—¡Luchad, hermanos!—.
La voz provenía de un caballero con armadura completa, con rosas grabadas. Su yelmo brillaba como la plata pulida, y la lanza que empuñaba a lomos de su corcel dirigiendo otra carga destrozó varios brazos enemigos y torsos de orco.
Los solámnicos mantenían el empate, eran arrojados, como antaño, aunque antes de la leyenda de Sturm, el caballero de la Dragonlance, todos se hubieran vuelto una panda de maricones sin coraje que sólo sabía mandar y mandar y presumir de monturas dragónicas y de galones.
El campo de batalla se dividía en un mar de brillantes corazas que rugía metálico contra las oleadas verdes de los orcos que no se tomaban un respiro sin gritar o blandir sus oxidadas y terribles armas.
El cielo de la tarde enrojecía, como si se fuera tiñendo con sangre, y un bárbaro admiró la batalla desde un lado, en una colina, ajeno a la situación hasta que habíase acercado el día anterior. A saber cuánto tiempo llevaban guerreando en Solamnia.
—Bueno—se dijo, —No es asunto mío—.
Iba a pasar de largo, pero vio algo que le atrajo. Más bien a alguien. Un tipo rubio castaño, con las ropas azules y una espada que chispeaba eléctrica, estaba siendo cercado. Había acabado con tres orcos demasiado grandes, y ahora tenía cinco acosándole. Arrojó un hacha verdosa mientras reculaba, y el arma giró en círculo clavándose en una cabeza de orco y saltando desde ésta desincrustándose, volviendo a su mano izquierda.
Repitió el lanzamiento, matando a otro orco, pero el arma no volvió esta vez a su mano, clavada demasiado profunda en otra testa verdosa, y tres orcos ocuparon el espacio de los dos muertos.
Aun así, no cesaba su defensa, y contrarrestaba ataques con coraje, pero sin conseguir causar mella en el grupo que le acorralaba. Debía su ventaja a la magia.
Ahora, la había perdido.
—¡Ja, por eso no hay que confiar en la magia! ¿Pero por qué ha de morir un lobo para que seis chacales sobrevivan?—.
Kerish suspiró, repitiéndose que iba a arrepentirse de esto, y tomó la gran espada ancestral con ambas manos, dando el perfil izquierdo a la escena. Enfiló la punta hacia el frente, y corrió cuesta abajo, con un gruñido que subía de tono, convirtiéndose en un ronco rugido, un grito de guerra aterrador que hizo que varios orcos se volvieran sorprendidos, y una batida de la espada cortó un brazo, dos manos armadas y tres cabezas al completar un giro alocado.
El bárbaro saltó por encima de un ataque con una pesada hacha doble orca que el dueño del arma había lanzado, y le dio la espalda en el aire al verdoso cabezacuadrada con un medio giro, y aferró la espada hacia atrás bajo su axila izquierda, entre el brazo y el costado, mirando por encima del hombro al enemigo, que quedó ensartado con brutalidad.
El orco cayó en el acto con un débil rugido, y el bárbaro tomó la hacha doble, girándola a dos manos y cortando piernas verdes y brazos a su alrededor. De improviso, un orco saltó hacia él desde la derecha, y Kerish balanceó el hacha de tal forma que una hoja doble impactó contra la cintura del monstruo partiéndolo, desparramando sangre oscura en el aire a la par que sus intestinos, y echándose la larga vara del arma tras el cuerpo, el humano realizó un quiebro rotando hacia el otro lado, alzando la hacha doble orca con el brazo izquierdo y la hizo bajar rompiendo un cráneo por el flanco derecho, desparramando sesos de orco por el campo de batalla.
Uno más se atrevió a ir en su contra, pero el bárbaro antepuso el hacha con un golpe exterior hacia la izquierda y le destrozó la mano con que asía la espada orca, giró la terrible arma de hierro mellado, y con un tajo hacia el cuello del orco, se quedó quieto, con el mango en su izquierda junto a ese costado, y la parte que sostenía con la diestra brilló de sangre oscura, el cuerpo decapitado caía lentamente, y la cabeza del monstruo, cercenada, se deslizaba lentamente pero en equilibrio, sobre la brutal hoja.
Los orcos que tenía alrededor desaparecieron en busca de presas más fáciles, había matado un jefecillo de horda y usado su arma, y eso era mal augurio.
Entonces, el bárbaro dejó caer el arma para coger el hacha verde, cerca, y al desincrustarla, la arrojó contra uno de los monstruos que quería acabar con el tipo rubio desde la izquierda, que intentaba ganar tiempo. El arma voló como una hélice mortal de jade, y le estalló el occipucio al orco, lanzándolo a un metro del acosado.
