El día amanecía en el reino de Phelsya, quizá frío, puede que un poco seco, pero era una mañana hermosa.
La puerta de la habitación estaba abierta, y por ella, entró una sombra tan oscura como la noche misma… Shyan, apoyada con los codos sobre el contrapecho de la ventana, suspiró y saludó al tipo sin siquiera mirarle.
—Buenos días, Sanado—.
El ninja sonrió bajo la máscara. La vampiresa había aprendido a detectarle o se trataba acaso del poder que había alcanzado con el potente libro de conjuros y secretos arcanos que había devuelto la vida a la población Phelsyana.
—Hola, guapa. ¿Qué te parece si charlamos un poco?—.
Ella se puso un dedo en los labios y siseó, señalando con sus ojos verdosos hacia la cama deshecha que ambos tenían a espaldas.
—No quiero despertarle—susurró Shyan, con apuro, mientras que retiraba la vista de nuevo hacia la visión colosal y hermosa de su ciudad.
Su reino. Todo por lo que había luchado.
—¿No quieres que despierte? Seguro que se alegra de verme—murmuró Sanado, rascándose la nuca algo confuso por tal constatación.
—Seguro que también se alegra de que yo me haya vestido, y créeme… éste bárbaro rompecorazones es peor de lo que te imaginas si se anima a desvestir a una mujer—.
El ninja echó una queda y agua risa y se situó al lado izquierdo de Shyan, con la espalda contra la pared y sus fuertes brazos, tatuados con dos dragones, cruzados sobre el torso.
—Vale, le dejaremos roncar—.
—Siempre pensé que roncaría como un oso, pero sin embargo, duerme en silencio. Es como un cadáver en un sepulcro—medio sonrió la vampira, quién sabía si con decepción.
—Ya sabes que todo lo que entra, entra tieso—.
—¡San!—le reprendió ella, con el rubor en sus mejillas céreas delatando que se había escandalizado.
—Vale, vale. Mira, he venido para decirte que ahora formo parte de los Dioses del Caos, y tenemos interés en nuevos talentos. Ya sabes, ha habido recortes de plantilla para los que no nos valían mucho después de la guerra de Orden y Caos—.
—O Caos y Orden—.
—Como sea. Bueno, te comento que estamos interesados en gente buena, buena en lo que hace. Así que surgió tu nombre en el consejo y pensamos que desde lo de Bran, podrías unirte a nosotros como agente—.
La joven vampiresa volvió a mirar hacia la lejanía del lugar que le pertenecía de algún modo, quizá no como reina, pero sí como su salvadora.
Con la ayuda de los dioses del caos podría hacer más grandes cosas, y con el tiempo, quién sabía… ¡quizá convertirse en una deidad si su ingreso daba buenos frutos!
También estaba el hecho de que, ahora que estaba más viva que muerta, las cosas se presentaban mejor.
Si había cooperado con Drack y el resto fue porque no iba a salvar el mundo por altruismo; era una mujer patriótica y consideraba a sus amistades parte de su país interior y particular.
Si conseguían la Arkadiamov podrían poner en práctica el plan de Drack para Camelot, y con los poderes que se le ofrecía en el caos, Shyan obtendría su propio reino, su propio escaño en la jerarquía divina y caótica, por no mencionar que los vampiros eran seres posesivos que anhelaban el control sobre todo bajo su puño, y ella, por más que quisiera salvar el reino, en el fondo sentía una sed de poder que la llevaba a secretos estudios y prácticas mágicas peligrosas.
Todo estaría a su alcance.
—Tengo que pensarlo, Sanado—.
—Sí, tranquila. Pero no te demores demasiado—.
El ninja despegó la espalda de la pared y acarició la tsuba de Venganza al igual que la vaina, comprobando que el sable ninja estaba bien sujeto a su cuerpo, y entonces se despidió.
—¡Ittekimasu!—.
Shyan entreabrió sus labios de rojo oscuro y le mostró los colmillos, medio sonriendo.
—No tardaré mucho en responder—.
Drack había recibido un informe justo cuando desayunaba con Crowley su taza de té, mas el bibliotecario se tomaba el tercer café de la mañana.
Cogiendo una pasta con distracción, se fijó en el otro tipo, de aspecto joven y con el cabello como una ígnea llama azulada que ardía muda y etérea.
Crowley se hallaba revisando algunos dibujos que no eran sino diseños del manual de instrucciones de aquello que buscaban, y entre que continuaba descifrando la caligrafía, Drack Gawain puso la mano derecha sobre la mesa, tocando un papelote cuyo sello de cera estaba roto.
