Off Topic

•6 Junio, 2008 • 3 comentarios

Bárbaro Trabajando

Bueno, en primer lugar, disculparse un poco cuando uno no acostumbra. Sé que me lee bastante gente (mis chicas entre éstos y aquéllos), y a decir verdad, ando bastante liado echándole ojos a los dos libros que continúan la saga del bárbaro, que en su día escribí y ahí se han quedado. No eran un proyecto a largo plazo como ahora parece, ni pensaba en dar a conocer la historia, la jugué, surgieron otras jugando y sin jugar y a raíz de muchas cosas. A la gente le parecía increíble que un crío de casi 14 años escribiera cosas así. Realmente se me da mejor que dibujar, los cómics no eran lo mío, y una imagen no puede expresar las mil palabras, aunque las valga.
Recibí muchos empujoncillos de familiares y amigos, y un largo etcétera para que mis crónicas vieran la luz en forma de libros, pero como los hice para mí y para mis colegas, no creía que mereciera la pena. No es que piense lo contrario hoy, pero no tengo nada que perder y entiendo que a mucha gente le gustaría leer algo que no se lee desde que Robert E. Howard, creador de la fantasía épica heróica, llenó allá por los años veinte las páginas de las revistas Pulps con historias sobre Kull de Atlantis, Conan de Cimmeria, y Solomon Kane además de otros relatos menos sonados y a cada cual mejor. De modo que estoy ahí al pie del cañón desempolvando los viejos tomos donde un héroe bárbaro que vive en un mundo mágico y brutal (más lo segundo que lo primero, no es un mundo de esos donde pegas una patada y salen mil archimagos pasados de rosca), para que pronto alcancen a la gente en forma de leyendas.
Así que os pido disculpas, pero esto tendrá su recompensa porque estoy esforzándome porque salgan en papel, y cuando termine de revisar el tercer libro (según valoraciones personales objetivas no-subjetivas hay quien dice que con cada libro la historia crece y tiene más caña aún), juro volver a ponerme con la última parte de El Príncipe del Abismo. Esto no se queda abandonado, sólo vacío de novedades hasta que estas lleguen, y mucha gente podrá ir leyendo o releyendo. Además, no podríais decirle que no a unos ojitos como esos, ¿eh?
En el comentario de la anterior entrada os enlacé una Mp3 como adelanto especial para leer esa parte, “La Leyenda del Bárbaro”. Los que quieran escuchar la banda sonora que inspiró lo hasta ahora publicado, puede encontrarla en una de las entradas muy anteriores donde un dibu conmemora las mil visitas:

1.000

¡Cuidáos!

La Leyenda del Bárbaro…

•6 Junio, 2008 • 1 comentario

En un mundo cruel, él fue un guerrero despiadado.
Éra aún muy joven cuando ya empezó a ser instruido en el camino del guerrero. Pronto, conoció las artes del matar en un coliseo extranjero, un lugar donde los hombres y las mujeres combatían hasta el fin entre ellos. La vida o la muerte no le importaban cuando sus captores le vendieron como un esclavo, él seguiría luchando cada día, derramando la sangre de culpables o inocentes.
De vuelta al lugar donde había estado siempre su corazón, el bárbaro vivió por poco tiempo la paz, porque la sombra de la desharmonía volvió a su vida aniquilando a todos sus seres queridos.
Su alma se ensombreció y el único brillo en los ojos de Kerish entonces fue el de la venganza. Aquél en el filo de las espadas y las hachas que empuñó para aniquilar.
Toda la humanidad pagó, toda raza extraña o mágica, también pagó el tributo de interponerse en el camino del joven salvaje, era una fuerza de la naturaleza imparable y oscura que destruía cuanto tocaba. Los campos de batalla fueron su vida, la sangre, el sustento para su sufrimiento del cual se alimentaba su furia. Poco iba a saber la repercusión del peso de sus acciones contra su propio destino y el de todos. En una era de caos, donde el fuerte sobrevivía al fuerte y al débil, vivió éste héroe que para sí mismo era una mera sombra que anhelaba el descanso eterno. Tras la venganza, la divina retribución, lo demás no le importaba.
Pero por encima de todo, el amor de una diosa le hizo sentir algo más que el odio. El idilio entre ellos jamás pudo durar, y los hados no estaban tan claros con respecto a su futuro, aunque de ambos, nació una esperanza para el reino y para muchos otros. Fue un romance prohibido y condenado, y de nuevo, fue en busca de su terrible sino, aquello por lo que seguía vivo. Se despidió de Cyllan y sus aspiraciones a una vida tranquila volvieron a ser sustituidas por su sangrienta búsqueda de triste final.
Desde el corazón tenebroso de las galaxias, el señor del mal y la destrucción volvió para hacer sufrir al universo su destierro por los dioses.
La salvación no vendría de la mano del orden ni del caos en una era con el poder del reino de Camelot en decadencia.
De modo que, las esperanzas estaban puestas en un único guerrero, en el muchacho que había luchado contra las fuerzas de la paz y las de la conquista.
Supo esto por boca de Ianna, la diosa madre del mundo, que protegería a los mortales, a su mundo, combatiendo el mal con otro tipo de mal. La humanidad era el legado del guerrero, y Akelas y el Príncipe del Abismo habían truncado de fatal manera la vida del joven conspirando contra su destino para romper con la profecía.
Como entonces, aquél brillo frío y ardiente a la vez volvió a los ojos de Kerish. Una criatura indomable y valiente que no se detendría, aunque la muerte saliera a su paso, para destruir a sus enemigos y aquellos a quienes odiaba. Las tinieblas se hicieron más fuertes en el campeón que equilibraría la balanza o podría destruirlo todo, y oscurecieron su alma. Así, partió en busca de la redención, de conseguir lo imposible, y de cumplir con su dramático destino.
Aquí es donde la historia acaba, y empieza la leyenda del bárbaro…”

Una leyenda de tiempos remotos.

•26 Mayo, 2008 • Deja un comentario

Un joven cuentacuentos celta, con sus pantalones de tela a cuadros y espada a la cintura, dejó una gran cartera de cuero sobre el suelo donde se sentaba con las piernas entrecruzadas, apoyando los codos en las rodillas separadas una de la otra, hacia los lados. Tomó varios papelotes, escritos en el antiguo y misterioso lenguaje Ogham y dirigió sus despiertos ojos a su público. Varios niños, ancianos y mujeres que durante el descanso en un asedio, necesitaban de distracción.
—A ver… aquí está. Supongo que querréis que empiece por el principio, de cuando los dioses vivían aún en el gran mundo de Terra, de antes de que estos tiempos oscuros fueran menos oscuros, de caballeros, damas bellas, ninfas, vampiros… y bárbaros. Es con uno de éstos últimos personajes con el que empieza nuestra historia… ¡En la edad dorada de lo que fuera vuestro reino!—.
Arriba, los vigías ejercían su puesto, a medida que la luna abandonaba más las nubes, y a la luz del amor de la pequeña fogata, la gente esperaba sanar su corazón. El vagabundo celta lo sabía, pero sólo estaba de paso, para contar cuentos. Podría irse mañana. Él ganaría algunas monedas. Ellos, algo que les hiciera olvidar esta noche la terrible realidad que les acechaba más allá de los muros.

Destino.

•12 Abril, 2008 • 2 comentarios

Me pregunto quién alcanza las profundidades de mis ojos cerrados.
La luna que admiré en una trémula ola de calor rió.
Sólo la seducción del réquiem que ella susurró en mi oído
me impidió herir a otros.

Si estoy luchando, mi sufrimiento se alimenta,
Mi consciencia me abandona…
Me ahogo y desaparezco en el placer.

Hace frío entre estos brazos.
El dolor me lleva a la oscuridad
Porque no puedo volver…

Abrazo la rosa espinosa contra mi pecho,
Y caigo en el rojo mar.
Continuaré bailando sobre los cuerpos apilados hasta que muera.

Balance

Una búsqueda bárbara.

•7 Abril, 2008 • 3 comentarios

El dragón voló durante horas, y llegaron a una tierra árida, sobrevolando un gran ejército al anochecer. Al bárbaro no le causaba buena impresión. Cuando hacía ya más horas de esa visión, en mitad de la noche, con la luna en el opuesto del sol en el mundo, una construcción ruinosa aún permanecía en pie en lo alto de unos montes que parecían accesos a un puesto de guardia o defensa. La bestia se posó en el suelo, levantando una nube de tierra, y quedó quejumbrosa echada sobre el polvo. Kerish, receloso, saltó al suelo y miró el ambarino ojo del dragón.
Esperaba que le atacase, pero si era así, no sucedía nada. El dragón entonces, se tornó una figura menos reluciente, menos… viva.
Y de súbito, se resquebrajó y tomó el muerto color de la roca. Sus miembros, escamas, dientes y garras se desprendieron, se convirtieron en tierra, y desaparecieron con un calambre que hizo que al bárbaro le aumentara esa sensación extraña en la columna vertebral, ese hormigueo incómodo.
Alucinó, y una luz suave y pálida se presentó ante él, desapareciendo en la distancia como un fuego fatuo, alejándose hasta detrás de una zona rocosa y fría hasta la cual siguió el fenómeno, dejando atrás el dragón que no volvería a levantarse por nada.
Una vez el joven guerrero pasó por las colinas que le admiraban desde un lado como reyes en sus fúnebres asientos, notó el viento frío como si fuera la marea rompiente con el gemido entre los desgarrados picos de un rompeolas natural, pero la gelidez no atenazaba sus muslos desnudos, ya que estaba acostumbrado al clima extremo hasta cierto punto, y no cesaba en su deambular en una carrera ni lenta ni rápida, con las piernas ardiendo de una manera saludable.
Al llegar a una planicie, le sorprendió la visión de una pirámide, con la cima cubierta de nieve, como el resto del valle en el que se encontraba, pero más allá, existía un horizonte que consideraba infranqueable.
La luz brillaba allí, a la entrada de la pirámide, que parecía formada por varias formas de arquitectura que había visto dispersas por todo Terra.
Era una imagen indescriptible para un bárbaro, era colosal, hermosa, y con dos largos obeliscos que se alzaban hacia el cielo como dos falos de piedra clara tatuados.
El guerrero se adentró siguiendo el haz de luz, y penetró hasta una sala central, con la espada en una mano y el martillo en la otra, los músculos tensos y el cuello levemente inclinado hacia delante, como si fuera un león al acecho.
Era una sala circular en lugar de la interminable espiral de la pirámide característica, gigantesca, con tres enormes pilares tallados y una especie de losa triangular en el suelo rodeada por tres círculos, y uno concéntrico y rojizo de algún metal extraño brillaba cuando la luz aquella que había buscado se presentó ante él como una hermosa mujer blanca y brillante, apenas vestida y con el cabello hermoso y oscuro bajo una corona ceremonial muy antigua y ostentosa, mostrando el cetro de su poder.
La imagen que estaba viendo se repetía en varios murales, bien con dos hombres ofreciéndose y la diosa pisando un león, o bien daba la impresión literal de que era su montura.