Luego, Kerish se hizo con su espadón y detuvo un tajo de hacha, trabando armas con un orco. Desvió el forcejeo pivotando hacia la derecha del monstruo y dio un salto partiéndole entre la clavícula derecha y el cuello, salpicando el suelo de sangre, y el grito del orco se apagó con su muerte. Detuvo al otro que venía alzando el arma, también, pero separando las piernas y con un filo hacia arriba, con la punta hacia la izquierda. El rebote sorprendió al orco, y el bárbaro medio giró el arma desde la izquierda por detrás de su cuerpo y se adelantó un paso, soltando un mandoble que partió por la clavícula izquierda al ser verdoso y maligno con un borbotón de corrupta hemoglobina que parecía alquitrán marrón.
El tajo del hábito se había cobrado dos presas hoy. El otro guerrero ensartó por el pecho a uno de los orcos esquivando un golpe hacia su cabeza, agachándose, y se volvió hacia otro al que detuvo el arma con la guarda de su espada, que ahora no chispeaba.
Empujó al orco, gritando, le soltó un tajo en cruz que le deshizo la cara. El joven hombre, robusto y de ojos verdes, asintió al misterioso benefactor, y el bárbaro se alejó, hacia el centro del campo de batalla. Desde allí, describió un surco de muerte con su espada, girando en círculos como un tornado, y el vacío a su alrededor olía a la fetidez de orcos muertos con entrañas ponzoñosas. Llegó un momento que rió, poseído por algún éxtasis, y gritó: —¡Orcos! ¡No está mal para entretenerme, pero empiezo a aburrirme! ¡Quiero más sangre!—.
La larga hoja de su espada estaba manchada de alquitranada sangre, cortaba codos, destripaba vientres y destrozaba cabezas con un rango efectivo de más de dos metros a su alrededor.
Alguien derrotó al señor de la horda, un orco hechicero que iba subido en un dragón orco serpentiforme, y estalló en fuego desde las tripas de su bestia.
El berserk hizo que Kerish ampliara el doble del radio en el que se adjudicaba sus víctimas, sin darse cuenta que sangraba por seis sitios, los brazos una pierna, un costado y el torso bajo la armadura con algunos cortes que destrozaron el cuero.
Cuando no quedó orco que matar en el campo de batalla, Kerish suspiró, jadeando como un animal frenético al borde del infarto, y clavó la espada en el suelo, dejándose caer. Sus brazos reposaron sobre los gavilanes del montante de los antiguos, y perdió la vista, y el conocimiento. Dejó de empuñar el arma, cayendo al suelo de espaldas, y la espada del tipo que poseía el hacha verde volvió a electrizarse.
Nadie supo por qué sucedía aquello, ni por qué la magia que podía lanzar el jefe de la horda no afectó a los solámnicos con efectos demoledores.
A día de hoy, aún se rumorea sobre “El Fiero” que intervino en la batalla entre los ancianos que han visto el morir de aquella era.
La gente en las calles celebraba la victoria luego de enterrar a los caídos el día siguiente. Unos sacerdotes daban sus bendiciones a los vencedores, y santificaban con las unciones finales a los que habían perecido con valor. Fue un día de luto y fiesta, y Kerish levantó en el hospital de la ciudad, mirando en derredor. Una joven mujer con el cabello oscuro en bucles brillantes y vestida de blanco pasó de largo, y el bárbaro alzó la mirada, incorporándose sobre su estera, con el cuerpo vendado por el torso, los brazos y una pierna.
—¿Mahra?—.
Ella desapareció, y creyó que había delirado por las heridas, pero cuando cerró los ojos y los volvió a abrir, la vio allí, mirándole con sus ojos de plata. Estaba preciosa, como siempre. Se quedó sin habla, boqueó, pero las palabras no salían. Recordaba a la Mahra sobre cuyos muslos dormía como un cachorro. Casi llegó a enamorarse por poco otra vez.
—¿Qué tal te encuentras, pequeño?—le sonrió ella.
—¿Pequeño? ¡Te vas a enterar!—gruñó el bárbaro, notando que le salían rayos de la cabeza.
Mahra le impuso una mano en el pecho, impidiéndole, e hizo brillar una luz en él. Kerish sintió un suave calor, muy agradable, y se rindió a la sensación, algo sanaba bajo su piel.
—Cerraré tus heridas casi del todo, es cuanto puedo hacer por ti—susurró Mahra Dragonbane.
El bárbaro entrecerró los ojos, y antes que ella separara la mano, se la tomó por la muñeca con una de las suyas.
—Eh…—.
Ella le miró sin saber cómo reaccionar, pero el rostro de él enrojeció un poco al pronunciar una palabra que no solía usar.
—…Gracias—.
Mahra sonrió encantadoramente, y él aflojó su presa, mirándola a los ojos. La mano de ella le acarició el blanco rostro, manchado de sangre enemiga, y se contuvo de darle un beso en la frente.