El bibliotecario se sobresaltó y se manchó el rostro de café.
—¡Partiremos esta tarde!—le dijo el rubio vestido de negro, ante lo que Crowley rezongó alegando: —¡Cuando queráis, Lord Drack! Pero por todos los demonios, ¡dejadme tomar mi café sin estos sustos!—.
Gawain medio sonrió y le miró de reojo.
—Tomas demasiado café—.
—Soy mayorcito como para saber lo que me hago. La parte importante del manual está casi descifrada del todo, por cierto—.
—¿Cuánto te queda?—.
—Sólo quinientas páginas según mis estimaciones. Estarán a punto cuando lleguemos a la Academia, si es que partimos con este pronóstico—.
Shyan y Kerish aparecieron peleándose por la bajada de la posada donde se habían reunido todos. Seiden no estaba presente porque tenía un asunto que atender en su propia casa, pero los demás componentes del grupo de Drack sí que estaban por allí. De hecho, Aerongard reía viendo que la joven pelirroja y el bárbaro discutían tomándose de los brazos y golpeándose con… afecto, suponía.
Crowley pidió al mozo de la posada otro café y ya en la arcada del portal, la pareja dejó de pelearse.
—¡Pasa tú, bárbaro!—le escupió Shyan.
—Las damas primero…—susurró Kerish con cordialidad.
Por pasar la primera, ella alzó la barbilla, orgullosa, y le dio la espalda… sólo para ser adelantada por el guerrero de las estepas y sufrir, al mismo tiempo, un azote gamberro bajo una nalga.
La vampiresa le miró con los ojos encendidos de furia y él se resguardó de su cólera tras una columna, mordiéndose el labio inferior mientras sonreía.
Dejándolo por caso perdido, ella se sentó en un extremo de la mesa que compartían Drack y Crowley, así este último recibía la siguiente taza humeante.
—¿Qué tal la noche?—medio sonrió Gawain, junto a ella.
Shyan se ahorró comentarios y datos y simplemente recogió los labios hacia dentro de su boca, alzando ambas cejas con una expresión de lo más significativa.
—Ya, no quieres hablar de eso—resolvió a fin de cuentas el rubio capitán, y dio un sorbo a su té.
—Cada vez que nos vemos parece que tengamos que matarmos—.
—Yo creo que en verdad es atracción. Como no sois capaces de liberar vuestro deseo sin dominaros el uno al otro… lucháis. Es una tensión salvaje y oscura, pero me agrada verlo en vosotros. Sin embargo, esas cosas siempre acaban mal—.
Entonces, Kerish apareció de la nada junto a Crowley, tras su hombro izquierdo, señalando de pronto el dibujo de una página donde puso la punta de su cuchillo de hoja ancha.
—¡Eh! ¡Dime qué es esto!—.
Crowley dio de nuevo un respingo y tiró el café que degustaba tan tranquilamente, dejó el libro en la mesa, y encaró al bárbaro apuntándole con un dedo acusador.
—¡Tú! ¡Tú! Primero te metiste en mis dominios sin avisar, ¡con lo que detesto a los mangantes y las visitas no deseadas! ¡Y luego me arrojaste un armario! ¿Sabes las secuelas emocionales que me han quedado después de eso? ¡Temo acercarme a uno desde el maldito día en que te conocí, por tu culpa me he vuelto paranoico! ¡Y ahora… ahora me tiras el maldito café! ¡¿Es que no puedo desayunar tranquilo?!—.
—…—.
—…—.
—Tomas demasiado café—.
Crowley se quedó de piedra, con la mirada congelada en el tranquilo y anguloso rostro del bárbaro que le contemplaba, y partiendo en dos la situación, Drack interpuso la funda de su espada entre ambos.
—Kerish, partiremos esta tarde. Ven con nosotros de vuelta al reino y te daremos lo que buscas—.
—¿Allí es donde están analizándola?—.
—Así es. No tenemos un laboratorio ambulante ni de campaña, de modo que no tenemos más opción que retornar al reino. Además, así conocerás la Academia—.
El bárbaro suspiró mientras se cogía el cabello en una coleta, sentándose junto a un Crowley al borde del colapso, y puso las manos sobre la mesa.
—De acuerdo, voy con vosotros. ¡Mozo, una infusión para mí!—.
—¡Yo más rosquillas!—gritó Aerongard alzando una mano.
—Para mí nada, gracias—suspiró Shyan, desviando la mirada del rostro de Kerish.
Drack hizo un gesto negativo con la mano y el bibliotecario levantó un dedo de su mano izquierda.
—Para mí café, gracias—.













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