Diosa

Diosa

Diosa

En algunas religiones se la conocía por Sophia. En otras, Danu. Para los templarios, era Baphomet, para el mundo civilizado, se presentaba como la hermosa Isis, quien quiera que fuera igual a Ishtar, pero en la antigüedad, antes de que los pueblos se dividieran y surgieran otros a su vez, todos la conocían como…

Ianna

Ianna

—¡Ianna!—jadeó el bárbaro, al verla aparecerse en la pirámide como la hermosa madre que era, esposa y hermana de la humanidad.
—Kerish… ha pasado mucho tiempo desde que me serviste por última vez—susurró ella. Él negó cuando la forma mortal de la diosa se hizo menos brillante debido al fulgor de su poder, que dañaba los ojos del mortal.

La diosa Ianna

Fue entonces que un enorme león del Atlas apareció en escena, y ella lo acarició, mirando los jeroglíficos a su espalda, dejando ver una brecha por la que entraba la luz del nuevo día en la cámara, y un paisaje nevado y desértico se veía extendido hacia una gran urbe.
—Sé lo que estás pensando, mortal. Que nunca me has servido. Pero dirías que tampoco has servido al Caos. Pese a todo, se te ha protegido—.
—¡Yo no sirvo a nadie! ¡No necesito tu protección! ¿A qué ha venido todo eso?—.
—Tu búsqueda no ha terminado—.
Se hizo un silencio entre los dos interlocutores. Kerish sintió que algo dentro de él se estremecía, y en base a ese sentimiento, Ianna aplacó su mirada inexpresiva por una sonrisa tierna y reconfortante. La humanidad de siempre, luchadora, desconfiada y orgullosa, seguía viva en el joven guerrero con el que volvió a entablar diálogo, con serenidad.
—Desde que descubriste el amor, a la fuerza, no te has podido evitar preguntar si vale la pena seguir luchando por algo. Si toda la sangre que has derramado ha valido la pena para lograr un mundo mejor. Así es, hijo mío. Ningún sacrificio es en vano, pero has sido conducido a este santuario por una razón muy vital—.
—¿A qué te refieres?—.
—Con tu venganza, deberías haber podido entrar en el eterno inframundo que se impuso a los tuyos como Abismo, pero no ha sido así y te has sentido hastiado, vacío, e incluso se te toma por un asesino de masas. Es cierto que posees la sangre poderosa que une en un guerrero los tiempos de la antigüedad y del presente. Has crecido demasiado rápido. Y ahora, él viene a por ti con todas sus fuerzas—.
Ianna se separó del león y acarició el rostro al bárbaro estupefacto, con ternura, y en las profundidades de aquellos ojos oscuros e inmisericordes, latía el corazón de un niño asustado que sólo quería vivir en paz. Pero también ardía el poderoso guerrero en que se había convertido, un luchador que ansiaba sangre y victoria tanto como el fondo de las mareas eyaculaba arena contra las caricias de su amante, la mar.
—Hace tiempo, alguien te concedió un poder que no querías, llevas la poderosa alma de un salvador cuya misión alguien se encargó de truncar desde un principio. Incluso, truncó tu destino para que el suyo y la salvación jamás llegasen al mundo. Pero tu fuerza, la fatalidad, y el deseo de la venganza han sido el fuego que ha alimentado la maquinaria de tu ser, y te has levantado en donde otros cayeron y quieren seguir. El Príncipe del Abismo, Kerish. Él quiere la destrucción del mundo y su poder, ¿y sabes qué? ¡Él pactó con otras fuerzas para llevarse tu alma y la del salvador, y Akelas te teme, pero es muy poderoso aún para desafiarle! ¡Si caes antes de destruir sus sellos y el cetro, su poder será mayor! ¡Y cuando mueras, que es por lo que te está buscando el caos desesperadamente, le proveerás de un poderoso ejército en la gran batalla al Príncipe del Abismo! Ni un mundo ni otro estarán a salvo si no haces nada—.
Kerish negó con la cabeza, pero era un gesto normal, asimilando que todo su destino era la muerte. No una muerte como guerrero, sino para alimentar el poder de un ser depravado que quería destruir el mundo. Era un peón, ¡todo este tiempo lo había sido!
—Supongo que ahora no tengo a donde ir, Ianna. Tanto si vivo como si muero, estoy jodido—suspiró él, lleno a partes iguales de furia y tristeza, y la diosa, sintiéndolo, le abrazó. Su abrazo le infundió nuevas energías, su cetro brilló sobre él, y se separó del mortal, haciendo brillar las runas en los pilares entre los que él se encontraba.
—No te sientas frustrado. Eres el humano más aguerrido de todo Terra, nadie que te ha hecho frente desmerece tu valor, y temen tu espada. Pero tu libertad es egoísmo. ¿Te quedarás cruzado de brazos mientras millones de inocentes sufren cosas peores que unos dragones asolando sus campos? ¡No te pido que adores al Orden o a cualquier otra entidad! ¡Sólo que elijas tu camino con tu corazón!—.
El joven guerrero jadeó, y pensó en muchas cosas… todo había sucedido tan rápido estos años…, y a su mente acudió la hermosa diosa de ojos rojos y cabello níveo. Aquélla que se llevó parte de él. También los pocos amigos que había hecho. Ellos, fuertes o no, no tenían que pagar su egoísmo si podía decidir poner su fuerza al servicio de una entidad que lo salvara todo.
—¿Lo tengo que hacer por huevos? ¿Estoy obligado por una fuerza superior o una hermandad de dioses chalados?—le preguntó a Ianna.
—Puedo enviarte de vuelta a donde desees, lejos de esto. Pero eres el Elegido, si has nacido y seguido vivo, y matado tanto… ha sido para esto. Si no salvas al bien, servirás al mal tanto si te unes a sus filas y cedes a tu oscuridad interior, como si no cedes. Ellos te encontrarán, y tu alma alimentará al Príncipe del Abismo, y será imparable. Sí, las vidas que has segado con tu espada han valido la pena. Ahora, tienes el poder de luchar y tomar el camino correcto. Un hombre puede marcar la diferencia, Kerish. ¿Qué vas a elegir, ahora que ha llegado el momento de la verdad?—.
El bárbaro miró hacia el suelo unos instantes. Luego, sus ojos se alzaron ante los de Ianna, a quien se confundía a menudo con Lilith, la insana esposa de Adán, el primer mortal nacido del barro de Yahvé (el dios-padre creador midráshico), la malinterpretación de la Diosa convertida en icono radical del hembrismo y que había tomado forma como todo aquello en lo que se cree con fe ciega, como en aquella imagen representada de Ianna con alas y pies de ave, adorada erróneamente como a la misma diosa madre de la humanidad, retorciendo la faceta maternal por una rebelde con un falso heroísmo y dominancia sobre hombres y bestias.

La diosa Ianna

Finalmente, el bárbaro asintió con decisión, y envainó sus armas, hinchando el pecho con orgullo y valentía.
— La humanidad es mi legado. Voy a luchar… por mi legado—.
Ianna lloró sin perder la sonrisa, al fin, la fuerza que lo pondría todo en equilibrio y evitaría el fin de la revelación pronosticado por sabios y poetas. Sin embargo, ello exigía el sacrificio de su héroe.
La diosa hizo llegar al bárbaro su cetro del poder, y éste se tornó una forma luminosa semejante a una espada que desapareció en el brazo derecho de Kerish, haciéndole brillar todo el cuerpo mientras la losa con los signos bajo sus pies se iluminaba del todo.
—Te lego pues mi cetro. Es una gran parte de mi poder que te ayudará en tu viaje. Ahora, parte a encontrar mis signos, Adalid. Encuentra el poder para destruir el Cetro de los Tiranos, y liberar el poder de la Espada de las Tinieblas, el Filo de la Oscuridad… una espada por el bien de todos. ¡Restablece el equilibrio y salva a Terra! Más allá de este templo debes hallar el primer transportador hacia el siguiente sello, en el reino de Phelsya. ¡Allí además hallarás al joven capitán con quien una vez uniste las fuerzas! ¡Es vital que te dé las piedras del poder!—.
—Lo haré, pero… si alguna vez te pido un favor, deberás cumplirlo sea cual sea—.
Ianna pareció enfadarse por el modo en que el rostro le cambió, pero después de unos segundos, lo pensó sin dudar.
—Está convenido. ¡Ahora date prisa, Elegido! ¡Terra no puede esperar!—.
Los pilares brillaron relampagueando, e iluminaron la estancia con fulgor cegador.
Unos instantes después, Kerish se hallaba de pie sobre otro signo semejante, pero sin reacción alguna, cerca relativamente de un bosque nevado. De nuevo, como cuando volvió a su tribu, sentía los ojos del lobo observarle desde alguna parte.

Los ojos del lobo

Al frente, las dos pirámides, y a su espalda, hacia donde se volvía, el lejano templo que era otro cono facetado, era un punto en la inmensidad de la lejanía, entre las montañas y los valles, hasta los cuales viajaba el vuelo de un águila.
Caminó hacia el frente alejándose de donde había llegado, con el viento meciendo la capa negra de viaje cuya capucha se había puesto con su tapabocas, mientras bajaba una pendiente al atardecer de bronce y ámbar.
Al fin, tenía claro su destino.

Ni un paso atrás

—No pienso dar ni un paso atrás—.

El Elegido.

