La mujer del mar.
Era de noche, y las luminosas gotas de leche del pecho de una diosa ardían como pléyades en el firmamento negro.
Sus ojos miraban más allá de las enhiestas lanzas en las que ondeaban estandartes ensangrentados y raídos. Eran unos ojos oscuros, tras unos párpados que parecían hechos casi de un tajo.
A su alrededor solamente estaba él, no porque fuera el único superviviente, era más bien que los que habían conservado su vida se habían largado, dejando la plaza que protegían: una muralla miserable con dos torres que se caían a trozos. Y él era un guerrero demasiado joven para malgastar así su vida.
Pero es lo que tiene ser mercenario, eres una espada más en una batalla que lucha por dinero, sin un nombre, sin nada más.
Vestía igual que un guerrero civilizado; con una túnica azul y con un traje de malla metálica protegiendo su cuerpo por debajo. Mas algo en su rostro anguloso, quizá el salvaje aspecto de su cabello oscuro, pero rojizo, al mecerse la melena con la caricia de los dedos de aire, delataban su origen bárbaro. Se lo pensó nuevamente. Dejó caer el escudo de acero que había tomado de una panoplia, envainó la espada bastarda (un arma que podía llevar a una mano ya acostumbrado a su peso, y cuya hoja era como una cuarta más corta que un espadón) a su espalda y volvió al desierto muro para recoger la pesada hacha a dos manos; con una suerte de tridente entre ambas hojas en el extremo opuesto a la vara. Nada más le retenía ya allí.
El calor de la noche veraniega le había reblandecido las fuerzas, pero aún le quedaban las suficientes para largarse de allí. No tardó demasiado en llegar a las dunas que se extendían un par de kilómetros más hasta las primeras rocas que con media hora más de camino, le llevarían a un poblacho de pescadores donde podría comer algo. Sed. Cogió la cantimplora. Quedaba un sorbo.
Se mordió bajo el labio inferior por dentro de la boca, extrayendo algo de saliva de debajo de su lengua de una manera tan familiar, y bebió medio trago, tratando de engañarse y hacer que pareciera que tragaba más.
Después de cerrar con el tapón la cantimplora, se acarició la barba dispersa de dos días que le había empezado a crecer no hace mucho, y continuó su marcha. Escuchó el oleaje. El mar nunca le había gustado aunque le fascinaba en cierta medida, y la idea de un baño refrescante, pero rápido, le parecía seductora. Así, siguió el murmullo, pero no lo encontraba. A no ser que pasara por encima de aquellas rocas de allí arriba, a su izquierda. Eso hizo, para descubrir un camino que también podía llevar a alguna aldea costera, pero si así era, no había demasiado rastro. Con mucho, el de una solitaria fogata y ya estaba tan lejos como él de la estrella más cercana sobre su cabeza.
“Me lo quedo“, sonrió Kerish. Se desabrochó el cinturón que le cruzaba el pecho desde la cadera izquierda hasta el hombro derecho, por donde asomaba la empuñadura del arma, cuyo mango permitía empuñarla con dos manos llegado el caso. Pero no se quitó el otro cinturón que le cruzaba la cintura de manera normal, con un cuchillo ancho de doble filo envainado. Un recuerdo de los días de caza en su tribu, y no el único, pues se contaba entre los suyos que en los pueblos que conocían el mar, se oían leyendas sobre una hermosa súcubo que salía de la espuma al probar la sangre humana, y seducía al hombre que tuviera en frente, llevándoselo a las profundidades, donde le amaría hasta la muerte… hasta que él muriera sin aire. La mujer-mar. Apoyó el hacha contra las rocas, riéndose de sí mismo y de las supersticiones, y se deshizo de los pantalones y el camisote de malla de acero, dejando estas prendas junto a sus botas. Desnudo como estaba, en la oscuridad apenas brillaba un aro dorado que se cerraba como una torque en torno a la zona superior de su gemelo derecho. Los dos brazos, por encima de los bíceps, tenían unos adornos semejantes. Brillaban igual que el aro de oro de su oreja izquierda. Las cicatrices de luchas anteriores quizá se veían un poco con la espectral claridad de la luna en su pálida piel como surcos ligeramente más oscuros. Era un muchacho que había vivido cada momento con un arma en las manos. Pesados golpes. Alguien corría por la arena, a su espalda. En cuanto se volvió, con la pesada hacha empuñada con ambas manos, descubrió a dos tipos sombríos que blandían espadas largas. Reconoció aún en la oscuridad que por el escudo del pecho de sus túnicas, eran parte del ejército enemigo contra el que había luchado. Sin contemplaciones, detuvo una espada hacia su cabeza con el tridente del hacha, desarmó al guerrero enemigo con un giro vertiginoso, y con un ataque a su pecho, le hizo caer sin vida. El otro fue menos inteligente e intentó flanquearle. Mal. Su hacha de largo alcance batió el aire a la altura de la cintura del otro, chocando con su espada, y ya desestabilizado, un tridentazo en el torso le hizo dar con los huesos contra las rocas. El ave azul encerrado en el disco dorado de su túnica negra estaba salpicado de sangre.