—Tengo mucho que hacer ahora, bárbaro. Espero volver a verte en mejor circunstancia y pronto. ¿Vale?—.
—Vale…—susurró él con pesar. Siempre había sentido cariño por ella, y se sentía más que apartado.
—No hagas muchos esfuerzos, o volverán a abrirse—.
—Tranquila, me quedaré aquí, quietecito. Seré un chico bueno. ¡Da recuerdos a Arokh!—sonrió Kerish, y ella se levantó dándose la vuelta, con el blanco vestido de batalla ondeando suavemente, mostrando una de sus piernas que calzaban sandalias altas de tacón.
El bárbaro entrecerró los ojos mirándole el trasero, suspirando y negando con la cabeza.
“Que te lo has creído. Contigo haría de todo lo que no te parece bueno”.
La silueta de Mahra fue reemplazada por aquél tipo rubio robusto vestido de azul, con la espada a la espalda. Estaba ahí, cruzado de brazos, mirándole, en silencio. Kerish le miraba a través de los flequillos que caían sobre su rostro.
—Kirk—dijo el extraño, —Kirk Naitsirk—.
—Kerish—.
—Has demostrado gran valor, Kerish, pero no te conozco. Ni te he visto entre los demás cuando la batalla empezó—.
—Nunca se me ve hasta que es demasiado tarde—dijo el guerrero estepario, encogiéndose de hombros.
—¿No? ¿Para quién has luchado entonces? ¿Cuál ha sido tu motivo? Podías haberlo dejado todo allí y largarte—le interrogó Kirk.
—Podría, pero soy un poco idiota a veces y me meto a luchar donde no me llaman. De todos modos eran demasiados orcos para disfrutarlos vosotros solos—sonrió.
—Agradecemos tu espada. Un poco… fuera de lo común, ¿no?—.
—Eso parece—.
—¿Puedes levantarte?—.
El joven bárbaro se levantó despacio, apoyándose en el montante, se lo echó tras la espalda, y notó que las heridas le dolían un poco. Al menos, los vendajes las sujetaban y el poder de Mahra le había sanado en parte.
—Demos un paseo—le susurró Kirk, mientras echaban a caminar lejos del hospital.
Llegaron junto a una mujer con el cabello blanco y los ojos negros, que llevaba un traje rojo. En un primer momento, Kerish sintió una palpitación de terror, creyendo que podía reencontrarse con Cyllan y que tenía algo que ver, pero era otra persona, otra chica.
—Te presento a la dama Ignea Soravento, del linaje de los Soravento, una ilustre y mafio… respetable familia de dragones—.
—Gracias, Sir Kirk. ¿Quién es el caballero?—dijo Ignea. Tenía un tono de voz algo ronco, que en el fondo, rebosaba suavidad. Se parecía tanto…
—Él es… Kerish, ¿no?—.
—Sí—respondió el bárbaro, —Encantado de conocerte, nena. ¿Estás soltera?—dijo mirándole el escote que dejaba a la imaginación cosas agradables en que fantasear.
Ignea alzó la ceja derecha, sorprendida, y entreabrió los labios mostrando un largo colmillo.
Una de sus rodillas, la derecha, subió buscando los testículos del guerrero salvaje, pero éste bajó una mano sobre el muslo de la dragona, y detuvo el avance de su pierna.
Ella desenvainó una daga de parada de su izquierda, y la puso hacia el cuello de Kerish con un filo. Éste le cogió la muñeca con la mano derecha, y forcejeó.
—¡Ningún hombre me mira así y vive para contarlo!—gruñó ella.
—¡Lo superarás!—rió Kerish.
Ella cedió, y él notó que sus heridas se reabrían un poco. No dio muestras de dolor. A Ignea le pareció atrevido, sinvergüenza, desagradable. Atractivo.
A él, que ella tenía mal genio. Le gustaba.
—Volveremos a vernos, Kerish. Y entonces besaréis mis zapatos—.
—Cuando vaya a quitártelos—susurró él con los ojos entrecerrados.
Kirk miró al bárbaro de reojo cuando ella se dio dignamente la vuelta y echó a andar lejos, por la calle.
—Creo que le has gustado. Ey, ¡eres rápido! ¡Me vendrías bien de ayudante!—.
—No sirvo a nadie. ¿Me invitas a un trago?—.
—¡Qué menos, chico!—.
A la noche, se dirigieron hacia un lugar llamado el Castillo de los Sueños. No debían haber muchos hombres por ahí, o al menos, no les parecían tan atractivos a las damas como aquél par de guerreros. No había mujer de allí que no se sintiera interesada por alguno de los dos. El bárbaro pensó que hacían falta hombres en casa, o es que había demasiada mujer guapa y dispuesta suelta por el mundo. El otro guerrero había decidido acompañar al bárbaro por el camino hacia donde se separarían, y pasarían la noche en el lugar al que habían llegado. Y aún sin una cerveza en el vientre, sólo a agua, el bárbaro se mostraba cada vez más deseoso de ingerir alcohol.