•1 Abril, 2008 • Deja un comentario

El pequeño grupo de casas de los campesinos estaba en llamas, todo ello destruido. Algún tosido salía de alguna de las chozas en llamas que ardían vivamente en la isla, más allá de cuyo horizonte plano y herboso se veía el azul mar.
Largos dedos de una mano indefinible de ascuas y hollín flotaban hacia lo alto en el cielo, por un lado y por otro; la gente agonizaba en el suelo, otros estaban carbonizados en los lechos de muerte de los que apenas se habían movido una vez un viento levantara escamas negras de la piel, agrietada por la sequedad calcinada. Parecía que todo un ejército había arrasado el prado a su paso, que también relampagueaba en crepitantes olas de fuego ambarino consumiéndolo todo.
En la marea de destrucción, una imagen acudió a la mente de un hombre ajeno a esto, que castigaba a su montura pidiéndole un galope frenético para llegar a lo que en realidad, era la escena de un crimen, fuera racional o no. La cabalgadura surcó los pastos dorados abriendo un camino como una hoz en medio de un gran campo lleno de llamas que intoxicaban el aire y ensuciaban el cielo además de los pulmones.
El jinete llegó a este desolador paisaje, y aún pudo escucharse un grito.
—¡Socorro!—.
El bárbaro descabalgó en carrera cuando el corcel aún trotaba, sin darse cuenta que su dueño había abandonado su silla hasta pasados varios segundos, y trotó erráticamente, viendo cómo una de las casas incendiadas se derrumbaba a pedazos. Eran chozas rústicas de estilo céltico, con techado de pajiza.
La ventana por la que el guerrero había entrado con un salto como de pantera no era viable por el marco derrumbándose, y parte del techo ofuscándolo con el infernal ardor, y lo siguiente que sucedió fue que la puerta, con una modesta cerradura de latón, saltó en pedazos.
La voz era de un niño que pedía ayuda, el mismo niño que estaba en los brazos de Kerish, quien lo dejaba, sucio por el negro hollín de la quemadura, a distancia segura.
—No temas, salvaré a tu familia—dijo el guerrero salvaje, mirando al muchacho con unos ojos insondables y penetrantes. Ello le inspiró miedo y valor a la vez, se sentía tan confuso… ni sabía cómo había ocurrido todo tan deprisa. Lo siguiente que pudo articular fue un balbuceo que ni llegó a ser una palabra, cuando el joven hombre volvió a entrar, y abandonó el recinto con un hombre y una mujer cogidos por la cintura, envueltos por los brazos duros del extraño benefactor.
Una niña más se sumó a los tres, cuando él hubo de entrar nuevamente, y la casa se derrumbó. No sabía si ella estaba muerta o no, por asfixia o a saber qué, pero la dejó en el suelo igual que a los aturdidos padres, con delicadeza, y miró al único ser consciente. Al muchacho de ojos verdes y cabello pajizo, que no tendría más de ocho o nueve años.
—¿Quién ha sido?—le preguntó Kerish, viendo que había salvado a quien podía salvar, y el niño alzó la mirada más allá del bárbaro.
Durante un momento, no sucedió nada, y el guerrero estepario se preguntó por qué la mirada del chiquillo traspasaba la suya propia. Fue entonces cuando una sombra gigante cruzó el suelo en una curva, y Kerish entrecerró los ojos, volviéndose para mirar hacia las alturas. Un enorme dragón de dorado pálido viraba y se tomaba su tiempo para planear y sobrevolar las corrientes, así el humano de cabello oscuro con el brillo rojizo saltaba a la grupa de su bestia de transporte y la echaba a un salvaje galope nuevamente, siguiendo el curso del dragón.
Lejos, en la isla que en parte habían abandonado jinete y cabalgadura; el niño, el padre y la madre se convirtieron en polvo instantáneamente que la figura se perdiera en el horizonte durante el vuelo. La niña brilló en un haz blanco y puro, y emergió de ella la silueta semidesnuda de una mujer.
El fuego se extinguió, el campo sanó, y la aldea volvió a su estado normal, una parte de prado cualquiera… porque allí nunca había habido casa alguna o gente que poblara ese pedazo de tierra.
La mujer llevaba además una corona, una falda a bandas, y los pechos, casi descubiertos por debajo, se los cubría una suerte de collar compuesto y semicircular por la zona alta.
En sus brazos y tobillos desnudos, pulseras de muchos tipos que tintineaban como cascabeles de oro, como los pendientes que llevaba en su melena, nívea ante su propio poder.
Al fin te he encontrado”, pensó.
Sonrió mirando el cielo y cerró los ojos aspirando el aire, de nuevo limpio. La paz. La tranquilidad. Sin muerte, dolor ni sufrimiento. Se sentía tan en calma, aliviando una aparente tensión que podía haber advertido en su rostro cualquiera que la hubiese visto. Sus labios suaves y no demasiado carnosos se entreabrieron, su sobrenatural y hermosa voz dibujó un susurro en el lienzo del aire, y todo ello pareció haberla llenado de tranquilidad. La de haber acabado su búsqueda. La batalla entre el bien y el mal, las fuerzas de este mundo y el de las tinieblas, comenzaría al fin.
—Tú eres el Elegido—.

Aquella lagartija con alas no tardaría en reunirse con el otro que le había adelantado en vuelo. Muchos héroes habían pisado el mundo, pero pocos habrían sido tan valerosos o locos como para perseguir solos a un dragón y lucharlo.
El cimerio no obstante era un tipo obstinado, vengativo, y si los dragones eran considerados superiores, incluso entre aquellos que tenían inteligencia humana y podían comunicarse o realizar conjuros, no deberían abusar de los débiles. Ni de los que no les han ofendido.
Pero Kerish no miraba por eso.
Había visto antes esa escena, no perpetrada por dragones, pero parecía que allí a donde iba, la imagen de su pasado seguía acosándole con su terror y dolor. No, él no iba a defender a los débiles, ni lo hacía por fama, no abusaba de un valor que no tendría un hombre cuerdo.
Desde que había muerto Cartax a sus manos, se había sentido vacío, sin motivos para pelear, y con cosas como la que había sucedido, sentía el resurgir de sus fantasmas. No dejaría que el chico, incapaz de defenderse, sufriera lo mismo que él. Quizá así recuperaría una parte de su vida.
La carrera le llevó a un risco, y el dragón se dio cuenta de que le perseguía el jinete. La bestia tenía ventaja por su vuelo y viró con un giro dando un quiebro en el aire, yendo casi en vuelo rasante para engullirlos al caballo y a él.
Pero Kerish venía de una tribu de hombres de un mundo que ya se había sumido en la oscuridad y en las brumas de la leyenda, donde jineteaban luchando con arcos lo mismo que con armas, y se puso en pie sobre la silla del corcel manteniéndose los justos segundos en equilibrio, agachándose ante la boca enorme y llena de dientes de la bestia escamosa, desenvainó su cuchillo de ancha hoja, y dio un salto por encima del hocico del dragón cuando se cerraba su mandíbula, echándose hacia atrás y dejando que fuera en realidad la inercia la que hiciera el trabajo.
La hoja se clavó por la punta cerca de la espina dorsal del monstruo, que dio un chillido cuando notó el arma incrustada entre las escamas, que además, la ceñían entre los músculos.
Por norma, una protección natural como las escamas escondía una piel muy blanda, y enseguida brotó la sangre, que se disolvía en el frenético vuelo dejando un rastro por el aire tal, que parecía que de su cuerpo salía un hilo rojo y etéreo.
El dragón giró de nuevo sobre sí mismo imitando la rotación de un cilindro, describiendo un sacacorchos, y el bárbaro estuvo a punto de caer de no ser porque metió la mano entre las escamas aferrándose a entrañas, y con la contraria, la izquierda, empuñó contra la parte interior de la ala zurda del reptil monstruoso y alado que en ese momento de dolor, esputó llamas.
Cayeron unos segundos sobre el mar, y el dragón se alzó de nuevo aunque la hoja del cuchillo se había insertado junto con la mano en la otra herida formando una pinza.
Un chillido agudo y molesto que devino en ronco alertó al bárbaro, y el otro dragón apareció justo al lado derecho, retrasándose a propósito.
Kerish fue zarandeado por el ala izquierda del monstruo al que se agarraba tanto como a su vida en esos momentos en que caer al agua sería como golpearse a toda velocidad contra una carretera de cristal quebradizo, y vio que el segundo dragón tenía un brillo entre los dientes.
Abrió la boca, llena de dientes, y el guerrero salvaje soportó una llamarada que le pasó por encima, a punto de chamuscarle y convertirlo en un tizón.
De su cinturón, tomó el martillo regalo del rey de los enanos, usando su mano ensangrentada, y se impulsó con las piernas hacia delante, viendo que el dragón de detrás iba a dar una pasada con los dientes dando un mordisco preciso hacia la espalda de su congénere.
El dragón que sufría su tenacidad dio un fuerte aleteo superponiéndose al otro por unos cuatro metros, con la intención de sacudirse al humano, y lo consiguió. El cymyr flotó un instante por encima suya, y cuando bajó, el humano se situó sobre su cuello, que apenas podría abarcar con sus brazos extendidos formando el exagerado vacío de aro.
Los muslos se apretaron y las tibias se fijaron a un gruñido, en un segundo, en el cual el humano acuchilló la piel de la bestia incesantemente, a la par que le golpeaba con el martillo cerca de la testa en las heridas abiertas. La sangre le salpicó el rostro, las manos, los brazos, el torso, y el animal chilló como un pollo asustado al que estrangulaba una mano poderosa.
El compañero del dragón que ahora cesaba el vuelo bruscamente volvió a intentar el mordisco, pero para sujetar a su pareja por el lomo, cosa que aprovechó Kerish arrojándose hacia su cuello con los brazos extendidos.
Él entendió que quizá trataba de salvar a su igual, pero en realidad, era un mordisco dirigido hacia el medio cuello buscando devorar al pequeño cabrón que estaba destrozando a un congénere.
La bestia gritó por el error, y pareciendo horrorizado, soltó el bocado y el dragón herido fue a dar con las olas del mar. Su cuerpo restaría allí para siempre, en el olvido.
El humano se aferraba al cuello del dragón por la parte más fina, la superior, casi en la mandíbula, y como si lo estuviera jineteando, echó una pierna por encima y se situó tras sus cuernos broncíneos. La bestia a todo esto asimilaba la pérdida de su cónyuge (no se sabía quién era el macho y quién la hembra), y era el tiempo que había necesitado el pequeño humano para estar sobre su piel.
Intentó sacudirle con un cabeceo, recuperando el vuelo, pero Kerish le dio un martillazo en el lado derecho del cuello que aturdió al dragón de pálido áureo, y éste no pareció rebotarse, aunque hizo un nuevo intento tras algunos segundos más de vuelo.
Y nuevamente, martillazo.
—¡No sé si me entiendes, pero aquí soy yo quien manda! ¡No eres más que un lagarto gigante, y ahora me perteneces!—.
El dragón dio un largo rugido, furioso y dolorido, cuando el bárbaro envainó su cuchillo y le golpeó el otro lado del cuello usando a Masticahuesos. Quizá fuera la furia, o el poder del martillo, que el dragón se sintiera más que amenazado y sumiso. Pero en realidad, cualquiera lo achacaría a la mala leche de Kerish.
—Eso es…—sonrió, sin creérselo, —Vuela… vuela lejos, dragón. Llévame a tierra—.