La sangre… la sangre que goteaba de su hacha. Con las olas tan cerca, se diría que el agua limpiaba los restos carmesíes de la orilla hasta la que él mismo no sabía que se había movido. Los brazales de cuero goteaban sangre también, y el tatuaje del dragón desde su cadera izquierda hasta la ingle (símbolo de posición entre los suyos), parecía haberse alimentado con el hierro de las venas de sus enemigos. Bajo la luna, sobre las galernas, Kerish contempló como si nada hubiera pasado, el sibilante lenguaje de las aguas.
El misterioso riachuelo rojo había desaparecido del todo, no quedaba rastro ni en la arena, y eso le pareció extraño, pero se sentía en paz. Su cuerpo, el de un joven fuerte que había vivido manejando armas se llenó de rocío salado, y cuando iba a volverse para apartar los muertos algo le hizo girar de nuevo hacia la orilla. El mar, salvaje, estaba latiendo contra la arena gris.
La blanca espuma chocaba contra alguna roca, y en el cielo, el ocasional vuelo de un ave de color oscuro recortándose contra la pálida luna. Y de las aguas emergiendo como un hermoso sueño, una mujer pálida con una larga cabellera negra. La mujer. La mujer-mar, que estira sus manos desde la capa oscura que el agua cierne sobre la arena del fondo.
Dejó caer el hacha al verla. Parecía vestida por una fina gasa, que no era más que el agua que caía de su busto hermoso y deseable. Sus ojos. Misteriosos y fríos como el mar.
Las olas cerpitaron de nuevo tras ella, bajo la luna, y él avanzó como atraído por algo imposible de combatir. Algo irrefrenable en la naturaleza, llamado deseo.
Con delgados dedos blancos, ella clama por él, alzando despacio sus brazos, para atraparle en un abrazo húmedo, fresco y sensual, y con un beso, le llevó bajo las aguas.
Hay bosques bajo el mar aunque sus hojas sean todas grises. Como los cráneos bajo la arena que él no llegó a ver mientras la mujer de sus sueños le llevaba hacia las profundidades, a su lecho de amor. Desnudos, se abrazaban, besándose, se acoplaban como un solo ser. Las piernas de la mujer se medio enroscaban en la cintura del joven guerrero bárbaro, con el frío y metálico roce contra su nalga derecha. Una pulsera, en uno de los hermosos tobillos blancos de su sobrenatural amante.
Las pálidas rosas del océano se erizaban débilmente en su cuerpo bajo la humedad cuando el bárbaro la apretó un seno, mientras el conjuro de su cuerpo embrujaba más aún el de él. Se estaba quedando sin respiración. Se quedaba sin vida.
“La sigo… la sigo hasta el final… debo seguirla a ella… o a la gaviota gris“.
Se reflejó algo en los iris de cristal gélido de ella. El ave que había pasado sobre él antes, recortándose de nuevo contra la luna.
“Vuela“.
Actuó, dándose cuenta de que ese deseo estaba dejándole sin fuerzas, casi sin pensamientos, y supo dónde estaba. Rodeado por la oscuridad, sin aire en sus pulmones. La mujer-mar. El cinturón que aún llevaba puesto. Las olas se agitaron de nuevo, y como los peligrosos amantes que fueron, él yacía junto a ella, en la orilla. Los dos desnudos, y la larguísima cabellera negra de ella, perdiéndose aguas adentro. Kerish la miró, levantándose como pudo. Ella tenía su cuchillo clavado en un cuello del que no brotaba sangre. Su mirada, engriseciendo de veras, seguía tan fría y brillante como si sus ojos fueran de hielo pulido.
El ave pasó de largo, y Kerish dirigió sus ojos hacia la luna, estremeciéndose por el placer vivido y por el pavor, recuperando sus fuerzas robadas.
—Ah, mujer. Mujer-mar, hay muerte en tus ojos—.
Un segundo después, cuando otra ola llegaba a la orilla, ella desapareció como la espuma que se llevaba la corriente mar adentro.


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