Se internaron en una taberna, y Kirk se detuvo, mirando en derredor.
—¿Por qué hemos tenido que venir tan lejos para echar un trago? ¡El agua es para los peces y estoy sediento de vino, o cerveza!—preguntó Kerish, que estaba tras él.
—Es que he quedado aquí con una amiga. Te prometo que en cuanto nos sentemos, beberemos todo lo que desees y más—sonrió Kirk.
—Oh, pues beberemos con tu amiga. Por cierto, querías decirme algo sobre esa nube de polvo que vimos, ¿no?—.
—No era sólo una nube de polvo, Kerish. Los orcos que hemos derrotado eran parte de su ejército. Se supone que está compuesto por demonios o algo así. Al principio, pensábamos que pasarían de largo, y así hicieron. Pero un grupo vino hacia nuestra ciudad para asaltarla. Creo que hacia el sur tendrán problemas, pero están sobre aviso y les prestaremos ayuda—.
Kirk divisó a una mujer con los ondulados cabellos de rojo anaranjado sentada a una mesa, y pidió a Kerish que le siguiera, cortando la conversación. Se sentaron, y Kirk dio un beso en una mejilla a la mujer. Tenía las orejas puntiagudas, pero el físico de una humana. No era una elfa liviana y sin caderas de pechos pequeños. El bárbaro echó un gruñido cuando Kirk les presentó.
—Ella es Ysthariel. Querida, él es Kerish—.
Ella era una semielfa de cuna noble, al menos por la parte humana. Había sido fruto de una violación a su hermosa madre, pero tras esas circunstancias, heredó el poder de su progenitor… y la habilidad de jugar con las pócimas y las hierbas.
—Agradable sorpresa, querido. Kerish es muy conocido en el norte y en Camelot—susurró ella.
—¡No me digas! Cerveza, por favor señorita. ¿Qué vas a tomar Kerish?—.
—Otra para mí—.
—Bien, dos cervezas. ¿Decías, querida?—.
Kerish e Ysthariel se miraron echándose rayos por los ojos unos instantes, ya que la altiva dama parecía menospreciarle, cosa que quizá el acusaba y le devolvía el gesto, pero ella habló de asuntos propios con Kirk, mientras Kerish sonreía con la llegada de la bebida.
Al ir a pagar a la moza, la semielfa puso una mano sobre la de Kirk, mirándole.
—No. Esta la invito yo al bárbaro. ¿Beberás a mi salud, cariño?—.
—Sí—rumió en voz baja al asentir con la cabeza.
Ysthariel acercó a Kerish su cerveza, girando disimuladamente una mano y dejando caer un polvillo desde uno de los anillos que tenía en una mano, poniendo frente al bárbaro su jarra.
Él bebió un par de largos tragos, vaciando su vaso, y pronto notó que se mareaba. Quizá había bebido demasiado deprisa, pero no podía ser.
Él había tumbado ogros bebiendo. ¿Qué sucedía, entonces?
Ysthariel llamó a una hermosa mujer morena que vestía con una minifalda ceñida y una camisa de seda translúcida. Las altas botas de piel estaban lustrosas como su cutis.
—Sorita, cariño, lleva a nuestro amigo Kerish a una habitación. Parece que se encuentra… mareado—.
—Sí, señora—sonrió ella, pero Ysthariel sonrió más aún.
Kirk observó la escena perplejo, y susurró: —¿Lo has envenenado?—.
—Sí. Se lo tiene merecido, ya te contaré por qué. Oh, no temas, no es un veneno mortal sino una droga, pero le dará una lección—sonrió Ysthariel.
—¿Y crees que Sorita…?—preguntó él, intrigado.
—Ese jovencito, Kerish, es un bastardo peligroso. Pero Sorita sabrá controlarlo. Ahora, ¿me llevas a tu alcoba?—.
La noche transcurrió borrosa para el bárbaro, pero la disfrutó con el sexo que le brindó una extraña joven que cuidó de él sin pretensión alguna…
No tenía ni idea de por qué ni cómo, pero ella despertó a su lado, le acarició, le trajo de desayunar, y luego de vestirse él, la joven se fue. Él aún estaba aturdido, aunque la sirvienta de Ysthariel había despertado su cuerpo con caricias, y el bárbaro no llegó a saber su nombre.
Confió en volver a verla. Sí, aún confiaba en algo.
Finalmente, resacoso y mareado, montó en el caballo que le habían dado en Solamnia y cabalgó hasta el puerto más cercano, embarcando hacia la isla de Tol Galden, donde llegaría tras una semana de viaje por tierra y mar.