Tres no son multitud.

•30 Marzo, 2008 • 2 comentarios

Tras el encuentro con Cyllan esta tarde, Kerish se había sentido violento. Era como si estuviera predestinado que volvieran a verse, a tocarse y abrazarse. Por suerte para ambos, no se besaron. Cyllan aún le amaba, pero él, que no sabía esto, se había tomado el asunto como un escabroso tropiezo nacido de una desinteresada invitación al baile.
Siguió igual todo el día, apoyando la espalda y un pie allí donde podía quedarse solo, cruzándose de brazos. Sauron y su esposa Ikoru, Sargon (otro perteneciente a la Hermandad) y algunos personajes más desaparecieron hacia las dependencias privadas donde algo debían hablar en ágora. El bárbaro se quedó allí, mirando el jardín al anochecer, y un suave susurro en el viento que cambiaba de dirección le trajo el dulce aroma de una mujer. No podía ser otra cosa.
Giró el rostro hacia la derecha, y la vio allí, con el cabello blanquecino. Primero creyó que volvía a tratarse de Cyllan, pero un brillo tenue y argénteo, y el rostro, tan hermoso pero diferente y terrenal le sacó de la duda.
La chica llevaba el cabello con los mechones de sus flequillos cayendo a ambos lados de su rostro, pulcros y ahuecados con la raya al medio. Una sonrisa seductora y un tanto maliciosa se formó en sus labios carnosos y pintados de plateado. Estaba cruzada de brazos como él, y llevaba un vestido compuesto por un top granate que escotaba sin enseñar demasiado y se sujetaba a su cuello con una gargantilla negra, del mismo modo que un cinturón sujetaba la minifalda del mismo color con brechas a los dos lados bajo la que salían dos largas y hermosas piernas, hasta cuyas rodillas brillaban unas negras botas de tacón.
—¿Pasando un buen rato?—le dijo ella. Kerish medio sonrió y se encogió de hombros, tratando de parecer menos tenso. La chica le gustaba, toda ella era arrebatadora. Continuó hablando hasta que él se decidiera a romper su silencio.
—Es romántico. Ver el anochecer, ya sabes—insistió la joven.
—Hay quien lo considera melancólico—bufó el guerrero.
Ella sonrió por su comentario, y él la volvió a mirar de abajo a arriba.
—Estás muy guapa, Ghizelha—.
—¡Anda, si recuerdas mi nombre!—rió ella, sumándose a él, no haciendo esperar más su abrazo. Kerish frotó la nariz de ella con la de él, e irresistiblemente, se besaron. Un carnoso contacto que duró un par de lentos segundos, y Ghizelha le acarició la barbilla con un dedo, pasándole la uña.
—¿Qué tal está mi querido bárbaro?—.
—Tirando…—.
—Tirando, ya—repitió ella, y pasó las manos por el pecho de él sobre su camisa sin mangas, sensualmente. Kerish se sintió algo tenso, pero hizo acopio de su autocontrol. A sus 18 años, el joven bárbaro gozaba de una ardiente pasión tanto en el campo de batalla como en la cama, pero el suceso con la diosa le había acomplejado un poco sobre su situación, y en principio, se convencía de que no deseaba a Ghizelha y sus caricias, y que podía luchar contra su erección. Fue fácil creerse lo primero, pero las reacciones de su cuerpo eran inevitables.
Ella sonrió y le acarició los brazos, él tenía la piel más suave de lo que recordaba, y cuando salió la luna, ella le llevó hacia el salón.
—Ven, hay alguien que se alegrará de verte—le susurró ella.
Apenas quedaba algún borrachuzo que no podía con su cuerpo, había sido una fiesta de éxito. Junto a una de las chimeneas, donde le llevó Ghizelha, estaba la hermosa Mahra Dragonbane. A juzgar por su aspecto, la dragona había estado bebiendo como lo haría cualquier persona que quisiera ahogar sus penas.
Ghiz se sentó a un lado, el contrario de la mesa sobre la que Mahra bebía, y Kerish se apoyó con las manos, mirando a la dragona, que llevaba un vestido blanco con filos plateados, una falda larga que tenía dos brechas por entre las cuales caía una larga lengüeta de la misma tela. Un escote en rombo desde debajo de las clavículas bajaba hasta por debajo del ombligo de la dragona y terminaba en un pico del que emergían argénteos bordados que si no eran decorativos, bien podían ser runas.
Las sandalias de dedos al aire que llevaba le llegaban sujetas por cintas blancas bajo las hermosas rodillas que Kerish había contemplado alguna vez cuando habían tenido momentos de cariño.
—¡Ey, hola Mahra! ¿Qué te pasa?—le preguntó él, alegre por verla. Ella alzó la mirada y apoyó la barbilla sobre las manos, tenía el rostro entristecido.
—Hola, Kerish. Nada, él y yo… hemos acabado. ¿Qué tal estás? Me alegro de verte—.
Sus palabras sonaron como las de un autómata. Desapasionadas. Kerish miró a Ghizelha y ésta se encogió de hombros, poniendo una mueca cómica, como si hubiera tomado la elección equivocada al traerle.
—Lo lamento. Este… voy tirando—respondió él.
—Tirando, ya—dijo Mahra. Kerish miró a Ghizelha y luego a la dragona, parpadeando sin poder creérselo.
—No bebas tanto—le susurró él, con una sonrisa de lo más cordial.
—¿Por qué?—.
—Es malo para tu salud—.
—¿El qué?—.
—Yo—.
Kerish tomó la jarra de ella y la vació de un trago, engullendo la cerveza. Mahra le miró con los ojos entrecerrados, enfurecida, y Kerish y Ghiz rieron. Tras muchas cervezas más, pasada la media noche, los tres estaban más animados.
—¿Sabes?—suspiró Mahra, más calmada, —Creí que habría un futuro para nosotros. Cuando… el día que te lo dije, lo sentí por ti, pero las personas se enamoran, Kerish. Es cosa de dos. Ahora es de nadie. Estoy sola… Por lo menos tú estás aquí—.
—Ella también está aquí, ¿verdad Ghiz?—asintió Kerish mientras rellenaba la jarra en un barril adyacente, y la joven que le sacaba unos años estiraba la pierna en la mesa, sumándola a la nalga izquierda del Cimerio cuando éste se sentaba en el borde. Él la miró y recorrió su pierna, al mismo que la joven le sonreía, bebiendo también un jarro de birra que sostenía con la mano contraria a la que acariciaba el brazo izquierdo de Kerish, la derecha. Mahra robó el gran vaso del bárbaro aproximándose a él, aprovechando la evasión.
—¡Mía!—.
El Cimerio parpadeó perplejo, y algo le hizo recordar. Mahra, con su cabello negro, hermoso, su rostro alegre, su sonrisa, y las caricias que a él le daba con ternura cuando Kerish tenía la cabeza en sus piernas, como un cachorro. Nunca había podido compensar eso, y era momento de hacerlo, pensó.
No, no pensó, actuó, rodeando la cintura de ella y la de Ghizelha, acariciándolas. Sus ojos fueron de una belleza a otra, pasó una mejilla por el lado izquierdo de Mahra, mientras su mano izquierda bajaba por la rabadilla de Ghiz.
Ella, aunque muchos no lo supieran, era una gárgola, pero lejos de ser fría piedra, ardía con esas caricias. Él se abandonó a lo que deseaba, a un placer que dividir sin ser dividido. Ghizelha metió las manos en el pantalón de Kerish, bajo el fajín rojo brillante, y acarició su masculinidad recorriéndola con la palma de la mano y los dedos, boqueando, al mismo que él besaba a Mahra, inspirado además del cariño que sentía por la dolida joven mujer como por el placer que le hacía sentir la otra. Él nunca había sabido consolar, pero estaba haciendo el mejor intento.
La dragona pensó en rechazarle, en alejarse sola y sumirse en la depresión, pero quizá los besos de él la hicieron abandonar esa idea, y le abrazó, acariciando su pecho por encima de la ropa, al mismo tiempo que él disfrutaba de la suave piel de la pierna de Ghizelha que estaba sobre la mesa.
—¿Pero podrías con las dos?—dijo Mahra, puede que asombrada o no convencida.
—Soy Kerish. Puedo con lo que sea o moriré intentándolo—sonrió él, asintiendo con seguridad.
—Intentar no. Demuestra…—le azuzó Ghizelha, riéndose.
Sus bocas se juntaron, ronronearon en un contacto prieto y carnoso, con lúbricas caricias de lengua sobre lengua, y luego, los labios de él dedicaron un beso a la gárgola, que insistía sobre su arco hinchado y palpitante envolviéndolo con la mano, y el joven estrechó a ambas mujeres contra él con lujuria apasionada. Las dos le querían. Él quería a las dos.
No se guardaron nada.
A la mañana siguiente, el sol estaba en lo alto y hacía calor. Ghizelha disfrutaba de un baño en una cascada, sola, enrojeciendo levemente su rostro al recordar el episodio de anoche.
No era la primera vez que había hecho algo con Kerish, pero nunca se había dado esa circunstancia extraña como la de ayer.
Sin embargo, eso la hizo jugar a solas con los botoncillos carnosos de sus senos grandes y suaves, acariciándoselos como haría él. Una hora antes habían estado juntos bajo la corriente de agua que descendía de entre las rocas, abrazados y desnudos, y se habían abandonado a otro de aquellos accesos de deseo. Lejos, quedaba el bárbaro que la había hecho suspirar, pero su recuerdo aún permanecía abrazándola y palpando sus senos de la manera más deseable y erótica.
Más allá, un jinete solitario abandonaba la isla hacia la parte suroriental, y el vuelo de un par de dragones con las escamas de un dorado pálido brillaron contra el sol y surcaron el cielo casi como flechas. En unos minutos, en el horizonte, aparecieron columnas de humo y fuego, y los gritos podían oírse por encima de los cascos del caballo de Kerish.

