchacho se rió, también, mientras iban avanzando.
Llegó el momento del choque, cuando echaron un grito de guerra, y el joven perdió a su tio de vista en el barullo. Fue ensordecedor, abrumador, era la primera vez que luchaba, y tenía ya delante un enemigo. Con el cabello largo cubriendo su rostro, y el escudo en la izquierda, su adversario portaba una espada larga y de hoja algo ancha.
Cuando alzó su claymore y lo dejó caer contra el escudo de madera que tenía delante, su rival se retrasó, gritando, y le trató de embestir. Así lo hizo, pillando de sorpresa al joven de 16 años que rodaba por el suelo, evitando una fatal estocada.
Cuando se puso con una rodilla en tierra y la gran espada por encima de su cabeza, protegiéndole con un filo hacia arriba con la punta enfilando al enemigo, advirtió que en la túnica de cuadros de su contrario, que le llegaba a las piernas como una falda verdosa con rayas rojas y azules, se adivinaban los pechos de una mujer. ¡Era una chica!
Se levantó, con las piernas temblando, y puso la hoja de la espada ante sí.
—¡No quiero luchar contigo! ¡No importa que adores al nuevo dios y que sirvas a sus perros!—.
Ella rugió, mirándole, como queriendo creerse que él lo decía en serio. Y lo decía en serio.
Ella buscó, con la revuelta melena rojiza ante sus ojos, el vientre de su enemigo, mientras que el chico detuvo y rechazó el tajo, así como ella trataba de empujarle de nuevo con el escudo.
Él no pudo reaccionar sino con el poderoso ataque que echó hacia abajo el brazo de ella, haciendo crujir el escudo con una explosión de astillas a causa del mandoble.
La chica lanzó un tajo hacia un transversal, hacia arriba, y cortó el pecho al joven desde el costillar izquierdo hasta el hombro derecho, con algo de profundidad. Él notó el golpe en sus huesos, el temblor calmo y doloroso en su interior, y el escozor de la herida abierta que sangraba.
Sólo entonces le dirigió un corte cruel con un grito de dolor y de ira, y le rajó el muslo izquierdo que ya no protegía el escudo. La joven se agachó en un segundo de dolor, suficiente para que alguien como él le abriera el cráneo con la espada.
Por suerte, ella llevaba un pequeño casco bien hecho de acero y cuero, a través del que no había pasado el corte, poco advertido al igual que el casco que no se notaba sobre su cabello rojo en la noche. A su alrededor, todo estaba sacudido en una violenta batalla.
—Por los dioses… ¿por qué nos matamos entre nosotros? ¿Por un pedazo de tierra? ¿Por religión, caos u orden?—. La chica debajo de él, en el suelo, abrió los ojos, con un hilo de sangre que iba desde su cabeza y le bajaba por la ceja izquierda, con sus azules ojos brillando y reflejando una silueta llevada por el viento en el cielo de la noche, iluminado por las llamas.
De súbito, una brisa que ninguno advirtió hasta demasiado tarde. Un terrible dragón sobrevolaba la razzia y escupía su fuego ante los ojos impasibles y oscuros de un capitán de cabellos canosos que observaba desde lo lejos con el fuego reflejándose en sus retinas, cruzado de brazos.
Todos ellos estaban muriendo.
Las lágrimas se retenían en sus ojos húmedos y brillantes por poco tiempo, porque lloró. Recordó su infancia. Y la de muchos más. Entre los gritos y el muro ígneo, no quedó casi nadie de pie.
—Retirad al dragón—dijo desde atrás un comandante, que había venido por orden del rey sabiendo de las noticias de un avistamiento en el que batallarían dos clanes de bárbaros.
Aprovechó para quitárselos todos de encima con un sólo golpe. Cuando iban a dar la orden, un corcel apareció entre el fuego como un espectro del infierno, y lo cabalgaba una mujer vestida con el negro de la muerte, con la roja melena confundiéndose con los mechones de las llamas.
Cuando la bestia rugió, herida con anterioridad por un grueso virote en el lado derecho de su corpachón, elevó la cabezota y la bajó hacia la que montaba el caballo blanco, queriendo descargar su aliento. Con un tajo de su larga espada, la mujer le cortó el cuello, salió vapor, del frío al mezclarse con el fuego, y la bestia emitió un gorgoteo sangrando de su mortal herida, y cayó, todo en un segundo a galope de aquél animal fantástico, que volvía a batir las alas, plegadas a sus costados, rodeados de llamas que pronto morirían.

La batalla había terminado, todo estaba lleno de muertos y ceniza, fuego y cuerpos calcinados.
Khayla alzó una mano, y luego la espada, en la otra, cogiéndola con ambas por la empuñadura.
—¡Oooodíiiiin!—.
Los cielos clamaron con furia, las nubes se inquietaron, y mientras Khayla absorbía las almas de los caídos en batalla para llevarlas en su forma espectral a la tierra de los valientes, cayó un rayo del cielo, y la valkiria cabalgó en él con su montura.
Los mortales, que apenas contemplaron la confusa escena, no todos podrían concretar qué había pasado, pero abandonaron el campo de batalla.
En la hierba cenicienta, dos cuerpos estaban uno junto al otro, tendidos y oscurecidos por el fuego, ensangrentados. Uno dando la espalda al cielo y el otro con el busto hacia arriba. Muertos.
La mano de él aún sostenía la de ella.

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