Qué nos espera.

•30 Marzo, 2008 • 1 comentario

En la tarde hacia la noche el cielo se iluminó todo con fuegos hechos por los hombres de Asia, y se celebró una cena.
En la fiesta todo estaba a rebosar de cerveza y vino, los amigos y los no tan amigos bebían juntos, celebraban el bodorrio, y contaban anécdotas divertidas. Había muchas parejas allí, pero sin duda, de entre los solteros, destacaba la figura del bárbaro, que no conseguía pasar desapercibido.
Como de costumbre, apoyado en una columna y con los brazos cruzados, con la hosca mirada perdida en algún lejano lugar más allá de los muros, pero aunque había echado alguna que otra mirada a la hermosa taltos, que además era una mujer generosa en curvas y de gran tamaño, algo estaba apagado en los ojos del joven.
La oscuridad en su interior continuaba creciendo. Eso era que cualquier poderoso ser de la sala podía notar con sólo mirarle.
Entonces le sobrevino un olor familiar, cercano, y la mujer que sostenía una rosa y llevaba un hermoso vestido negro con una apertura, al lado derecho hasta una cadera, pasó por su lado. Kerish se la quedó mirando un instante, y ella también. Su cabello era de un color rubio platino y sus ojos verdosos, sus pómulos, prominentes, y conformaban con sus labios un rostro atractivo.
Él hinchó el pecho y supo que se trataba de la forma mortal de Cyllan, aquella que tomaba para no ser fácilmente identificada, pues el cabello blanco y los ojos rojos eran algo realmente fuera de lo común y causaban demasiada curiosidad por su apariencia.
—Saludos, Kerish—susurró ella, abatiendo suavemente su abanico. Los tacones que llevaba, que se ataban a las piernas como unas sandalias altas sólo resaltaban el brillo de sus tobillos en contraste con el negro cuero, y allá donde una pierna se perdía bajo la prenda, otra sobresalía con una redonda rodilla y un muslo hermoso y suave.
El bárbaro retiró los ojos de ella, algo sonrojado por haberla mirado tanto tiempo, y balbució un quedo saludo, con los labios prietos.
—Hola—.
Cyllan suspiró. Habían tratado de separarlos de todas las formas y con todas las causas posibles, y no lo habían conseguido, y sin embargo, ahora la diosa y el mortal estaban más lejos que nunca. Por propia elección.
—¿Cómo estás?—le susurró ella, interesada por su estado.
—Tirando. Te veo muy bien—.
—Sí, no tengo ningún problema. ¿Y tu mujer?—le preguntó Cyllan en un tono más alto, quizá acusando el tono indiferente de él que había encendido algo de malicia en las palabras que ahora le clavaba al joven.
—Vuelvo a ser libre como el viento—le dijo él, devolviéndole la mirada, sin más. Pasaron unos instantes de silencio, el tiempo parecía haberse detenido para los dos, todo transcurría, todos eran ajenos a ellos. El rostro de la diosa brillaba como su cabello cuando el sol incidía por las vidrieras, y sus ojos relucían esplendorosos. El bárbaro pensó que ya estaba bien de indiferencia, y que esa era la parte de él que más torturaba a las féminas. La había amado, y eso se acabó, de acuerdo, pero al menos, debía ser considerado en honor a lo que fueron. Era lo justo.
—Estás preciosa. Quiero decir…—.
—Oh, gracias—.
—…Que me gusta mucho tu vestido. Y te sienta bien. Y eso—.
Los escotados hombros de Cyllan brillaban, su piel era suave y reluciente, se habría dado algún aceite de esencia que estaba enloqueciendo a Kerish. Pero el joven dominó su deseo con un profundo suspiro, hinchando la caja torácica, y lo expiró.
—Tú estás muy guapo. ¡Me resultas raro con tanta ropa!—comentó ella, y rieron juntos. Recuperando el aliento, se miraron fijamente de nuevo, y la música ambiental se tornó lenta, plácida, invitando a un baile juntos. El resto de los invitados y sobre todo los recién casados así lo interpretaron. Sauron e Ikoru se tomaron las manos, se miraron, y bailaron, como los demás. Parecían dioses sobre mortales en pedestales titánicos, él con sus galas de guerra, ella con el vestido más hermoso, y festejaron su unión, desapareciendo unos minutos de la escena.
Entretanto, la diosa con el vestido negro cuyos dorados bordados brillaban tanto como su cabello invitó a Kerish al baile, tomándole una mano. Él negó, medio sonriendo.
—No. No sé bailar—susurró, pero ella hizo como que no le había escuchado y tiró con insistencia de él. Al principio, Kerish no sabía cómo mover los pies o poner las manos, él sólo había bailado un par de veces y era por un ritual alrededor del fuego, invocando al espíritu del trueno y la guerra, algo muy diferente del baile al que estaba enfrentándose. Ella había puesto de su parte, y le tocaba a él. Por cumplir, que no quedara. Al principio, le parecía difícil seguir los pies de ella sin casi pisarla, era un patán, y el hecho de bailar pegado a una mujer lo avergonzaba.
Mentalmente, se repetía un montón de palabras para convencerse a sí mismo mientras miraba a la diosa con los ojos muy abiertos y las mejillas enrojecidas. No podía irse sin acabar lo que había empezado ya, sería como huir.

Eres un guerrero. Eres un guerrero. Esto es sólo un baile, puedes con ello, puedes triunfar. Un fallo ahora sería tu perdición. Has de ser valiente y…

Dejó de pensar cuando notó los pechos de ella muy cerca. Cyllan no llevaba ningún tipo de sostén bajo la ropa, y él podía notarlo a través de la liviana camisa de azul oscuro que se cerraba con un cuello recto entorno a su garganta. Su pulso se aceleraba como el tambor de guerra de su tribu, pero este tiempo le había servido para templarse. Ya no era una bestia incontrolable, era una persona, iba vestido como una persona y se portaría como una persona.

Has de ser valiente y demostrar a ésta mujer que puedes ganar cualquier batalla. ¡Enséñale lo que se ha perdido y luego quítaselo todo!

Ella dio un paso hacia la derecha, y Kerish rodeó la cintura de Cyllan con su brazo izquierdo, mientras que dejaba lacio el derecho, tomando la mano de ella que correspondía a su lado. Estudió la pauta. Uno, dos, atrás, izquierda, e introdujo algo de su cosecha, haciendo girar a Cyllan al mismo que él giraba junto a ella, los dos mirándose, con pasos laterales que describían un círculo sobre sí mismos, y acercó el rostro al de ella, que jadeó por su proximidad.
Hubo un momento que sus labios casi tocaron los del bárbaro, un roce leve entre las narices de ambos, y Kerish descendió con su respiración hasta el centro de las clavículas de la diosa.
Él se echó un segundo hacia atrás y se precipitó sensualmente sobre Cyllan, haciéndola encorvarse hacia atrás, hasta quedar suspendida, apoyada en el brazo izquierdo del joven, que la sostenía, y Kerish deslizó la mano derecha, soltando la izquierda de la hermosa mujer, y acarició desde su cadera a ese costado hasta su rodilla… volvió a ascender por su muslo, y la cambió bruscamente de brazo, como quien se pasaba un objeto de una mano a otra.
Cyllan abrió mucho los ojos, la línea negra pintada sobre y bajo sus párpados se transformó en una mueca de agradable desconcierto. Kerish subió el brazo con que la sostenía ahora por el escote de su rabadilla y su espalda hasta su nuca, dando con ella un paso a la derecha y luego dos a la izquierda, mirándola intensamente a los ojos.
La hizo mecerse hacia su diestra volviendo a bajar el brazo hasta su talle, y luego la respaldó nuevamente con su brazo izquierdo, quedando tumbada en el aire con tan sólo una pierna en el suelo, la rodilla derecha elevada, y el joven bárbaro la tomó de la cintura e hizo medio girar a la diosa para quedar a su espalda, abarcando sus caderas con las manos a la par que las de ella estaban sobre las suyas, y olió la fragancia de su cabello.
La música cesó, los invitados se aplaudieron unos a otros en medio de risas, y Cyllan se volvió hacia Kerish, con las manos sobre los hombros blancos de él, y la boca entreabierta. Unas ascuas que aún permanecían candentes habían enfurecido en su interior y prendido de fuego un deseo que no dejó de existir, pasó sus manos por el cabello de él, y sostuvo su rostro entre ellas.
Él se notó extrañamente invadido, recordó la primera vez que lo hicieron, y esa sensación familiar volvió a su cuerpo, manifestándose en sus hormonas y en la violenta erección que hizo sentir a ella contra su pubis y rozaba la zona interior de sus muslos.
Cyllan no supo cómo reaccionar, ni él tampoco, era una situación demasiado embarazosa. Sólo había dos formas de salir de ella, y la diosa intentó articular palabra, pero le costó un poco, dado el alcance de la virilidad de él a través de su hermosa (y liviana) vestimenta negra.
—A… ¡ah!… ¡Ha sido un buen baile!—jadeó ella.
—¡Uuuuf! S-sí. Bueno, mejor me voy—susurró el cimerio, tan apurado como la diosa.
Ambos se separaron, y mientras Kerish se apoyaba en una columna, recuperando el aliento (y la compostura que no tuvo y le costaba retener como si fuera un gran esfuerzo), Cyllan se alejó a una cámara privada donde secar una lágrima de su pasión femenina que la recorría entre sus hermosas piernas. Se horrorizó cuando resultaron varias más.
Si se abandonaba al placer con él, volvería a suceder lo mismo, y Cyllan quería protegerle. Tanto del caos como de ella, y de sí mismo. Un círculo vicioso que no terminaría bien.
Romántica, se puso una mano en el busto, cerró los ojos sentada en un diván, tomando una rosa de un florero. Repasó sus propios labios con los pétalos de la flor, imaginando que era la boca de Kerish.
Su cabello volvió a ser blanco y no por ello menos hermoso, y sus ojos tornaron de un rojo intenso como un rubí al rivalizar con los pétalos de la rosa, imaginando que lo que ahora acariciaba uno de sus pechos eran los labios de su amante. Realmente se sentía desconsolada por algo que se había vuelto imposible. No podría volver a abrazarle, ni besar su piel, ni hacerle el amor. La noche se hizo en el gran palacio de la isla, y cuando el telón oscuro tras las estrellas reveló a la luna, Cyllan se echó en su cama, sola, mirando la rosa. Se sintió muy sola.
—Es el precio a pagar por protegerte. ¿Qué nos espera al final?—.

Tol Galden. La boda de Sauron.

•20 Marzo, 2008 • 2 comentarios

Los barrancos

El susurro con eco de las gaviotas y las aguas contra aquellos acantilados tan altos sonaba acogedor, el sol este verano era cálido y agradable. Más allá, pudo ver la torre de Sauron en medio del verde brillante bajo el astro rey.

La Torre de Sauron

Un paraíso donde reinaba el caos. Una utopía que había sido posible sin sangre ni destrucción. Debería darse prisa o llegaría tarde, no quería entretenerse con las simpáticas y extrañas criaturas que le miraban con curiosidad al desembarcar en la playa, obviamente no era la misma curiosidad que él tenía al ver a los dragones y otros seres de naturaleza dudosa pululando como ciudadanos corrientes.

¡Bienhallado, viajero!

Todavía tenía que atravesar una región arbórea, y no tenía corcel ni tiempo para encontrarlo, era medio día casi, y tenía al lobo del tiempo mordiéndole el culo.
En el camino de los bosques, el bárbaro pululaba en la espesura con un bulto parecido a una guitarra en una funda de telas, y algunos seres entre los árboles, le miraron.
Así, con el manto por encima y el rostro cubierto por una capucha, parecía un trovador perdido. Varios hombres le salieron al paso, no eran demonios, ni ogros, ni orcos, sino otro tipo de monstruos que vivían de la rapiña.
—¡Danos tu dinero y tus joyas, mamón!—dijo uno con su voz rajada y nasal a la vez, amenazando con una daga. El bárbaro destapó una gran hacha de las telas, y sus cabellos asomaron así como parte de su rostro joven y marmóreo bajo el sol. Se echó la gran arma tras los hombros y miró en derredor, con despreocupación, mientras las hienas reconocían estar acechando a un león.
—Fuera—.
Alguno de ellos reculó al ver que llevaba una gran hacha, haciendo caso de su palabra, pero otros creyeron que era una fanfarronada y se echaron por Kerish desde detrás y por el flanco derecho. No fueron sensatos. Le bastó con girarse empuñando el arma con ambas manos para rajar de vuelta hacia la derecha varias caras en medio de gritos de dolor y agonía. Una parte de él lo disfrutaba. Se agachó con el Golpe del Amanecer, que abrió en canal el torso a un salteador destripándolo (este ataque tenía ese nombre ya que el que lo sufría nunca llegaba a ver el siguiente amanecer), y ascendió con un bloqueo, pateando un pecho, y rajó otro rostro entre gritos que aún no habían cesado.
Desde la espalda, otro chilló con furia yendo hacia él. Error número uno para un bandido, delatar que atacaba…
El bárbaro se agachó girándose con un tajo que le destrozó las rodillas al tipo de la daga, era rápido, pero el bárbaro era más cabrón y más fuerte, y cuando lo tuvo a su altura, con las piernas sangrantes e inservibles, describió un doble círculo (primero por encima suya y luego hacia la del enemigo) con su hacha y le dejó la cabeza colgando de un pedazo de carne del cuello, con un surtidor de sangre que abandonó el cuerpo muerto que aún retenía presión arterial. Si el anterior golpe tenía que ver con el Amanecer, este otro ataque recibía entre los bárbaros el nombre de Eclipse. La llegada de la oscuridad ante la luz. La muerte.
Dos salteadores que quedaban vivos corrieron alejándose, y el bárbaro que portaba el hacha de grandes dimensiones sonrió, sacudiendo el arma, y volvió a caminar. Quizá los otros volvieran poco tiempo después para saquear a sus compadres.
Una vez en el palacio de Sauron, el bárbaro llegó algo tarde a la ceremonia, pues cambiarse y deshacerse del grupito de acosadores le había retrasado.
El bárbaro iba vestido como un príncipe, llevaba un traje azul profundo de algún tipo de sedas, a la moda oriental, con una capa de un rojo anaranjado sobre la que un tigre y un dragón se disputaban un fénix radiante.
Sus pies, calzados por botas altas negras, elegantes y lustrosas, y el cabello peinado y brillante con la raya casi al medio, y unos lisos brazales largos de cuero negro adornaban y protegían desde sus muñecas hasta dos dedos bajo los codos.
Entró en el templo palaciego del caos dando golpecitos con el largo mástil del hacha, alzándola y abriéndose paso entre los invitados con la ceremonia casi terminando.
—¡Un segundo, un segundo! ¡El hacha, lo primero!—.
Sauron, que debía medir casi tres metros de altura, se giró con su armadura mirando al bárbaro, que le ofrecía un arma que él podía blandir como un hacha de batalla. Al ofrecérselo, Kerish dijo unas palabras.
—Un hacha para gobernarlos a todos, uno para encontrarlos. Un hacha para atraerlos a todos y en las tinieblas atarlos. Aunque sea un arma, entre los míos es un símbolo de unión, como aquí lo es un anillo. Espero honrar tu boda con este regalo, señor oscuro—sonrió el humano con complicidad, y Sauron tomó la gran hacha sonriendo a su vez, complacido.
—Entonces, ¡reinaré con este hacha! ¡Ash nazg durbatulûk, ash nazg gimbatul, ash nazg thrakatulûk, azgh burzum-ishi krimpatul!—gritó el dios del caos alzando el regalo, y recibió una aclamación, tras lo cual, una mujer tan alta y proporcionada como él, la llamada Ikoru, le miró y se tomaron las manos, el sacerdote del caos les hizo jurar los votos, y se besaron, recibiendo la ovación de todos sus invitados. Los amigos formaron un pasillo de armas que juntaron cuando el gran señor salía del templo y le siguieron con paso marcial.
Fue un día feliz, todos bebieron y comieron a la salud del señor oscuro y brindaron en su nombre y por la longevidad de su amor, su esposa, y él.
En esto, Kerish estaba devorando un filete de ternero a su lado, un lugar de honor, y Sauron le miró de reojo, enseñándole el hacha.
—¿Así que esto lo has hecho tú?—le preguntó al bárbaro, que asintió en silencio, eructando.
—Yyy… puedes decirme… ¿por qué está manchado de sangre?—continuó Sauron.
Kerish abrió mucho los ojos y miró a su amigo, con un sorbo de cerveza casi atragantándosele, y se encogió de hombros.
—Bueno, verás… tuve un problemilla con unos rateros del bosque y los partí en pedazos con ella. ¡Lamento que esté sucia! ¡Como no tenía nada más a mano…!—le susurró Kerish, excusándose con un rubor de vergüenza.
Sauron sonrió y le acalló, mostrando una de sus manos enfundada en un terrible guantelete, del que se deshizo.
—Eh, no te pedía disculpas. En realidad me honra que hayas hecho una ofrenda de sangre para bautizarla, y me has quitado unas pequeñas espinas. ¿Cómo te va?—.
—Sobrevivo. Ando por Tyrhavn—.
—¿Ya no estás en Camelot? Vienen malos tiempos. Los buenos tiempos… se necesitaría de tu espada allí—le comentó Sauron, mordisqueando un bollo de pan. Su bella esposa le escuchaba, pero no le miraba, comía silenciosa. Si había algo tras la apariencia, el bárbaro nunca lo supo.
—Camelot ya no es mi problema. Pero alguien está interesado en quitarme del mapa de todas formas—.
—No me extrañaría, amigo mío. Como dije, la guerra entre los dioses tiene un efecto nefasto sobre Camelot. No estoy en contra, pero tampoco a favor de guerrear precisamente en estos momentos. Son los mortales los que sufren las bajas, y por tanto, eso no nos conviene demasiado. ¿Quién quedará para darnos poder y creer en nosotros si todos mueren?—.
Kerish entrecerró los ojos y mojó pan en la salsa del ternero, asintiendo despacio, y boqueó mirando nuevamente a Sauron, espetándole algo revelador que tenía la imperiosa obligación de comunicarle.
—Solamnia ha tenido gresca. Y en mi camino hacia aquí he sabido de un ejército que se dirigía hacia Camelot, supongo. No entiendo por qué debería interesarte esto, pero… —.
—¿Ejército?—.
—Sí. Orcos, según lo que he averiguado se dividieron de los que atacaron Solamnia antes de la batalla. Pero no son como los orcos de siempre. Éstos luchan como si les azotaran con un látigo, son más agresivos y fuertes. Y no huyen. Marchan durante el día aunque les queme los ojos, y asesinan cuanto tienen a su alcance—.
—Algo muy oscuro se está concibiendo lejos de nuestro saber, Kerish. Te pido que tengas cautela… el caos no quiere realmente una era de oscuridad sin fin, pero quiere gobernar el mundo libre de las estrictas reglas, el orden también quiere mandar en Terra, aunque está débil y cansado y muchos empiezan a comprender su despotismo. Pero por encima de nosotros, es el bien o el mal. Ten mucho cuidado ya que habrá varios frentes, y si al menos Caos y Orden no se unen contra esta amenaza en común, no habrá Equilibrio. Akelas ganará, y nos llevará a la destrucción a la que estamos ya de por sí condenados—.
—¡Así que te vas a mantener neutral por el bien de los dos poderes!—.
—Por el bien de los pueblos que nos adoran, Kerish. Nosotros tenemos poder gracias a su adoración y ellos se sienten protegidos por nuestra fuerza. Los intentos de traer Orden al Caos son como puñaladas contra una montaña, es la esencia de todos los seres. Que de eso ya cada uno tienda al bien o al mal es otra historia, pero este es un mundo que deberíamos proteger y desarrollar en beneficio de todos. Aunque haya que regarlo de sangre—sonrió el señor oscuro que reinó sobre la Tierra Media y ahora era un dios ascendido, tanto como podía haberlo sido Kerish. Aun así, unos pocos y él se consideraban unidos al guerrero salvaje pese a esa diferencia, como era el caso. El bárbaro sonrió y le dio una palmada en su armadura ceremonial, casi llegando a uno de sus hombros de gigante acorazados.
—¡Me recuerdas a mi abuelo!—sonrió el joven guerrero, era un halago viniendo de su parte.
—El momento se acerca, y deberás elegir entre Luz o la Oscuridad, el Caos y el Orden, así como el Bien o el Mal. Ya conoces la profecía sobre Los Maestros, y de ellos, uno que se convertirá en el Destructor… o será el salvador prometido. Sólo espero que escojas tu camino sabiamente, pero la duda aún me preocupa. ¿Quién serás cuando llegue el Principio del Fin?—.
—Yo—.
—Cuídate mucho, Hermano—susurró Sauron posando una de sus enormes manos protegidas por los guantes de la armadura en el hombro derecho del bárbaro, y Kerish acabó su jarro de cerveza, asintiendo y alejándose de su amigo tras estrecharle el antebrazo. Una mirada entre ambos quizá profetizaba lo que iba a suceder cuando El Principio del Fin llegase.

Batalla en Solamnia.

•15 Marzo, 2008 • 2 comentarios

—¡Luchad, hermanos!—.
La voz provenía de un caballero con armadura completa, con rosas grabadas. Su yelmo brillaba como la plata pulida, y la lanza que empuñaba a lomos de su corcel dirigiendo otra carga destrozó varios brazos enemigos y torsos de orco.
Los solámnicos mantenían el empate, eran arrojados, como antaño, aunque antes de la leyenda de Sturm, el caballero de la Dragonlance, todos se hubieran vuelto una panda de maricones sin coraje que sólo sabía mandar y mandar y presumir de monturas dragónicas y de galones.
El campo de batalla se dividía en un mar de brillantes corazas que rugía metálico contra las oleadas verdes de los orcos que no se tomaban un respiro sin gritar o blandir sus oxidadas y terribles armas.
El cielo de la tarde enrojecía, como si se fuera tiñendo con sangre, y un bárbaro admiró la batalla desde un lado, en una colina, ajeno a la situación hasta que habíase acercado el día anterior. A saber cuánto tiempo llevaban guerreando en Solamnia.
—Bueno—se dijo, —No es asunto mío—.
Iba a pasar de largo, pero vio algo que le atrajo. Más bien a alguien. Un tipo rubio castaño, con las ropas azules y una espada que chispeaba eléctrica, estaba siendo cercado. Había acabado con tres orcos demasiado grandes, y ahora tenía cinco acosándole. Arrojó un hacha verdosa mientras reculaba, y el arma giró en círculo clavándose en una cabeza de orco y saltando desde ésta desincrustándose, volviendo a su mano izquierda.
Repitió el lanzamiento, matando a otro orco, pero el arma no volvió esta vez a su mano, clavada demasiado profunda en otra testa verdosa, y tres orcos ocuparon el espacio de los dos muertos.
Aun así, no cesaba su defensa, y contrarrestaba ataques con coraje, pero sin conseguir causar mella en el grupo que le acorralaba. Debía su ventaja a la magia.
Ahora, la había perdido.
—¡Ja, por eso no hay que confiar en la magia! ¿Pero por qué ha de morir un lobo para que seis chacales sobrevivan?—.
Kerish suspiró, repitiéndose que iba a arrepentirse de esto, y tomó la gran espada ancestral con ambas manos, dando el perfil izquierdo a la escena. Enfiló la punta hacia el frente, y corrió cuesta abajo, con un gruñido que subía de tono, convirtiéndose en un ronco rugido, un grito de guerra aterrador que hizo que varios orcos se volvieran sorprendidos, y una batida de la espada cortó un brazo, dos manos armadas y tres cabezas al completar un giro alocado.
El bárbaro saltó por encima de un ataque con una pesada hacha doble orca que el dueño del arma había lanzado, y le dio la espalda en el aire al verdoso cabezacuadrada con un medio giro, y aferró la espada hacia atrás bajo su axila izquierda, entre el brazo y el costado, mirando por encima del hombro al enemigo, que quedó ensartado con brutalidad.
El orco cayó en el acto con un débil rugido, y el bárbaro tomó la hacha doble, girándola a dos manos y cortando piernas verdes y brazos a su alrededor. De improviso, un orco saltó hacia él desde la derecha, y Kerish balanceó el hacha de tal forma que una hoja doble impactó contra la cintura del monstruo partiéndolo, desparramando sangre oscura en el aire a la par que sus intestinos, y echándose la larga vara del arma tras el cuerpo, el humano realizó un quiebro rotando hacia el otro lado, alzando la hacha doble orca con el brazo izquierdo y la hizo bajar rompiendo un cráneo por el flanco derecho, desparramando sesos de orco por el campo de batalla.
Uno más se atrevió a ir en su contra, pero el bárbaro antepuso el hacha con un golpe exterior hacia la izquierda y le destrozó la mano con que asía la espada orca, giró la terrible arma de hierro mellado, y con un tajo hacia el cuello del orco, se quedó quieto, con el mango en su izquierda junto a ese costado, y la parte que sostenía con la diestra brilló de sangre oscura, el cuerpo decapitado caía lentamente, y la cabeza del monstruo, cercenada, se deslizaba lentamente pero en equilibrio, sobre la brutal hoja.
Los orcos que tenía alrededor desaparecieron en busca de presas más fáciles, había matado un jefecillo de horda y usado su arma, y eso era mal augurio.
Entonces, el bárbaro dejó caer el arma para coger el hacha verde, cerca, y al desincrustarla, la arrojó contra uno de los monstruos que quería acabar con el tipo rubio desde la izquierda, que intentaba ganar tiempo. El arma voló como una hélice mortal de jade, y le estalló el occipucio al orco, lanzándolo a un metro del acosado.
Luego, Kerish se hizo con su espadón y detuvo un tajo de hacha, trabando armas con un orco. Desvió el forcejeo pivotando hacia la derecha del monstruo y dio un salto partiéndole entre la clavícula derecha y el cuello, salpicando el suelo de sangre, y el grito del orco se apagó con su muerte. Detuvo al otro que venía alzando el arma, también, pero separando las piernas y con un filo hacia arriba, con la punta hacia la izquierda. El rebote sorprendió al orco, y el bárbaro medio giró el arma desde la izquierda por detrás de su cuerpo y se adelantó un paso, soltando un mandoble que partió por la clavícula izquierda al ser verdoso y maligno con un borbotón de corrupta hemoglobina que parecía alquitrán marrón.
El tajo del hábito se había cobrado dos presas hoy. El otro guerrero ensartó por el pecho a uno de los orcos esquivando un golpe hacia su cabeza, agachándose, y se volvió hacia otro al que detuvo el arma con la guarda de su espada, que ahora no chispeaba.
Empujó al orco, gritando, le soltó un tajo en cruz que le deshizo la cara. El joven hombre, robusto y de ojos verdes, asintió al misterioso benefactor, y el bárbaro se alejó, hacia el centro del campo de batalla. Desde allí, describió un surco de muerte con su espada, girando en círculos como un tornado, y el vacío a su alrededor olía a la fetidez de orcos muertos con entrañas ponzoñosas. Llegó un momento que rió, poseído por algún éxtasis, y gritó: —¡Orcos! ¡No está mal para entretenerme, pero empiezo a aburrirme! ¡Quiero más sangre!—.
La larga hoja de su espada estaba manchada de alquitranada sangre, cortaba codos, destripaba vientres y destrozaba cabezas con un rango efectivo de más de dos metros a su alrededor.
Alguien derrotó al señor de la horda, un orco hechicero que iba subido en un dragón orco serpentiforme, y estalló en fuego desde las tripas de su bestia.
El berserk hizo que Kerish ampliara el doble del radio en el que se adjudicaba sus víctimas, sin darse cuenta que sangraba por seis sitios, los brazos una pierna, un costado y el torso bajo la armadura con algunos cortes que destrozaron el cuero.
Cuando no quedó orco que matar en el campo de batalla, Kerish suspiró, jadeando como un animal frenético al borde del infarto, y clavó la espada en el suelo, dejándose caer. Sus brazos reposaron sobre los gavilanes del montante de los antiguos, y perdió la vista, y el conocimiento. Dejó de empuñar el arma, cayendo al suelo de espaldas, y la espada del tipo que poseía el hacha verde volvió a electrizarse.
Nadie supo por qué sucedía aquello, ni por qué la magia que podía lanzar el jefe de la horda no afectó a los solámnicos con efectos demoledores.
A día de hoy, aún se rumorea sobre “El Fiero” que intervino en la batalla entre los ancianos que han visto el morir de aquella era.

La gente en las calles celebraba la victoria luego de enterrar a los caídos el día siguiente. Unos sacerdotes daban sus bendiciones a los vencedores, y santificaban con las unciones finales a los que habían perecido con valor. Fue un día de luto y fiesta, y Kerish levantó en el hospital de la ciudad, mirando en derredor. Una joven mujer con el cabello oscuro en bucles brillantes y vestida de blanco pasó de largo, y el bárbaro alzó la mirada, incorporándose sobre su estera, con el cuerpo vendado por el torso, los brazos y una pierna.
—¿Mahra?—.
Ella desapareció, y creyó que había delirado por las heridas, pero cuando cerró los ojos y los volvió a abrir, la vio allí, mirándole con sus ojos de plata. Estaba preciosa, como siempre. Se quedó sin habla, boqueó, pero las palabras no salían. Recordaba a la Mahra sobre cuyos muslos dormía como un cachorro. Casi llegó a enamorarse por poco otra vez.
—¿Qué tal te encuentras, pequeño?—le sonrió ella.
—¿Pequeño? ¡Te vas a enterar!—gruñó el bárbaro, notando que le salían rayos de la cabeza.
Mahra le impuso una mano en el pecho, impidiéndole, e hizo brillar una luz en él. Kerish sintió un suave calor, muy agradable, y se rindió a la sensación, algo sanaba bajo su piel.
—Cerraré tus heridas casi del todo, es cuanto puedo hacer por ti—susurró Mahra Dragonbane.
El bárbaro entrecerró los ojos, y antes que ella separara la mano, se la tomó por la muñeca con una de las suyas.
—Eh…—.
Ella le miró sin saber cómo reaccionar, pero el rostro de él enrojeció un poco al pronunciar una palabra que no solía usar.
—…Gracias—.
Mahra sonrió encantadoramente, y él aflojó su presa, mirándola a los ojos. La mano de ella le acarició el blanco rostro, manchado de sangre enemiga, y se contuvo de darle un beso en la frente.
—Tengo mucho que hacer ahora, bárbaro. Espero volver a verte en mejor circunstancia y pronto. ¿Vale?—.
—Vale…—susurró él con pesar. Siempre había sentido cariño por ella, y se sentía más que apartado.
—No hagas muchos esfuerzos, o volverán a abrirse—.
—Tranquila, me quedaré aquí, quietecito. Seré un chico bueno. ¡Da recuerdos a Arokh!—sonrió Kerish, y ella se levantó dándose la vuelta, con el blanco vestido de batalla ondeando suavemente, mostrando una de sus piernas que calzaban sandalias altas de tacón.
El bárbaro entrecerró los ojos mirándole el trasero, suspirando y negando con la cabeza.
“Que te lo has creído. Contigo haría de todo lo que no te parece bueno”.
La silueta de Mahra fue reemplazada por aquél tipo rubio robusto vestido de azul, con la espada a la espalda. Estaba ahí, cruzado de brazos, mirándole, en silencio. Kerish le miraba a través de los flequillos que caían sobre su rostro.
—Kirk—dijo el extraño, —Kirk Naitsirk—.
—Kerish—.
—Has demostrado gran valor, Kerish, pero no te conozco. Ni te he visto entre los demás cuando la batalla empezó—.
—Nunca se me ve hasta que es demasiado tarde—dijo el guerrero estepario, encogiéndose de hombros.
—¿No? ¿Para quién has luchado entonces? ¿Cuál ha sido tu motivo? Podías haberlo dejado todo allí y largarte—le interrogó Kirk.
—Podría, pero soy un poco idiota a veces y me meto a luchar donde no me llaman. De todos modos eran demasiados orcos para disfrutarlos vosotros solos—sonrió.
—Agradecemos tu espada. Un poco… fuera de lo común, ¿no?—.
—Eso parece—.
—¿Puedes levantarte?—.
El joven bárbaro se levantó despacio, apoyándose en el montante, se lo echó tras la espalda, y notó que las heridas le dolían un poco. Al menos, los vendajes las sujetaban y el poder de Mahra le había sanado en parte.
—Demos un paseo—le susurró Kirk, mientras echaban a caminar lejos del hospital.
Llegaron junto a una mujer con el cabello blanco y los ojos negros, que llevaba un traje rojo. En un primer momento, Kerish sintió una palpitación de terror, creyendo que podía reencontrarse con Cyllan y que tenía algo que ver, pero era otra persona, otra chica.
—Te presento a la dama Ignea Soravento, del linaje de los Soravento, una ilustre y mafio… respetable familia de dragones—.
—Gracias, Sir Kirk. ¿Quién es el caballero?—dijo Ignea. Tenía un tono de voz algo ronco, que en el fondo, rebosaba suavidad. Se parecía tanto…
—Él es… Kerish, ¿no?—.
—Sí—respondió el bárbaro, —Encantado de conocerte, nena. ¿Estás soltera?—dijo mirándole el escote que dejaba a la imaginación cosas agradables en que fantasear.
Ignea alzó la ceja derecha, sorprendida, y entreabrió los labios mostrando un largo colmillo.
Una de sus rodillas, la derecha, subió buscando los testículos del guerrero salvaje, pero éste bajó una mano sobre el muslo de la dragona, y detuvo el avance de su pierna.
Ella desenvainó una daga de parada de su izquierda, y la puso hacia el cuello de Kerish con un filo. Éste le cogió la muñeca con la mano derecha, y forcejeó.
—¡Ningún hombre me mira así y vive para contarlo!—gruñó ella.
—¡Lo superarás!—rió Kerish.
Ella cedió, y él notó que sus heridas se reabrían un poco. No dio muestras de dolor. A Ignea le pareció atrevido, sinvergüenza, desagradable. Atractivo.
A él, que ella tenía mal genio. Le gustaba.
—Volveremos a vernos, Kerish. Y entonces besaréis mis zapatos—.
—Cuando vaya a quitártelos—susurró él con los ojos entrecerrados.
Kirk miró al bárbaro de reojo cuando ella se dio dignamente la vuelta y echó a andar lejos, por la calle.
—Creo que le has gustado. Ey, ¡eres rápido! ¡Me vendrías bien de ayudante!—.
—No sirvo a nadie. ¿Me invitas a un trago?—.
—¡Qué menos, chico!—.

A la noche, se dirigieron hacia un lugar llamado el Castillo de los Sueños. No debían haber muchos hombres por ahí, o al menos, no les parecían tan atractivos a las damas como aquél par de guerreros. No había mujer de allí que no se sintiera interesada por alguno de los dos. El bárbaro pensó que hacían falta hombres en casa, o es que había demasiada mujer guapa y dispuesta suelta por el mundo. El otro guerrero había decidido acompañar al bárbaro por el camino hacia donde se separarían, y pasarían la noche en el lugar al que habían llegado. Y aún sin una cerveza en el vientre, sólo a agua, el bárbaro se mostraba cada vez más deseoso de ingerir alcohol.
Se internaron en una taberna, y Kirk se detuvo, mirando en derredor.
—¿Por qué hemos tenido que venir tan lejos para echar un trago? ¡El agua es para los peces y estoy sediento de vino, o cerveza!—preguntó Kerish, que estaba tras él.
—Es que he quedado aquí con una amiga. Te prometo que en cuanto nos sentemos, beberemos todo lo que desees y más—sonrió Kirk.
—Oh, pues beberemos con tu amiga. Por cierto, querías decirme algo sobre esa nube de polvo que vimos, ¿no?—.
—No era sólo una nube de polvo, Kerish. Los orcos que hemos derrotado eran parte de su ejército. Se supone que está compuesto por demonios o algo así. Al principio, pensábamos que pasarían de largo, y así hicieron. Pero un grupo vino hacia nuestra ciudad para asaltarla. Creo que hacia el sur tendrán problemas, pero están sobre aviso y les prestaremos ayuda—.
Kirk divisó a una mujer con los ondulados cabellos de rojo anaranjado sentada a una mesa, y pidió a Kerish que le siguiera, cortando la conversación. Se sentaron, y Kirk dio un beso en una mejilla a la mujer. Tenía las orejas puntiagudas, pero el físico de una humana. No era una elfa liviana y sin caderas de pechos pequeños. El bárbaro echó un gruñido cuando Kirk les presentó.
—Ella es Ysthariel. Querida, él es Kerish—.
Ella era una semielfa de cuna noble, al menos por la parte humana. Había sido fruto de una violación a su hermosa madre, pero tras esas circunstancias, heredó el poder de su progenitor… y la habilidad de jugar con las pócimas y las hierbas.
—Agradable sorpresa, querido. Kerish es muy conocido en el norte y en Camelot—susurró ella.
—¡No me digas! Cerveza, por favor señorita. ¿Qué vas a tomar Kerish?—.
—Otra para mí—.
—Bien, dos cervezas. ¿Decías, querida?—.
Kerish e Ysthariel se miraron echándose rayos por los ojos unos instantes, ya que la altiva dama parecía menospreciarle, cosa que quizá el acusaba y le devolvía el gesto, pero ella habló de asuntos propios con Kirk, mientras Kerish sonreía con la llegada de la bebida.
Al ir a pagar a la moza, la semielfa puso una mano sobre la de Kirk, mirándole.
—No. Esta la invito yo al bárbaro. ¿Beberás a mi salud, cariño?—.
—Sí—rumió en voz baja al asentir con la cabeza.
Ysthariel acercó a Kerish su cerveza, girando disimuladamente una mano y dejando caer un polvillo desde uno de los anillos que tenía en una mano, poniendo frente al bárbaro su jarra.
Él bebió un par de largos tragos, vaciando su vaso, y pronto notó que se mareaba. Quizá había bebido demasiado deprisa, pero no podía ser.
Él había tumbado ogros bebiendo. ¿Qué sucedía, entonces?
Ysthariel llamó a una hermosa mujer morena que vestía con una minifalda ceñida y una camisa de seda translúcida. Las altas botas de piel estaban lustrosas como su cutis.
—Sorita, cariño, lleva a nuestro amigo Kerish a una habitación. Parece que se encuentra… mareado—.
—Sí, señora—sonrió ella, pero Ysthariel sonrió más aún.
Kirk observó la escena perplejo, y susurró: —¿Lo has envenenado?—.
—Sí. Se lo tiene merecido, ya te contaré por qué. Oh, no temas, no es un veneno mortal sino una droga, pero le dará una lección—sonrió Ysthariel.
—¿Y crees que Sorita…?—preguntó él, intrigado.
—Ese jovencito, Kerish, es un bastardo peligroso. Pero Sorita sabrá controlarlo. Ahora, ¿me llevas a tu alcoba?—.
La noche transcurrió borrosa para el bárbaro, pero la disfrutó con el sexo que le brindó una extraña joven que cuidó de él sin pretensión alguna…
No tenía ni idea de por qué ni cómo, pero ella despertó a su lado, le acarició, le trajo de desayunar, y luego de vestirse él, la joven se fue. Él aún estaba aturdido, aunque la sirvienta de Ysthariel había despertado su cuerpo con caricias, y el bárbaro no llegó a saber su nombre.
Confió en volver a verla. Sí, aún confiaba en algo.
Finalmente, resacoso y mareado, montó en el caballo que le habían dado en Solamnia y cabalgó hasta el puerto más cercano, embarcando hacia la isla de Tol Galden, donde llegaría tras una semana de viaje por tierra y mar.